Confirmado: Pedro Sánchez tiene los huevos de titanio. Le llueven desgracias y miserias morales a mansalva, pero le resbalan porque el cuerpo es de teflón.

Han caído dos secretarios generales (más un conseguidor vasco versado en las artes del aizkolari), le han imputado a la parienta, están juzgando a su hermano por no saber la dirección de su lugar de trabajo, su gurú se ha caído con todo el equipo y todo el talante, la Guardia Civil se ha tirado 12 horas registrando la sede de su partido en busca de información sobre una posible financiación ilegal del PSOE

Cualquier otro, ante semejante cascada de mierda, no es que se hubiera lanzado a convocar elecciones sino que, probablemente, se habría unido a la legión (como bien dice el himno: nada importa su vida anterior) o se hubiese retirado a un monasterio trapense.

Pero él se limita a salir por televisión y a decir, con todo su cuajo, que es mucho, que lo de la Guardia Civil en Ferraz no fue un registro, sino un requerimiento (que, al parecer, no es lo mismo) y que no piensa anunciar elecciones porque eso daría lo mismo, ya que según su fiel secuaz Oscar Puente, las ganaría de calle, y porque sería lo fácil, pero la responsabilidad le obliga a seguir al frente de la nave (intuimos que para seguir ejerciendo de dique contra el fascismo).

O sea, que se sacrifica (una vez más) por nosotros, como cuando se tomó cinco días de asueto para pensar en su futuro y volvió diciendo que seguiría en la brecha a pesar de lo mal que se lo estaban haciendo pasar la derecha y la extrema derecha (mientras daba órdenes de que se combatiera a jueces y periodistas que habían puesto en duda la decencia de su Begoña, algo que no podía tolerar en su autoconfesada posición de hombre profundamente enamorado de su esposa).

Tras lo del registro (perdón, requerimiento) ha ampliado el campo de batalla y se ha apuntado a las teorías conspiranoicas (seguido ipso facto por Puente) para apuntar que toda su desgracia se debe a una trama siniestra formada por la derecha y la extrema derecha españolas y el departamento de Estado de los Estados Unidos (Trump no le habría perdonado que le plantara cara negándose a subir el presupuesto de defensa). Con la información norteamericana sobre Rodríguez Zapatero, PP y Vox habrían movido a sus peones (jueces y plumillas malévolos, fachas todos ellos, claro está) para montarle algo que, si no es un golpe de Estado, se le parece mucho.

Ya sabemos que Donald Trump no lo soporta, pero yo tampoco, aunque por diferentes motivos. Concretamente: haber acabado con lo que quedaba de la socialdemocracia española, haberse mantenido en el poder con la ayuda de golpistas catalanes, terroristas vascos y comunistas anacrónicos y rijosos, haberle arrancado a la izquierda su superioridad moral, que ya no puede defenderse de ninguna manera y, en definitiva, hacer todo lo contrario de lo que se espera del mandamás de un partido que se define como progresista.

En su condición de caballo de Atila, se ha cargado la izquierda o, aún peor, ha venido a decir que el socialismo fetén es el suyo (y el de Puente). Y que lo que está en marcha es una conspiración para acabar con el Gobierno más progresista de Europa e instaurar una dictadura a cargo de Feijóo y Abascal (dos tipos con serios problemas a la hora de atarse los cordones de los zapatos).

Si este delirio conspiranoico se hubiese quedado en el Gobierno, aún podríamos salvarnos. Lo grave es que hay mucha gente que se ha apuntado a las teorías de la conspiración —algo que también le gustaba mucho al Caudillo, que siempre se refería a la conspiración judeo-masónica con ayuda interna de la anti-España—, y basta con brujulear un poco en las redes sociales para comprobarlo. Facebook va lleno de gente que da por buena la conspiración de Estados Unidos con PP y Vox y que se suman a la teoría gubernamental de que está en marcha un golpe de Estado contra el progresismo español.

Evidentemente, como dijo Aznar, el que pueda hacer, que haga. Sí, Donald Trump odia a Pedro. Algunos jueces y periodistas también. Pero pasar de ahí a un complot global para extraerlo de ese sillón al que se ha pegado con Super Glue ya es llegar a unas conclusiones tan imprudentes como prematuras. Para ello hace falta una fe ciega en el PSOE de Sánchez e ignorar las señales que nos hablan de una decadencia y una corrupción financiera y moral de muchos bemoles.

Sí, da pena que la izquierda se haya suicidado de esta manera, para dar gusto a un megalómano al que se la sopla el socialismo, la izquierda y el tan cacareado bienestar de sus conciudadanos. Pero dejemos trabajar a la justicia antes de emitir un veredicto, tanto los unos como los otros.

Como votante habitual de la izquierda, esta deriva miserable del PSOE me resulta muy deprimente. Pero creer que todo es fruto de una conspiración internacional de las fuerzas del mal es algo que requiere recurrir a la fe, algo que uno no está dispuesto a hacer. Sobre todo, después de haber asistido al sindiós de Cerdán, Ábalos, Koldo, la escritora Leire, la parienta del jefe, el hermano, Rodríguez Zapatero (alias La Collares, en imprevisto homenaje a la señora de Meirás, pero no me volverás) y la Benemérita entrando en la sede del PSOE a controlar las cuentas (aunque solo se trate de un requerimiento).

Toda esa gente (más el presunto Número Uno) deberían rendir un último servicio a la nación yéndose todos al carajo. Y si luego viene el fascismo, tranquilos, que ya le haremos frente como buenamente podamos.