Instalarse en un país extranjero para amargarle la existencia debería ser un delito incluido en el código penal y castigado de manera adecuada con la deportación al país de origen o cualquier otro en el que cometieran el error de aceptar al aspirante de turno a enemigo público número uno.

Nadie le pide al inmigrante, salvo algunos ilusos, que se integre, pero sí que no moleste, y no hay mayor molestia para ninguna nación que la presencia de alguien siempre dispuesto a tocarle las narices. 

Véase el caso del chileno Gonzalo Boye, radical en todo (incluyendo su calvicie) y siempre dispuesto a defender ante la justicia a todo tipo de delincuentes, ya sean seudopatrióticos, como Carles Puigdemont, o robaperas comunes, como el narcotraficante gallego Sito Miñanco (por cierto, ¿no habíamos quedado en que colaboró con él en asuntos tirando a turbios? En ese caso, ¿cuándo se le piensa juzgar y, previsiblemente, enviarlo al talego, de donde no debió salir nunca?).

Parece que nuestro hombre le ha cogido gusto al narco, ya que ahora se dispone a defender al ecuatoriano William Joffre Alvívar Bautista, Negro Willy para los amigos, líder del cártel de Los Tiguerones y buscado en su país por tráfico de drogas, terrorismo y otras barrabasadas, entre las que destaca el asalto con armas a un canal de televisión.

Las cosas debieron complicarse en Ecuador para el Negro Willy, ya que, tras darse el piro y pasar por Colombia para hacerse con pasaportes falsos, recaló en Segur de Calafell (Tarragona), donde vivía a todo trapo y controlaba a distancia el tráfico de cocaína en Sudamérica.

Detenido por la policía, el silencio en Ecuador sobre su posible extradición llevó a su liberación. Y ahora aparece Boye para demostrar que su cliente es una bellísima persona y un caso claro de lawfare (concepto mágico para Boye, que se lo atribuye a todos sus clientes).

Hay que salvar al Negro Willy de la poco fiable justicia de su país, donde son muy capaces de meterlo en la cárcel.

La contumacia en el horror del señor Boye es espectacular. Llegó de su Chile natal y no tuvo mejor idea que colaborar con la banda terrorista ETA, a la que echó una manita en el secuestro de Emiliano Revilla.

Así acabó en el trullo, que es su hábitat natural, durante una larga temporada en la que aprovechó para estudiar la carrera de Derecho gracias a ese Estado español que había venido a destruir.

Una vez en la calle, ¿acaso abandonó el maldito calvorota su anhelo de convertirse en nuestro enemigo público número uno? ¡Ni hablar! Especializándose en la defensa de indeseables, se ha ido construyendo una carrera de defensor de causas imposibles que contribuyó poderosamente a que Puchi, cuando se vio acorralado, recurriera a él para intentar parar los golpes judiciales que, inevitablemente, le cayeron tras su ridículo conato de golpe de Estado de 2017.

No sé lo que nos está costando la defensa de Boye (la estamos pagando entre todos, ya que Puchi vive de algún fondo de reptiles con dinero público que el Gobierno central se encarga de no investigar por la cuenta que le trae a su presidente, quien, en la línea del leguleyo chileno, ha adoptado la costumbre de tratarse únicamente con gentuza para mantenerse en el poder), pero algo me dice que no nos sale especialmente barata.

El paso de Puigdemont a Miñanco es de lo más natural. El narcotraficante gallego también es un enemigo del Estado. Y, para Boye, intuyo que tan víctima del lawfare como el heredero de la mejor pastelería de Amer, Girona, célebre por sus deliciosos xuixos.

Después de Miñanco, nada mejor que ampliar un poco el foco y representar a un narcoterrorista como el Negro Willy, víctima en este caso del lawfare ecuatoriano, que debe ser de abrigo.

Como abogado mediático, Boye ni siquiera tiene la (relativa) gracia del llorado Rodríguez Menéndez, otro especialista en rebuscar en la basura a la hora de elegir a sus clientes. A su manera churrosa, Rodríguez Menéndez, con su Dulce Neus, sus chanchullos, sus furcias, el sicario que envió su mujer para eliminarlo, su inolvidable semanario con el que aprovechó para revelar que su Malena Gracia le ponía los cuernos como escort de las caras y otras trapisondas que lo hermanaban con el personaje de Sean Penn en la película de Brian De Palma Carlito's way (Atrapado por su pasado), era capaz de hacerte pasar un buen rato y de figurar, en un puesto menor, en la historia de la picaresca española.

Boye, por el contrario, no tiene puñetera gracia. Y sus intentos por salvar de la justicia a la chusma deberían haber llamado la atención del Ministerio del Interior. Puchi, Sito Miñanco, el Negro Willy... ¿Hasta cuándo, Catilina Boye, vas a seguir abusando de nuestra paciencia?

Este ilustre letrado se quejó en cierta ocasión de que la gente lo insultaba cuando se lo cruzaban por las calles de Madrid, como ahora se lamenta Arnaldo Otegi de recibir amenazas de muerte, algo, al parecer, muy entretenido cuando eres tú quien las hace, pero insufrible si eres el destinatario.

¿Que te insultan, Gonzalo? ¡No te quejes, hombre, que lo normal sería que te apalearan y te lincharan!

Me gustaría saber qué le hemos hecho los españoles a este hombre para que nos tenga tanta manía, pero, dado que él insiste en vivir entre nosotros, tal vez habría que pensar seriamente en deportarlo. Que es lo que sucedería en cualquier país normal al que se hubiese desplazado un personaje como él, especializado en incordiar a su tierra de acogida.

No sé si en Francia, Italia, Inglaterra o Estados Unidos funcionaría su teoría del lawfare: algo me dice que no.