Pillé ayer un Ouigo desde Barcelona a Madrid que iba petado de gente. De una gente muy concreta: adolescentes de ambos sexos (con predominio femenino) muy alegres y parlanchines y con una cierta tendencia a hablar a gritos. Fue así como pude dividir rápidamente a los excursionistas en dos grandes grupos: los que iban a Madrid a ver al Papa y los que iban a ver a Bad Bunny.

Era imposible distinguirlos por su aspecto, ya que iban todos vestidos (casi) igual y no vi a nadie con pinta de meapilas o de bestia sexual. Todos eran fans. O del Papa o de Bad Bunny.

Inevitablemente, acabé pensando en cómo se parecen las visitas papales a los conciertos de rock. Y me pregunté quién había influido a quién y si primero habían sido las giras del Papa o las de los Stones.

Sí, intuyo que primero vinieron las giras papales, pues para algo la Iglesia católica lleva muchos más años en acción que la banda de Jagger y Richards, que solo se activó en 1963.

Pero, con el paso del tiempo, tengo la impresión de que la Iglesia se acabó contagiando del ambiente del rock, a medida que los aviones eran más rápidos y se inventaban cosas tan sensacionales como el Papamóvil (cinco de esos vehículos han viajado a España), que permite saludar a las masas sin que un francotirador chiflado te vuele la cabeza (gracias a los cristales blindados).

Actualmente, ambos fenómenos se retroalimentan: el Papa visitará la prisión de Brians, en Barcelona (el gran Johnny Cash grabó sendos discos en los penales de Folsom y San Quintín) y Bono de U2, a la que te descuidas, te larga un sermón desde el escenario sobre lo mal que va el mundo y lo bueno que es él (y si no, te lo suelta Springsteen).

Estos días, en Madrid, será imposible distinguir a los fans del Papa de los de Bad Bunny, ya que están unidos por la fe en su respectivo líder espiritual.

Bad Bunny monta una pequeña casita en el escenario a la que invita, básicamente, a famosillos y tías buenas (ya le ha caído la bronca por ello y, si no se ha comprometido a llenar la Casita de gordas, no debe faltarle mucho).

La casita del Papa es toda la ciudad, o los rincones que visite, así que a ella está invitado todo el mundo, por lo que no hay manera de privilegiar los cuerpos normativos y practicar la gordofobia. La adoración del público es evidente en ambos casos.

Me dirán ustedes: en la gira papal no hay groupies que quieran hacérselo con León XIV después del sermón. Y tendrán razón, pero… ¿se han fijado en las monjitas (son unas santas) que observan al sumo Pontífice con embeleso? Yo lo he hecho, y la verdad es que su mirada no se diferencia mucho de la de las groupies.

En ambos sectores se atisba el deseo, aunque camuflado entre la espiritualidad en el caso de las monjas (no olvidemos que cada vez que hay fumata blanca, las primeras en salir a la calle para pregonar su alegría son las monjas, aunque la santa madre Iglesia las haya condenado a hacer de chachas de los curas toda la vida).

Como cantaban John Lennon y Elton John, Whatever gets you through the night it´s alright, it´s alright (Cualquier cosa que te ayude a pasar la noche está bien, está bien). En esta vida hay que agarrarse a algo para que no resulte tan desagradable como suele. Desde mi triste punto de vista de agnóstico (lo que daría por ser un creyente de verdad y un buen católico), me acaba pareciendo lo mismo Bad Bunny que el Papa.

A los que no creen ni en uno ni en otro, siempre les queda el fútbol y su equipo del alma, que si gana el domingo les hace olvidar por un rato la vida que llevan. A otros les da por el arte, la literatura, el cine, los cómics, la arquitectura, la economía. Sobre el arte en general, decía el pintor Miquel Barceló que es algo que existe porque la vida no es suficiente.

No puedo estar más de acuerdo. Así, pues, felicito desde aquí a la alegre muchachada del tren de ayer y deseo que disfruten de la actuación de su respectivo ídolo. Y a los que viajaran a Madrid para ver a los dos, ¡enhorabuena por su eclecticismo!