Ahora ya ha pasado de moda, pero hubo un tiempo no muy lejano en el que se hablaba mucho de la apropiación cultural indebida, que los más woke consideraban prácticamente un delito.
Si a un músico, un escritor, un modista o cualquier persona con un oficio creativo bebía de culturas presuntamente ajenas, se le acusaba ipso facto de lucrarse a costa de un pueblo o un colectivo históricamente maltratados. O sea, si eras un ciudadano occidental, solo podías buscar inspiración en Occidente. Ese era tu mapa. Y si te apetecía escribir una novela ambientada en una tribu sioux, por ejemplo, es porque eras un miserable que añadía al insulto colonial la afrenta del lucro personal.
Nunca me tomé en serio lo de la apropiación cultural, pero estos días se ha dado un caso que me ha llamado la atención (para mal). Me refiero al soliloquio de Óscar Puente en el que dijo que su partido político, el PSOE, era el partido del amor (insinuando, no muy elípticamente, que todos los demás eran partidos del odio y la mala baba, cosas que, según él y contra toda evidencia, no se dan en Villa Pedro).
Si no recuerdo mal, la última vez que se habló del amor como solución a todos los problemas fue en los años 60, cuando la era hippy y la Nación de Woodstock, cuando Lennon decía que el amor era la respuesta, cuando se nos recomendaba a todos los seres humanos que hiciéramos el amor y no la guerra (lema que, en forma de chapa, espero ver pronto en las solapas del menistro de Transportes).
En el mundo de la política, tan dado al odio, la puñalada trapera, la corrupción, la estafa o el desparrame sexual, hace tiempo que nadie tiene el cuajo de sacar a colación el amor en sus discursos.
No existe el amor en la política. El odio, por el contrario, es lo que guía la actividad de todos nuestros partidos. ¿Y ahora nos sale el menistro con lo de que el suyo es el partido del amor? Pero, ¿qué falta de respeto al ciudadano común es ésta? ¿Y con qué derecho se les roba a los hippies su ideario?
Sí, de acuerdo, el hipismo tuvo un componente infantil muy notable, pero los pobres melenudos, en su ingenuidad (o en su tontería) no dejaban de ser unos buenos chicos, con la posible excepción de Charles Manson.
También cundía el infantilismo entre los sublevados del mayo del 68, que se quejaban del general De Gaulle, pero tomaban a Mao, al Che y a Lenin por personas razonables y ejemplos a seguir (de hecho, la actual actitud pueril del PSOE es una mezcla de las chorradas de los hippies y las de los sesentayochistas).
“Haz el amor y no la guerra” puede proclamarse al mismo tiempo que “Prohibido prohibir” o “Bajo los adoquines, la playa” (que se lo digan a los acampados de la Puerta del Sol).
Pero afrontar el previsible cambio de ciclo político con memeces como la del partido del amor no es tolerable por ningún votante que se respete mínimamente. Como no lo es el sketch de pornografía sentimental que protagonizaron el presidente y la primera dama en el mismo escenario en el que Puente deliraba en pleno ejercicio de apropiación cultural indebida. Si hubiese dicho que el PSOE es el partido del amor de pago, en homenaje al ausente Ábalos, secuestrado por la justicia española y puesto a buen recaudo en el talego, habría estado más cerca de la verdad y más lejos del infantilismo y la apropiación indebida.
Puede que haya quien encontrara enternecedor el espectáculo azucarado e hipocritón que dieron hace unos días los sociatas, pero a mí me pareció la última y definitiva tomadura de pelo a los socialdemócratas que quedamos en España.
Hubo tiempos, no lo negaré, sobre todo al principio de la Transición, en los que del PSOE emanaba cierto buen rollo que lo distinguía de la derechona, siempre dispuesta a regañar, prohibir y reprimir, pero hace décadas de eso y ahora PSOE y PP son tal para cual en su concepto del poder por el poder.
El sanchismo es el responsable de la pérdida de la superioridad moral de la izquierda en España, con la ayuda de sus excrecencias, como Podemos y Sumar. Y ahora nos dicen que son el partido del amor… ¡Venga, hombre!
