Donald Trump es, probablemente, el presidente más absurdo en toda la historia de los Estados Unidos. La cosa empieza por su ridículo aspecto (que empeora con sus estúpidos pasitos de baile): cierto sobrepeso (desayunar cheeseburgers regados con Coca-Cola no parece lo más adecuado, aunque tengas a mano el retrete oval, donde aprovechas la pausa para tuitear), rostro anaranjado (como si se frotara las mejillas cada mañana con una bolsa de ganchitos), tupé inverosímil modelo Anasagasti que no resiste uno de esos golpes de viento que dejan al descubierto tu alopecia)… Después de Barack Obama, epítome de lo cool, la presencia de este gorrino de origen alemán resulta francamente ofensiva.
Y cuando habla es peor porque suelta lo primero que se le pasa por la cabeza, que suele ser desagradable y ofensivo: él es así, un hombre sincero de donde crece la palma, un grosero sin filtros de ningún tipo, lo que viene siendo un gañán. Evidentemente, no se le puede sacar de casa, ya que, cuando llega a un país extranjero, lo primero que hace es ciscarse en su presidente (a no ser que le haga la pelota, como Javier Milei o el lamebotas que tenemos al frente de la OTAN, el holandés Mark Rutte).
De todas sus deplorables características, la que más me llama la atención (para mal) es su incoherencia constante, esa costumbre de decir un día una cosa y otra al siguiente. Con Trump, los iraníes pueden ser (dependiendo de cómo le haya sentado el cheeseburger) un pueblo digno y milenario o la escoria de la tierra, a la que hay que barrer del mapa. Un día se reúne con los siniestros clérigos iraníes y al siguiente me los rocía de bombas, asegurando que ahora sí que ha ganado la guerra.
Ahora la ha tomado con España. Por eso declara que somos lo peor de lo peor, que somos unos gorrones de la OTAN que no apoquinamos lo necesario (ahí tiene un poco de razón, pero es que estamos muy ocupados parándole los pies al fascismo interior), que Pedro Sánchez es un desgraciado empeñado en que la defensa le salga gratis (esto también suena verosímil) y que va a dar órdenes para interrumpir el comercio hispano-americano (sin consultar con los que entienden de estas cosas y consideran absurdo lo que dice).
Pero al día siguiente, en una reunión de la OTAN, ya no se acuerda de lo que dijo ayer y cuando se cruza con Sánchez, en vez de darle de sopapos, como sería lo más coherente, charla distendidamente con él, hablan de fútbol, intercambian saludos para la parienta y aquí no ha pasado nada: volvemos a ser un gran país. Trump es como esos tipos que te hacen un encargo que tú no cumples porque sabes que lo habrán olvidado a los diez minutos de habértelo propuesto.
En el caso del presidente norteamericano, debe ser una señal más de su progresivo deterioro físico y mental, que puede comprobarse en esos videos de Instagram en los que se le oye soltando un cuesco y practicando la asfixia anal con sus secuaces más próximos, que ponen cara de estar oliendo a rosas para disimular (no entraré en lo de que su incontinencia le obliga a ir por ahí en pañales porque carezco de pruebas al respecto; de todos modos, tener un presidente que huele que alimenta es algo que nunca se había visto).
Sé que todo esto es prácticamente irrelevante en un tipo que ha ejercido de sacacuartos contumaz, evasor de impuestos, violador en sus ratos libres (lo acaban de condenar al respecto), presunto pedófilo cuando frecuentaba la compañía de Jeffrey Epstein, del que ahora dice que nunca se cruzó con él (aunque hay más fotos suyas con Epstein que de Sánchez con su fiel Leyre). Desde Europa no se entiende muy bien que alguien con semejante historial delictivo haya llegado a la Casa Blanca dos veces. Basta con verlo para echarlo a patadas del Congreso (y de cualquier parte).
¿No habrá llegado el momento de hacer unos arreglillos en la Constitución de los Estados Unidos de América?
