Además de la vivienda convencional, a veces también existe la vivienda ideológica o moral. Fijémonos en Gabriel Rufián: el hombre se queda en su pisito, ERC, aunque hace tiempo que se le ha quedado pequeño, porque buscar nueva casa es mucho más complicado de lo que pensaba.
Si le hubiese salido bien su plan de liderar todas las izquierdas españolas a la izquierda del PSOE, tal vez se habría aventurado a hacerse con un alojamiento más grande y más confortable, pero cuando no se apuntó nadie a su propuesta, el pobre se quedó compuesto y sin futuro.
Sí, claro, ahora le ofrecen ser uno más en ese sindiós progresista que atiende por Frente Amplio. Pero cualquiera se mete ahí con la abundancia de gente que quiere ser califa en el lugar del califa: Mónica García, Emilio Delgado, ¡Ada Colau! y puede que hasta Irene Montero e Ione Belarra.
Ante la posibilidad de que esas arpías progresistas le saquen los ojos con las uñas, Rufi ha tomado la muy prudente decisión de quedarse en ERC, donde, por lo menos, podrá salvar su escaño en el Congreso, institución en la que, teóricamente, solo pretendía estar hasta la inminente independencia de Cataluña.
Es para mí un misterio que en España haya gente capaz de creer que nuestro Rufi es la persona adecuada para encabezar a las izquierdas más de izquierdas a nivel nacional.
En teoría, Rufi es un separatista integrado (aunque parece que cada vez menos) en un partido separatista. Y ahí hay algo, de entrada, que chirría, como diría el comisario Maigret: ¿qué pinta en España un separatista catalán, condenado a considerarla una nación vecina a la que solo se puede ir, con perdón, a joder la marrana, que es lo que ha dicho que hará el primario Graupera si pilla cacho en las próximas elecciones (o lo que hace Miriam Nogueras a diario)?
Gabriel Rufián creció en ERC a la sombra de Joan Tardà, deslumbrado éste por las, digamos, reflexiones del muchacho en Twitter (“Rufián es un tuitero de la hostia”, llegó a decir). Se integró en aquel timo para charnegos que fue Súmate, y luego medró lo que pudo en el partido de su amigo Tardà. De ahí, a Madrid, de donde no parece tener la intención de moverse hasta su jubilación.
Y ya que estaba en Madrid, pensó que ahí sí que se podía medrar en serio. Ahí es donde ERC se le empezó a quedar pequeña y cuando sus ambiciones de participar en la política nacional (o estatal) se concretaron hasta el punto de convocar a todas las izquierdas fetén de España (o del Estado español) bajo su clarividente dirección, pues se había convertido (en sus sueños y en los de algunos españoles confusos y mal informados) en un caudillo providencial del progresismo.
Pasar de caudillo a un miembro más de la banda de Mónica García no debe ser plato de gusto. Así pues, nuestro Rufi se traga el orgullo y se queda en ERC, aunque no le cae muy bien al beato Junqueras y hay miles de afiliados al partido que no lo pueden ver por charnego, españolazo y funesto para la lengua catalana, que se niega a utilizar en el Congreso aunque esté permitido.
La verdad es que nuestro hombre ya tiene una edad como para decidir qué quiere ser de mayor, si un (falso) separatista catalán o un (genuino) político español.
Yo creo que Rufi se inclina por la segunda posibilidad (el otro día ya hablaba con impostado orgullo de sus raíces andaluzas), pero actualmente pintan bastos para sus planes de llegar a presidente de la nación, un cargo francamente devaluado desde que aspiran a él personajes tan siniestros como Ada Colau.
Ya lo dice el refrán (o algo parecido): en tiempos de agitación, no hacer mudanza. Ya habrá tiempo de volver a liarla cuando esa pandilla basura del Frente Amplio se rompa la piñata contra las urnas el próximo 29 de noviembre. En ese momento, la izquierda radical española, desmantelada y deprimida, igual vuelve a mirar a Rufián con algo parecido a la ilusión. No lo descartemos: ¡Resiste, Rufi!
