Ayer lunes llegó a las librerías de toda España, en castellano y en catalán, la última obra de Gabriel Rufián, Cómo ganar a los fachas (Leer antes de votar), editada por Arallibres y cuya primera frase constituye toda una declaración de intenciones: “Yo vengo de la mierda”.

Solo faltaba añadir: “Adonde no pienso volver”, pero se entiende sin necesidad de decirlo si uno ha seguido atentamente su carrera desde que asomó la nariz por Súmate y se ganó la confianza de su carismático presidente, Eduardo Reyes, un señor de Córdoba que ahora ejerce de plácido jubilator aficionado a la petanca al que su protegido, según reconocía en una reciente entrevista publicada en El Periódico, no ha vuelto a dirigirle la palabra desde que empezó a triunfar en la capital (¿de Cataluña? No, hombre no, ¡de España!).

Esa primera frase, “Yo vengo de la mierda”, denota la importancia para Rufián del rencor social como motor de superación personal. Habla en su libro de una infancia infecta en un pisurrio con grietas en las paredes y de unas vacaciones churrosas en el pueblo de sus abuelos, y no en el Ampurdán.

También cita su primer e infame trabajo en El Corte Inglés, donde otro currito le partió la cara nada más llegar y donde la crisis del 2008 le obligó a sisar papel higiénico y latas de conservas del supermercado (¿se aventuraría en El Club del Gourmet o no se atrevería a hacerlo por temor a un stendhalazo gastronómico?). Sin duda hubo un momento en el que, cual Scarlett O'Hara de Santa Coloma, nuestro Rufi clamó: “¡Pongo al beato Junqueras por testigo de que nunca más volveré a pasar hambre!”.

Con una sola frase de entrada, Gabriel Rufián resume toda su carrera política en Cómo ganar a los fachas (Leer antes de votar). Por el camino, ha dejado atrás a su primer protector, Eduardo Reyes (todo lo que sacó el cordobés fue participar con los posconvergentes en una legislatura, de 2016 a 2017, antes de acabar consagrado a la petanca); al segundo, Joan Tardà (que aún no ha llegado al petanquismo, pero no debe de faltarle mucho dado que, cuanto más razonable se muestra, más manía le cogen en ERC); y al tercero, Oriol Junqueras (que lo estrangularía con sus propias manos si no lo necesitara tanto, pues aquel chaval tan modosito que le trajo Eduardo Reyes se le ha convertido en un monstruo).

Para no volver a la mierda, nuestro Rufi se ha hecho pasar por un separatista catalán y por la gran esperanza blanca de la izquierda española a la izquierda del PSOE, con relativo éxito. Los guardianes de las esencias de ERC le han acabado viendo el plumero, pero miles de españoles mal informados siguen creyendo que es un peasso de estadista. Y al formar pareja artística con Irene Montero se ha colocado en mejor posición para las próximas elecciones que Ada Colau y su Frente Amplio.

Es poco probable que Rufi llegue a presidente de la nación española, pero sería el final lógico para él, la prueba definitiva de que nunca volverá a la mierda de la que dice haber surgido.

La Generalitat era poca cosa para él y, además, carecía del pedigrí necesario: eso solo lo consiguió Montilla por su pertenencia a un partido oportunamente situado, y de carambola (y luego tuvo que salir por patas de las manifestaciones que convocaba, por charnego, aunque recurriera al pinganillo para comunicarse en el Parlamento español con otro político andaluz).

O César o nada. O, en su defecto, despedirse para siempre del cutrerío vital al que le condenaban sus humildes orígenes. En cualquier caso, un win win que ríete tú de los del Astut.