Cuesta asumir que lo nuestro cambia, que se escurre entre los dedos como la arena de la playa. Nos resistimos a aceptar que nos encontramos en ese incómodo umbral entre el fin de una etapa conocida y el inicio de otra repleta de incertidumbres.

En este escenario se encuentra la industria catalana (la europea, en general). Ya sea por intereses, por torpezas o por procesos naturales, el sector vive tiempos complicados. Hoy, el rugido de motores y telares se ha convertido en una nota de despedida que suena a réquiem.

Nylstar se vende a pedazos. Titán (Titanlux) amenaza ruina. Son solo dos ejemplos de un goteo constante. Otros, como el gran motor del textil o el automóvil, ya quedaron atrás. Hablar de "réquiem" no es un pesimismo gratuito, sino un diagnóstico de urgencia.

El peso de la industria en el PIB catalán ha caído por debajo del 20% desde el 35% que alcanzó en la década de 1970. Antes de las crisis. Y celebramos que podría ser peor. Nos queda el polo petroquímico de Tarragona como una boya solitaria en mitad de la nada.

Esta caída libre debería preocuparnos. La dependencia de terceras economías para productos de primera necesidad o manufacturados nos sumerge en la irrelevancia y nos deja a merced de los caprichos de China y EEUU. Mal momento para ello. Muy malo.

Pero la preocupación depende del ojo con el que se mire. Este escenario, por dramático que sea, es también una oportunidad de transformación. Nunca es tarde para corregir el rumbo. Si por algo ha destacado este país es por su capacidad de innovación y superación.

Hoy tenemos tecnologías que pueden agilizar y abaratar procesos que antes dábamos por perdidos. El camino ya no es la chimenea, sino la especialización: servicios avanzados, renovables, inteligencia artificial... nuevos pilares que deben dibujar el mapa económico.

El Pacte Nacional per a la Indústria debe dejar de ser un Power Point de buenas intenciones para convertirse en una herramienta real que mueva los hilos necesarios: facilitar la emprendeduría, eliminar la burocracia asfixiante y decidir qué queremos ser de mayores.

Al final, todo es cuestión de prioridades. De voluntades. Cataluña sigue teniendo la oportunidad de dejar de escribir su propio réquiem para empezar a redactar su renacimiento. Pero hay que apresurarse: el tiempo en que éramos la fábrica del sur de Europa ya es historia.