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Ramón de España opina sobre los saqueos de Blocus

Ramón de España opina sobre los saqueos de Blocus Fotomontaje CG

Manicomio catalán

Blocus pocus

"Gracias a la CUP (y otros tiquismiquis que dicen ser de izquierdas), en Cataluña asistimos a frecuentes polémicas sobre el uso de la violencia por las fuerzas del orden, que suelen resolverse en beneficio de los quejicas progresistas"

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La administración catalana se puso las pilas para la noche de Halloween y, sin necesidad de repartir leña, consiguió controlar una situación que se le había ido de las manos unos días antes, para consuelo de comerciantes que se temían un remake de la noche de los cristales rotos y las bambas robadas.

Tras el éxito de la operación policial, la oposición, que no paraba (y con razón) de echar pestes del anterior dispositivo, que fue desastroso, no ha dicho ni esta boca es mía. ¿Tanto costaba una felicitación a nuestros cuerpos de seguridad, aunque fuese con la boca pequeña y la cara de yo-lo-habría- hecho-mejor? Esos detalles, creo yo, la pasma los agradece.

Los únicos que han hablado (y más les valdría haberse quedado callados) son los muy alternativos muchachos de la CUP, indignados por la política de identificaciones de los Mossos d'Esquadra que, según ellos, tiene un punto racista y atenta contra el dress code de los manifestantes.

Pilar Castillejo, aquella señora que se apuntó a la Flotilla Maravilla de Ada Colau y se tiró un mes de crucero (pero insistió, y consiguió, que se lo pagaran entero, pese a su desinhibida muestra de absentismo laboral), ha dicho que no se puede parar a alguien por su manera de vestir, que es cosa suya y de nadie más.

Hombre, Pilar, si los de Blocus indicaban en sus comunicados que se acudiera a la convocatoria nihilista con ropa negra y la capucha de la sudadera clavada a la cocorota, a mí no me parece tan extraño ni humillante que la policía se interesara por chavales vestidos de negro y con la cara semioculta por el hoodie. Lo raro sería que pararan a una mujer embarazada y empujando un cochecito de bebé, ¿no crees? O a un paralítico con boina.

Pero en un hábitat como la CUP lo normal es tomarla con la policía, haga lo que haga, y ponerse siempre de parte del presunto delincuente, presentado siempre como una víctima del capitalismo salvaje.

Qué fácil es ser de la CUP y tener la misma respuesta para todo. Para la CUP, el okupa nunca ha sido un jeta que se te colaba en casa, cambiaba la cerradura y se tumbaba en el sofá a ver qué echaban en ese Netflix gratuito que acababa de conseguir. Siempre era una muestra de lo que la sociedad era capaz de producir con su inhumanidad social.

Gracias a la CUP (y otros tiquismiquis que dicen ser de izquierdas), en Cataluña asistimos a frecuentes polémicas sobre el uso de la violencia por las fuerzas del orden, que suelen resolverse en beneficio de los quejicas progresistas.

Así hemos llegado a un punto en el que la pasma no puede usar ni pelotas de goma y se ve obligada a lanzar unas bolas de espuma (foam) que no hacen retroceder a nadie. Intuyo que en la próxima queja de la CUP sobre violencia policial se propondrá sustituir el foam por esas pequeñas masas de algodón azucarado que venden en las ferias.

La penúltima algarada de los revolucionarios de Blocus, convencidos, al parecer, de que todo chaval barcelonés tiene derecho a disfrutar de unas bambas de Tommy Hilfiger, dejó a unos cuantos policías heridos. Peor estuvieron las cosas cuando el prusés, con las emboscadas a Mossos de Urquinaona o el aeropuerto. Y también hubo entonces quienes se quejaron de una presunta brutalidad policial, olvidándose del madero al que le habían abierto la cabeza o intentado prenderle fuego.

Un exceso de educación por parte de nuestros políticos impide que a la CUP se le haga callar, como se hace con los niños cuando se ponen pesados y dicen demasiadas tonterías.

Tomarse en serio a estos maulets no puede llevar a nada bueno. Como, en su momento, tomarse en serio a Puigdemont y sus maravillosos planes de independencia. Quizá sea ese nuestro principal problema: dar por buenas las memeces ajenas y hasta apuntarse a ellas.

Cuánta razón tuvo el que dijo que el sentido común es el menos común de los sentidos. Sobre todo, en Cataluña, añado.