El hundimiento del PSOE, que a algunos nos parece una desgracia para España de la que no sé si nos recuperaremos (aunque le apliquemos el garrote vil a Pedro Sánchez en la Plaza Mayor de Madrid), empieza a transitar de la tragedia a la comedia bufa, aunque no parezcan darse cuenta ni los principales afectados del sindiós general ni los hooligans que los defienden desde las redes sociales y cierta prensa sicofante. La cosa es para echarse a llorar, pero, al mismo tiempo, también da risa, como puede comprobarse con el caso de Begoña Gómez, la esposa del presidente del gobierno.

Como todos sabemos, a la pobre Begoña, carente de estudios y con una experiencia laboral limitada a llevar las cuentas de las saunas gay de su señor padre, le dio por impostar un tono universitario y meter la nariz en las altas instancias de la educación nacional. De manera algo turbia, se hizo con una cátedra para la que no atesoraba ni la más mínima preparación. Y ya puestos, como se huele el vilipendiado juez Peinado, se dedicó al tráfico de influencias, pues para algo era la mujer del jefe.

Sean cuales sean sus delitos, caso de que se demuestren, lo de Begoña no tiene punto de comparación con lo de Ábalos, Koldo y compañía, pero sorprenden esos delirios de nueva rica consistentes en aparentar ser algo que no se es. Evidentemente, tiene más glamour una cátedra que un cargo de contable en un lupanar homosexual, pero una vez superada esa fase de tan escaso brillo intelectual y social, Begoña podría haber optado por una vida discreta junto a ese hombre profundamente enamorado de ella y ahorrarse así los sinsabores por los que está pasando.

De la misma manera, los pesos pesados del Gobierno y de sus clubs de fans repartidos por diarios, radios y redes, podrían haber acogido el asunto con silencio y discreción. Sobre todo, porque se les amontonan los problemas serios, esos que te pueden llevar al trullo, y están perdiendo el tiempo con sus constantes muestras de solidaridad con la arribista Begoña.

Es obvio que el juez Peinado, al borde de la jubilación, parece haber llegado a la siguiente conclusión: “Yo me jubilo en unos meses, pero a ésta me la llevo por delante”. Es decir, una nueva versión de un clásico: “Para lo que me queda en el convento, me cago dentro”.

Peinado es un hombre con una misión: empurar a la parienta del presidente. Lo hace con ahínco y saña y cierta tendencia a la chapuza. Pero el hombre ve indicios de mangancia y quiere llegar hasta el final. Sin más. No hace falta inventarse una conspiración de jueces fachas, periodistas malévolos, guardias civiles y hasta la CIA (¡la CIA, qué TÍA!, como decía el título de un álbum de Mortadelo y Filemón). No hace falta clamar, como ha hecho Patxi López, que él está con Begoña. Ni, mucho menos, hacer de YO CON BEGOÑA, un hashtag vencedor que todo buen socialista debe adoptar.

Supongo que es difícil mantener la dignidad cuando todo se desmorona a tu alrededor y corres peligro de lesionarte. Total, no la conserva ni tu jefe, que solo abre la boca para decir, en la onda del llorado humorista argentino Joe Rigoli, que “yo sigo”. Hasta el 2027 y más allá. No porque quiera, sino por patriotismo, ya que el fascismo se acerca y solo él puede vencerle.

El desastre ha venido para quedarse, a no ser que creas en la capacidad redentora del PP y Vox, previsibles ganadores de las próximas elecciones, si es que llegan a celebrarse algún día (lo que no es mi caso). Llegará la derecha y ni siquiera podremos lamentarlo porque Sánchez y su cuadrilla se han ciscado en la izquierda hasta convertirla en algo que no tiene nada que ver con lo que solía representar la izquierda.

Ante esta traición y este tocomocho, que vengan los bárbaros y hagan lo que quieran. La alfombra roja se la ha puesto el PSOE de Pedro Sánchez y sus secuaces, sobre todo esos que dicen que están con Begoña (como antes estuvieron con Ábalos, Koldo, Cerdán y compañía, poniendo la mano en el fuego por todos ellos —y socarrándosela— porque les iba el sueldo exagerado que nunca recibirían en la vida real).