Ramón de España y el crucero con algunos pasajeros afectados de hantavirus
Nadie al volante
"Podemos estar ante un sustito o ante el fin del mundo. Nuestro coche corre sin nadie al frente, y puede que nos estrellemos, o puede que no. Quién sabe. Solo nos consuela la evidencia de que el Gobierno se está dejando la piel para protegernos del fascismo: ya podemos dormir tranquilos"
A menudo tiene uno la impresión de que, en España, no hay nadie al volante y el coche avanza solo como buenamente puede. No sé si en otros países existe esa sensación, pero en el nuestro hace tiempo que la tengo, y no es del todo achacable a quien ocupa el poder en un momento determinado, pues he detectado torpeza, desidia y corrupción en gobiernos del PSOE y del PP, las dos grandes alternativas que nos ofrece la política española, y a las que parecemos estar condenados los habitantes de este bendito país.
Vuelvo a tener esa sensación ante el nuevo virus que nos acecha (que responde por Hantavirus) y para el cual, al parecer, no estamos muy bien preparados. Y no me extraña ya que, a raíz del coronavirus, el Gobierno nos prometió la creación de un centro nacional para prevenir esas desgracias que, a día de hoy, no tiene sede, ni personal especializado ni nada de nada.
¿Qué pasó? Pues que se acabó el Covid-19 y nuestros mandamases pensaron que ya había pasado el peligro, y que todos a la calle, a cantar y bailar. Alguien debió proponer medidas preventivas para que no nos volviera a pillar un virus cagando (con perdón), todos le aplaudieron y, después, si te he visto no me acuerdo, que tengo problemas más urgentes y debo hacer como que los resuelvo.
Conclusión, ante el nuevo virus detectado en un crucero, la reacción de costumbre: sorpresa, estupor, promesas poco fiables de que aquí no va a pasar nada, y tira que te vas. A lo sumo (la ocasión la pintan calva), el virus de marras le está sirviendo a Pedro Sánchez para que dejemos de ver por televisión el juicio a sus secuaces Koldo y Ábalos y nos preocupemos por la posibilidad de morir entre horrendos estertores. Y para que no falte de nada, la tradicional tangana entre el Gobierno nacional y el autonómico por un amárrame aquí ese barco.
La sensación de descontrol no nos coge por sorpresa. Viendo el citado juicio (estéticamente animado por el nuevo look de Koldo, que se ha puesto en modo Rasputín), ya nos damos cuenta de cómo funcionan aquí los asuntos que afectan a las altas esferas del poder. Mientras Koldo miente como un bellaco, Ábalos reparte sonrisitas siniestras, bosteza o se queda frito en su asiento, como si no se estuviera jugando unos cuantos añitos de cárcel.
El PSOE nos recuerda, como si no lo supiéramos, que Víctor de Aldama es un mangante capaz de decir cualquier cosa en vistas a rebajar a su pena (de ahí que haya puesto a trabajar a la sustituta de García Ortiz para que el interfecto cumpla los siete años de encierro que le pide el fiscal). Y el PP, ese ejemplo admirable de oposición política, se lo mira todo de lejos, como si no acabara de entenderlo o como si ya tuviera lo suyo con su Kitchen.
Desde que perdimos el imperio y con él, la épica, los españoles hemos ido derivando hacia la comedia, el esperpento y el disparate, como bien reflejaron las películas de Berlanga y Azcona. La risa impera en el país y se manifiesta en toda clase de situaciones. En teoría, no debería figurar en procesos lamentables y vergonzosos como el que afecta a los secuaces de Sánchez. Pero se cuela en ellos y, lo que es más grave, gracias a sus protagonistas, que serían unos secundarios espléndidos en las películas de Torrente.
No hace falta parodiar el juicio a Ábalos y Koldo, porque ya es de natural un esperpento. Nadie sabe donde está el dinero que trincaron los dos chorizos. Pese a la declaración de Aldama (esa rata a las órdenes de Feijóo), el fiscal deja fuera de la causa al posible número uno de la trama, que sería el presidente del Gobierno porque, a diferencia de muchos ciudadanos, encuentra inverosímil su participación en el latrocinio. Sus secuaces no lo señalan, lo cual solo puede querer decir dos cosas: que Sánchez es inocente o que les ha dicho que, si se están calladitos, se chuparán dos años de trullo y luego él les otorgará el indulto, ya que piensa estar en la Moncloa hasta el año del Señor de 2035. Si es inocente, también es tonto del culo, ya que no se enteró de nada de lo que sucedía delante de sus narices, por lo que no parece capacitado ni para presidir una comunidad de vecinos. ¿Pero a alguien le parece que Sánchez sea tonto? Yo no tengo esa impresión, y hasta ahí puedo leer.
Y mientras tanto, el crucero contaminado avanza hacia las islas Canarias, donde no se sabe muy bien en qué puerto atracará. Por la información que tenemos al respecto, no sabemos si la cosa no es para tanto o si vamos a morir todos. Recurrir a Fernando Simón para que nos tranquilice tal vez no sea la mejor manera de hacerlo, pues aún nos acordamos de su actuación cuando el coronavirus, de la que no quedamos muy satisfechos (¿no hay en España otro experto?).
Podemos estar ante un sustito o ante el fin del mundo. Nuestro coche corre sin nadie al volante y puede que nos estrellemos o puede que no. Quién sabe. Solo nos consuela la evidencia de que el Gobierno se está dejando la piel para protegernos del fascismo: ya podemos dormir tranquilos.