El problema de darle siempre la razón a tu jefe, y de manera entusiasta, es que cuando este cambia de opinión (porque le conviene), te ves pillado en un renuncio, pues debes apoyar aquello de lo que ayer abominabas.
Es lo que le pasa al pobre Salvador Illa con la amnistía de los grotescos amotinados de 2017, y lo que hace que ahora, en el Parlamento catalán, le canten las cuarenta los amigos de los golpistas, que le afean la conducta por haberse mostrado en un principio opuesto a medidas de gracia para los traviesos gamberretes del prusés.
De esta manera, se comportan como si el señor Illa tuviese opiniones propias sobre nada, lo que no es el caso, pues siempre ha esperado a ver qué decía Pedro Sánchez para, ipso facto, suscribir con entusiasmo lo declarado por el Puto Amo.
Cuando Sánchez dijo que traería a Puchi a España encadenado para someterlo a juicio sumarísimo, a Illa le pareció muy bien, pues hay ciertos desafíos que un Estado serio no debe permitir.
Cuando Sánchez se lo pensó mejor y llegó a la conclusión de que los siete votos de Cocomocho en el congreso eran fundamentales para conservar la poltrona presidencial, optó por amnistiarlo, y a Illa también le pareció muy bien, ya que había que contribuir a la armonía y el buen rollito que debían imponerse en Cataluña.
De hecho, su sobreactuación con el asunto fue notable, llegando a exigir a la justicia que se diera prisa en aplicar la amnistía, mientras, al mismo tiempo, se deshacía en muestras de respeto hacia el lazismo que este nunca le ha devuelto, como hablar bien de Pujol o implementar los multazos a esos seres disolventes que insisten en rotular sus establecimientos en la lengua que les da la gana (habitualmente, el castellano).
Puestos a elegir entre el Illa antiamnistía y el Illa proamnistía, los indepes, lógicamente, se han inclinado por el primero, aprovechando para recordarle a este que se mostró muy partidario de la aplicación del 155 en su momento. Son los problemas de tener un jefe que solo piensa en sí mismo, se contradice cada vez que le conviene, va totalmente a lo suyo y, como dicen en el ejército, el que venga atrás que arree.
El que viene atrás, efectivamente, arrea, pero se va dejando trozos de personalidad y de credibilidad por el camino, cual leproso que pierde cachos de carne mientras hace como que anda.
La oposición, lógicamente, aprovecha todos sus renuncios para ponerle de vuelta y media por su presunta incoherencia, que no es tal, sino estricta obediencia a la jerarquía y la estructura de mando. Si Sánchez pensara que la ejecución de Puchi le daría más votos, montaría un pelotón de fusilamiento de inmediato, y luego veríamos a Illa en TV3 diciendo que la cosa había sido necesaria para contribuir a la armonía y el buen rollito en Cataluña.
A todo esto, la generosa amnistía no ha servido para nada. Aquí nadie ha mostrado el menor arrepentimiento, sino todo lo contrario: ahora que han recuperado su capacidad de movimiento y la posibilidad de acceder a cargos públicos, todos los políticos lazis se han felicitado por la amnistía porque ahora ya podrán volver a la carga con total tranquilidad.
Ni las gracias le han dado al Estado español. Ni a Sánchez, ni a su contacto en el Constitucional, el señor Conde Pumpido, que es el Tezanos de la judicatura. Ni a Illa, evidentemente, al que ahora, en el Parlament, le recuerdan su oposición a la amnistía y su apoyo a la aplicación del 155.
Los indepes nunca están contentos, por lo que es de idiotas (o de corruptos) intentar agradarles. Cada concesión se la toman como un derecho, mordiendo, si hace falta, la mano que les da de comer.
Lo que debería haber sido un castigo ejemplar se ha convertido en un cambalache patético. Pero los lazis, viendo que el Estado te permite irte de rositas después de plantearle un pulso separatista, ya están preparando el nuevo y cansino capítulo del mismo serial de hace siglos.
Cuando haya que volver a pararles los pies, habrá que hacerlo con mayor contundencia.
