Hemos identificado a uno de los mayores responsables de que el mundo esté patas arriba. Y si creían que se trataba de los políticos, están muy equivocados.

Se trata de los toros. De hecho, si los políticos hacen lo que hacen –el último caso es el desastre ferroviario– es porque seguro que presenciaron corridas en su juventud.

Estos espectáculos le fríen el cerebro a cualquiera, en especial en las edades tempranas: provocan falta de empatía e insensibilidad y normalizan la violencia entre los jóvenes.

Eso dice el Ministerio de Juventud e Infancia, que pretende prohibir los espectáculos violentos con animales –es decir, los toros– a los menores de 18 años.

Supongo que los adultos no podrán entrar con el móvil a las plazas, para evitar que compartan vídeos en las redes sociales… y terminen en manos de los jóvenes.

Por fortuna, en Cataluña estamos tranquilos, pues hace años que no se ve una corrida. Las prohibieron por ser muy españolas. Los correbous, en cambio, son de lo más educativo.

¿Y si no los llevamos a los toros, qué hacemos con los niños? Pueden ir en Rodalies al zoo, a ver lo felices que están los animales enjaulados.

O pueden ir al cine, o ver una película en alguna plataforma. Claro, que la ministra Rego omite que los filmes son cada vez más violentos.

Hay investigaciones al respecto –y basta con ver películas de antes y ahora–: los filmes presentan hoy más contenido explícito, también los catalogados para menores.

Más violencia, más sexo, más lenguaje malsonante. Para todos los públicos. Lo dice un informe ya lejano de Harvard School of Public Health. La cosa ha empeorado.

Los adultos son hoy más tolerantes a la exposición de violencia en todos los ámbitos, y son más permisivos con los menores, dice. Seguro que es culpa de los toros. Como todo.