¿Quién dijo que no se puede estar en misa y repicando? ¡Sí se puede! Observen a esos ministros del gobierno español que se sumaron ayer a las manifestaciones de CCOO y UGT para, al parecer, protestar contra sí mismos, que son los principales responsables de que las cosas funcionen como funcionan en España.
Menos mal que no se trataba de proteger al trabajador, sino de clamar contra el fascismo que nos invade y decir que no a la guerra (¿Ucrania? ¿Irán? ¿En general?), que es, por otra parte, lo mismo que combate el gobierno, como se encarga de recordarnos constantemente (mientras no nos llega para pagar el alquiler o, directamente, nos desahucian).
Lo que antaño fuera una jornada de reivindicación popular contra las insidias de cualquier gobierno, pues todos, sean de izquierda o de derecha, han dejado bastante que desear desde la recuperación de la democracia (de lo de antes más vale ni hablar), se ha reciclado en una especie de performance a lo Spencer Tunnick, pero con ropa (solo nos faltaría ver a Pepe Álvarez en pelotas, pero con uno de sus célebres fulares con floripondios).
Los sindicatos han convertido una reivindicación histórica en una farsa anual en la que sus dirigentes lanzan los gritos de ritual contra el fascismo y luego se van a comer gambas, que es lo suyo.
El resto del año no dan un palo al agua mientras gobierne algo parecido a la izquierda, con la que están a partir un piñón y de la que reciben subvenciones para sus gastitos.
Si alguna vez se significaron en la defensa de la clase trabajadora, hace tiempo que dejaron de hacerlo, convirtiéndola en una interesante salida laboral: véase el caso sangrante del citado Pepe Fulares, sindicalista profesional que no ha trabajado prácticamente nunca porque estaba muy ocupado medrando en UGT.
¿A alguien le extraña que le parezca bien todo lo que haga el PSOE de Sánchez si, cuando estaba al frente de la organización en Cataluña, ya les reía todas las gracias a los nacionalistas y se apuntaba a todos sus delirios? ¿De verdad queda alguien que pueda confiar en él para mejorar su situación laboral?
Con la (presunta) izquierda en el poder, la vida es un largo río tranquilo para nuestros líderes sindicales.
No hay que protestar por nada, ya que todo lo que hace el gobierno está bien por definición. Ya les vendrá faena cuando gobierne la derechona, momento en el que saldremos a manifestación semanal para protestar por asuntos que tampoco resolvió el gobierno anterior, pero que serán presentados como prueba evidente de fascismo.
Si las medidas de la izquierda se mostraron ineficaces o no se vieron por ninguna parte, se tildarán, a lo sumo, de incompetencia bienintencionada o de intentos de hacer justicia boicoteados por las patronales o, directamente, por el fascismo, ese comodín tan oportuno.
Corríjanme si me equivoco, pero juraría que la función de los sindicatos, gobierne quien gobierne, es ejercer de piedra en el zapato de los mandamases políticos. Una función que UGT y CCOO no cumplen, limitándose a seguirle el juego al PSOE o a hacerle la puñeta al PP, cuando deberían, en mi opinión, centrarse en los problemas de la clase trabajadora mande quien mande.
Evidentemente, es más cómodo montar una performance una vez al año que satisfacer a sus afiliados de manera permanente, pero, moralmente hablando, no me parece lo más adecuado. Si los líderes sindicales solo se ponen las pilas cuando gobierna alguien que no les cae bien, acabamos asistiendo a un caso de vagancia interesada muy lamentable.
Desde la caída del comunismo (pese a la aparente abundancia de nostálgicos dentro de nuestras fronteras), el 1 de mayo no ha vuelto a ser lo mismo en toda Europa.
En España se ha convertido en una pantomima siniestra con banderas rojas que ya no significan nada, consignas estereotipadas en las que nadie cree (los primeros, los que las berrean) y aparentes protestas que al gobierno no es que les entren por una oreja y le salgan por la otra, sino que pueden ser coreadas por sus propios ministros, como si los destinatarios de esas quejas no fuesen ellos mismos.
La cosa debe ser tendencia, ya que lo mismo ocurre con la Diada de Cataluña, el día del Orgullo Gay, el día de la Mujer Trabajadora, el día del Perro Policía y demás jolgorios supuestamente reivindicativos. Vivimos la era de los fakes, de las parodias de cosas que tuvieron toda su lógica tiempo atrás, así que igual no es de extrañar que el 1 de mayo se haya convertido en una más.
