¿Y si la inteligencia artificial (IA) nos conduce directamente a la destrucción? No es que la especie humana necesite mucha ayuda para acabar con el planeta, pero si las máquinas nos echan una manita, no seremos nosotros los que la rechacemos, ¿verdad?
Ni soy un experto en IA ni he recurrido nunca a ella, por lo que tengo la impresión, por lo que veo en las redes, de que su principal utilidad es para crear memes insultantes sobre Donald Trump y, sobre todo, conseguir que no seamos capaces de distinguir la realidad de la falsificación (Trump tampoco distingue entre noticias reales y falsas, pero eso no le ha impedido llegar a presidente de los Estados Unidos, pese a su tendencia a dormirse en público, a tirarse pedos en ocasiones trascendentales o, incluso, a ciscarse encima si la cosa se pone dura).
Por lo que me han contado, la IA también sirve para escribir guiones previsibles de películas de Hollywood con las que el productor tiraba el dinero pagándole a alguien para que las escribiera. Supongo que también habrá novelas escritas total o parcialmente por la IA pero, dado el público al que se dirigen, es poco probable que nadie proteste o se dé cuenta de la superchería.
Evidentemente, la IA tiene que servir para cosas mucho más importantes, de esas que suelen estar clasificadas por los gobiernos. Y es que, sobre el papel, la IA es el invento más colosal de la humanidad, una purga de Benito puesta al día que, probablemente, abrirá la puerta a experiencias aún más apabullantes, como los viajes por el tiempo, que me harían mucha ilusión, pues me encantaría pasar unas semanas en el Swinging London de los 60 y ver actuar en pequeños clubs a los Kinks, a los Stones y a los Small Faces.
Pero, antes de instaurarse definitivamente entre nosotros, ya hay voces que nos alertan de los peligros de la IA. Y esas voces no surgen de los latosos colectivos ecologistas y pacifistas, sino de los propios responsables del nacimiento de la cosa.
Ya hace unos años, Sam Altman, el creador de ChatGPT, pidió a los gobiernos del mundo que lo vigilaran de cerca, a él y a cualquiera involucrado en el desarrollo de la IA. ¿Cómo era posible que el aprendiz de brujo reclamara supervisión y vigilancia? Pues supongo que porque se olía la tostada y porque había visto 2001. Una odisea del espacio, donde el ordenador HAL 9000 se rebelaba contra sus jefes humanos, y las aventuras del Terminator, en las que las máquinas se habían rebelado contra sus creadores y dominaban la tierra.
Hace unos días, el señor Altman ha vuelto a la carga, pidiendo a sus colegas que no se den tanta prisa en el desarrollo de la IA, que hay que ir con calma si no queremos que la cosa se nos vaya de las manos. Ya se ha dado algún caso en el que dos inteligencias artificiales se han aliado para amargarle la vida a los humanos.
Además de las advertencias de Altman (que Mark Zuckerberg ignora y rechaza porque siempre ha querido ser el más rico del cementerio), durante estos días hemos podido enterarnos de la dimisión de algunos altos cargos de la IA, a los que les ha faltado tiempo para retirarse a una cabaña en Wyoming a esperar el Armagedón.
Las noticias aparecen con cuentagotas, y no detecto a mi alrededor ninguna preocupación al respecto, ni en los gobiernos, ni en las fuerzas armadas, ni en mi tía la de Cuenca, ni en mis vecinos. Ya sé que España es un país abúlico al que invaden unos moros descamisados y a todo el mundo se la suda, empezando por el presidente del Gobierno pero, a este paso, no nos enteraremos del fin del mundo o seguiremos a lo nuestro pensando que no hay para tanto y que los científicos exageran.
Según Sam Altman, hay que ir con mucho cuidado porque, si la IA se lo propone, puede acabar haciéndonos la pascua de mala manera, hasta hacernos desaparecer si así se le antoja. Todo parece indicar que esto va tan en serio como la distopía de James Cameron. Y hay algo en la cara de perpetuo sufrimiento del señor Altman que, francamente, me da muy mala espina.
