Alguien dijo hace años que las dos únicas cosas que mantienen a España unida eran el fútbol y El Corte Inglés. Porque están en todas partes y crean una cierta ilusión de fraternidad. Los grandes almacenes están en casi todas las ciudades españolas, y cada ciudad española cuenta con un equipo de fútbol propio. No sé si las diferentes sedes de El Corte Inglés compiten entre ellas, pero los equipos sí, y ahí encuentran su razón de ser. Gracias al fútbol, los delirios secesionistas se diluyen, ya que ni al Barça ni al Athletic de Bilbao les apetece jugar contra equipos de su propia comunidad, a los que destrozarían fácilmente sin por ello incrementar su gloria: necesitan enfrentarse al Real Madrid.
Como entretenimiento popular, el fútbol es insuperable y hace años que se quitó de encima la competencia de los toros, que cada vez interesan a menos gente y ya solo parecen excitar a los animalistas radicales e histéricos, esos tarados que celebran cada ocasión en la que el diestro se deja la vida en la plaza. El fútbol ayuda a olvidar que tienes un trabajo de mierda y una familia que deja mucho que desear. Si tu equipo gana, lo celebras en plural. “¡Hemos ganado!”, clamas, aunque nunca hayas ganado nada por ti mismo. Y el lunes te vas al curro sintiéndote re-esencializado y dispuesto a tragar con lo que te echen hasta el próximo partido.
Mañana se celebra en Nueva York la final del campeonato mundial de fútbol, con la presencia de los BFF Pedro Sánchez y Donald Trump (Javier Milei prefiere verlo en casa por televisión, junto a su querida hermana, porque se pone muy nervioso en estas circunstancias). Siempre ecuánime y deportivo, Sánchez dijo: “¡Que gane el mejor!”. En toda competición deportiva, hay equipos que necesitan más triunfos que otros. Y entre todos los que han participado en este Mundial, yo diría que no hay nadie que necesite más ganar que los equipos de España y Argentina, dos países hechos unos zorros a los que les vendría muy bien un poco de euforia patriótica para consolarles de la deprimente situación socio-política en la que están inmersos.
Corrió el bulo de que Sánchez no iba a ir a la final por temor a que medio estadio se lanzase a berrear el ya clásico canto “¡Pedro Sánchez, hijo de puta!”, pero al final les ha dicho a los argelinos que lo esperen, que ya llegará y, si eso, que empiecen a comer sin él. Finalmente, nuestro hombre estará en Nueva York porque, en caso de que gane la selección española, no se querrá perder las fotos con el equipo y el rey, para que quede claro que parte de la victoria es suya, por presidir el gobierno más progresista de toda la historia de España.
Llevamos muchos días en los que las únicas noticias de las que se habla son el Mundial de fútbol y las trapisondas del sanchismo para disimular su corrupción, que pasan algo más desapercibidas por lo del fútbol y por la ausencia de Iker Jímenez al frente de Chorizonte. La gente, que está harta del goteo interminable de corruptos seudo socialistas, se centra en el fútbol porque les aporta una cierta ilusión que la realidad de su país les niega. Están hartos de Ábalos, Cerdán, Koldo, Leyre, la directora de la Guardia Civil, el ex jefe de gabinete del presi, la parienta y el hermano del presi, Marlaska, Oscar Puente, Félix Bolaños… They need a break, que dirían los gringos. Y el break en cuestión se lo proporciona, una vez más, el noble deporte del balompié.
El país ya no puede más. Y algo parecido puede decirse de Argentina, que solo pudo elegir entre el demenciado Milei y los malditos peronistas y optó por el de perdidos al río. Ambos países estamos en la mierda y con la autoestima por los suelos, por culpa de unos gobernantes siniestros y una oposición que da grima verla. Hasta aquellos a quienes nos aburre soberanamente el fútbol comprendemos la necesidad de ganar este Mundial. Ya lo dijo Springsteen: “Al final de cada duro día de trabajo, la gente aún encuentra una razón para creer”.
¿Qué gane el mejor? No. Que gane el que más lo necesite.
