Ramón de España y un cohete espacial
El laxante intergaláctico
"He seguido con interés el viaje del Artemis II. Entre otros motivos, porque ya no puedo más con Trump, Putin, Pedro Sánchez, Ábalos, Koldo García, Gabriel Rufián y demás desechos de tienta de nuestra cochambrosa realidad política actual"
Además de cambiar de idea de un día para el otro, Donald Trump también es capaz de hacer compatibles el pasado y el futuro: como esos gallegos de los que no se sabe si suben la escalera o la bajan, del Hombre Naranja no se averigua si nos lleva hacia el futuro (el vuelo de la nave Artemis II) o si nos retrotrae al pasado (los bombardeos sobre Irán).
Durante los últimos días, la aventura espacial, tantos años postergada, ha convivido con el ataque de tono medieval contra los persas y sus malditos clérigos en el poder. Y ni siquiera la expedición a la cara oculta de la Luna ha levantado un entusiasmo general, ya que la opinión más extendida consiste en que financiarla requiere un despilfarro de dinero espectacular en un mundo en el que mucha gente se muere de hambre.
Llámenme frívolo, o insensible, pero a mí lo del Artemis II me ha hecho una cierta ilusión. Supongo que me ha devuelto al verano de 1969, cuando unos representantes de la raza humana pisaron la Luna por primera vez (aunque sean legión los que sigan creyendo que fue todo un montaje dirigido por Stanley Kubrick) y dijeron aquello de que lo suyo era un paso muy pequeño para ellos, pero enorme para la humanidad.
Aquella noche, en un apartamento de Canet de Mar, el que suscribe (13 años de edad) y su familia se quedaron despiertos hasta las tantas para ver (en un televisor enano y en blanco y negro) la llegada de Neil Armstrong y sus compadres a la Luna.
Ya entonces salieron los que consideraban el asunto una excentricidad carísima, mientras nos recordaban la existencia de los pobres de solemnidad y los muertos de hambre, que siempre han existido, por cierto. Pero a mí me hacía ilusión la llegada del hombre a la Luna. Supongo que porque se trataba de algo fuera de lo corriente que permitía soñar un poco.
Después del alunizaje, creí que la conquista del espacio (título en España de la serie de televisión Star Trek, que me tragaba religiosamente cada semana) era felizmente inevitable. Me equivoqué, pues nunca llegaron las esperadas conquistas de Marte, Venus y todo el sistema solar.
Supongo que los viajes espaciales me parecían una iniciativa noble. Y que, caso de encontrar resistencia en algún planeta, el enfrentamiento con los locales haría florecer una nueva solidaridad entre los habitantes de la Tierra, que dejarían de matarse entre ellos para ofrecer un frente unido contra los alienígenas (ya ven qué cosas se le pasaban por la cabeza al tarugo de 13 años que era yo entonces).
Pero los viajes espaciales se cortaron en seco después de lo de Armstrong y compañía. Hasta el punto de que uno se preguntaba qué carajo estaba haciendo la NASA para justificar el sueldo de sus empleados. Se planteaban misiones exploratorias, pero nadie ponía el pie en Marte. ¿Sería porque se había llegado a la conclusión de que no había nadie ahí afuera, de que estábamos solos en la inmensidad del cosmos? ¿Qué ha sido de la euforia espacial de 1969, con la que concluyó brillantemente la década, aunque el colofón siniestro lo pusiera la banda de Charles Manson con sus asesinatos de Sharon Tate y el matrimonio LaGuardia?
He seguido con interés el viaje del Artemis II. Entre otros motivos, porque ya no puedo más con Trump, Putin, Pedro Sánchez, José Luis Ábalos, Koldo García, Gabriel Rufián y demás desechos de tienta de nuestra cochambrosa, aburrida y predecible realidad política actual. Prefiero mirar la luna mientras ellos miran el dedo, la verdad.
Es una pena (aunque humanice a los viajeros) que lo más comentado de la misión haya sido el mal funcionamiento del retrete de la nave, que se ha estropeado dos veces. La falta de gravedad ha introducido un concepto cómico en el asunto, pues cualquiera puede imaginar lo que debe ser un baile de zurullos en mitad de la nave. Sé que una chica muy astuta y proactiva arregló el desaguisado la primera vez, pero no me han llegado noticias de que lo volviera a hacer en la segunda avería.
Ante esta situación doméstica, pero capaz de provocar una tragedia en el Artemis II, he recordado una vieja canción del trovador británico Donovan incluida en su estupendo disco de 1973 Cosmic wheels (Ruedas cósmicas) y titulada The intergalactic laxative (El laxante intergaláctico). Tema de carácter jocoso, El laxante intergaláctico reflexiona sobre los viajes espaciales y cómo en ellos puede convivir la gloria con cosas tan prosaicas como evacuar. A Donovan le agrada comprobar que “también los más grandes héroes tienen que cagar y mear”, y extrae de ello cierto consuelo humanista.
¿Lo habrá encontrado Donald Trump en la expedición del Artemis? ¿Se habrá parado a pensar, aunque solo sea un momento, en los grandes misterios del universo? ¿Se habrá preguntado, como todos nosotros alguna vez, quienes somos, de dónde venimos, a dónde vamos (aunque a continuación les haya preguntado a sus secuaces cuántos ayatolás han caído durante el último bombardeo)?
Donald Trump: héroe del espacio y matarife internacional. Tripulación del Artemis: observadores de la Luna obligados por la naturaleza a actividades tan prosaicas como hacer pipí y popó.
Pensando en uno y otros, les transmito el mensaje del bueno de Donovan, por si les sirve de algo: “El laxante intergaláctico te llevará de aquí a Marte”.