Ante el entusiasmo generalizado, dentro y fuera de nuestras fronteras, por la película de los Javis La bola negra, me veo obligado, como único español que no la ha visto ni tiene intención de hacerlo hasta que la cuelguen en Netflix y no encuentre ninguna alternativa más interesante, a explicar los motivos de mi disidencia cinéfila, esperando encontrar cierta comprensión entre los queridos lectores (caso de que existan).
Los dos temas centrales de La bola negra, si lo he entendido bien, son la guerra civil española y el mundo homosexual, dos asuntos que, francamente (y ustedes me perdonarán), no me interesan lo más mínimo.
Como guinda del pastel, me han dicho que sale Federico García Lorca, un autor por el que nunca he conseguido interesarme, aunque lamente su ejecución, y cuyos seguidores, los llamados lorquianos, me parecen uno de los colectivos más pesados del mundo contemporáneo, solo comparables con los fans de Los Beatles, esa gente que se refiere a los Fab Four por su nombre de pila, como si hubiesen ido juntos al colegio.
Se trata de un fenómeno bastante recurrente en nuestra vida cultural: los fans de Vázquez Montalbán o de Almudena Grandes resultan mucho más latosos que los objetos de su devoción.
En cuanto al mundo homosexual: no tengo nada en contra, pero no suelen interpelarme sus historias, de la misma manera que dudo mucho que a ellos les interpelen las mías. No pasa nada. Cada uno a lo suyo.
En cualquier caso, me sorprende que el tratamiento dado por los Javis al tema homosexual haya sido recibido con una especie de “¡Ya era hora!”, como si el cine español lo hubiera ignorado miserablemente hasta que se rodó La bola negra.
Desde los primeros tiempos de Almodóvar, la agenda gay --aunque fuese gracias a Fabio McNamara y sus tendencias mamarrachas-- ha estado bien presente en la producción cinematográfica nacional. En ese sentido, resulta más valerosa que La bola negra aquella rareza de los años sesenta titulada Diferente y surgida del caletre delirante del bailarín Alfredo Alaria, que pasó desapercibida por la censura, que además de imbécil, debía ser miope.
En España rige el matrimonio homosexual desde hace años, Madrid (mande quien mande, para eso da lo mismo Manuela Carmena que Isabel Díaz Ayuso) monta cada año un Desfile del Orgullo que atrae a propios y extraños y, salvo algún energúmeno con problemas de identidad sexual al que le da por aporrear maricones a la salida del bar, convenientemente cocido, a casi nadie le importa ya saber con quién se acuestan sus conciudadanos.
Como niño de finales del franquismo, me cansé de escuchar las batallitas de mi padre, el coronel, sobre la guerra civil y sobre lo buenos que eran los franquistas y lo malos que eran los rojos.
Pensé que, muerto el perro (Franco, no mi pobre padre), se acabaría la rabia. Pero no, entonces empezaron los perdedores de la guerra a dar la chapa con lo buenos que eran ellos, lo asquerosos que eran los nacionales y la necesidad de ajustar cuentas (afortunadamente, la transición se distinguió por un espíritu de aparente reconciliación del que hoy día nadie parece querer saber nada, especialmente desde las llamadas a la guerra civil lanzadas desde la Moncloa por el joyero Zapatero y su partner in crime, Pedro Sánchez).
La única película española sobre la guerra civil que recuerdo con cariño es La vaquilla, de Luis García Berlanga, donde el humor ponía las cosas bastante en su sitio.
En general, este subgénero nacional ha ido más bien en la línea de Raza, Harka y demás epopeyas franquistas (protagonizadas habitualmente por el inolvidable Alfredo Mayo), pero al revés, resaltando el lado angelical del bando republicano, ignorando sus muchas sombras y deshumanizando al enemigo con una habilidad digna del difunto Sáenz de Heredia.
En la literatura ha pasado más o menos lo mismo, hasta el punto de que nuestra guerra civil se ha convertido para mí en un tema a evitar, a no ser que se aborde con la brillante desfachatez del escritor francés Jean-Christophe Grangé, capaz de insertar historias de terror en el nazismo, el mayo del 68 y los inicios de la epidemia del sida en el París de principios de los 90.
Me queda una cuestión a considerar: de joven vivía inmerso en la novedad. Libros, películas, discos, cómics… Lo más reciente, lo más in, consumía casi todo mi tiempo dedicado a la cultura.
Ahora que ya no lo soy, observo que mi dependencia de la actualidad ha disminuido muchísimo, yo diría que hasta casi desaparecer. Por ese y otros motivos, ya no me mueve la necesidad de leer la última novela de Tal, ver la nueva película de Cual o escuchar el más reciente disco de Pascual.
Solo consumo lo que creo que puede interesarme y hago oídos sordos a las recomendaciones que puedan llegarme de todas partes.
De ahí, más lo ya citado, que no me haya propulsado a ver La bola negra, algo que sí habría hecho, probablemente, hace treinta o cuarenta años. No digo que sea una mala película. Puede que sea buenísima. Simplemente, a mi edad, el tiempo es limitado y hay que elegir. Y así caen las cosas que uno intuye que no son para él.
Tras esta confesión, confío en la benevolencia de mis conciudadanos. Y si no, aceptaré el castigo que se me imponga en mi condición de alarmista social y enemigo del pueblo.
