Empezó Australia con lo de prohibir el acceso a las redes sociales de los menores de 16 años. Y, que yo recuerde, a todo el mundo le pareció muy bien: llevamos ya unos cuantos años viendo a críos obnubilados ante su teléfono móvil, del que no se separan en todo el día, y pensando si tanta exposición al cíber mundo exterior es adecuada para su evolución personal.

Miles de padres se desesperan a diario en todo el orbe más o menos civilizado viendo a sus hijos convertidos en una especie de zombis para los que todo lo que sucede fuera de su teléfono carece de la menor importancia. Los que tienen perro pueden disfrutar de un recibimiento cariñoso al volver a casa, pero los que no lo tienen pasan desapercibidos o son ignorados.

Ahora que Pedro Sánchez ha decidido seguir el ejemplo australiano, le han caído palos de todas partes, y mucha gente ve en lo del control telefónico una nueva muestra de la dictadura que planea imponer a los españoles. El tipo arrastra mala fama, es cierto.

Mucha gente (yo incluido) lo considera un liante, un trilero y un falso izquierdista que ha arrastrado lo que quedaba de la socialdemocracia española por ese fango que, según él, solo cultivan los partidos de la oposición. Sé que solo se mueve por lo que le beneficia personalmente, y por eso no sé qué puede sacar de dejar sin redes a los menores de 16 años.

Al mismo tiempo, me parecen detestables (e hipócritas) los propietarios de todas las redes sociales, de X a Facebook, pasando por Telegram. Y no me los puedo tomar en serio cuando observo sus reacciones al anuncio de nuestro querido presidente, que, aunque sea un político abominable (que lo es), no creo que gente como Elon Musk (abominable a nivel global) pueda darle lecciones de democracia.

Musk también es de los que solo se preocupan de sí mismos, y se toma las limitaciones a su red social como un ataque a la democracia y a la libertad de expresión.

Con la ayuda de sus logaritmos, los Musk y Zuckerberg de este mundo se las apañan para manipularnos. Y resistirse a esa manipulación resulta especialmente difícil, diría yo, para los menores de edad, que no dejan de ser gente a medio crecer, a medio evolucionar, a medio adquirir un criterio.

Así pues, no creo que sufran mucho por esperar a tener 16 años para meterse en X, Facebook (ahí solo quedamos los viejos, por cierto), TikTok o Telegram (que se pasa por el arco de triunfo cualquier intento de moderar sus contenidos, no en vano el jefe es ruso).

Dicen los que están en contra de la medida anunciada por Sánchez que se trata de un nuevo intento por parte del Estado de controlar a la población, ya que habrá que enseñar el carné de identidad para acceder a las redes. Y que cerrar la puerta de las redes a los menores es un modo de coartar la libertad de expresión. No lo tengo tan claro.

Y puede que las medidas sanchistas no se hubiesen entendido como una medida de represión si Sánchez no fuese el sujeto autocrático que es, adorado por sus fieles (tanto si rascan algo del erario como si lo suyo es una pura muestra de fe en una izquierda que, por trapacera y desmantelada que parezca, siempre es mejor que el advenimiento de la derecha y la extrema derecha) y vilipendiado por la derecha y por la izquierda que se siente traicionada por su manera de ir por el mundo.

De otro modo, el anuncio de su control a las redes en su relación con los menores habría sido visto de otra manera, como una iniciativa razonable y que no va en contra de nadie ni de nada (como la democracia o la libertad de expresión).

Aquí el problema es que hay gentuza a uno y a otro lado. En el Gobierno español y en el puesto de mando americano de las redes sociales. Sánchez me da grima, sí, pero más me da Elon Musk, cuyo poder es muy superior al del actual inquilino de la Moncloa.

Prefiero pensar, pues, que la iniciativa de Sánchez es razonable, por mucho que le guste practicar el postureo progresista ante gente como Elon Musk o Donald Trump. Nadie se cree que Sánchez personifique la última resistencia a la derecha internacional, política o tecnológica.

Es un tipo que debería desaparecer de la escena pública, sobre todo si el PSOE aspira a recuperarse. Pero lo de cerrar las redes a los menores de 16 años me parece de lo más razonable. E incluso se queda corto: yo subiría a 18 la edad requerida para alienarse aún más de lo que permiten Youtube o TikTok.