Como si fuese algo que nos trajera a mal dormir, Toni Comín ha decidido anunciarnos que ya tiene fecha para su (¿anhelado?) regreso a Cataluña: el 24 de octubre. Y para dotar de más sentimentalismo a tal proeza, ha dicho que pasará a pie desde la Catalunya Nord (o sea, el sur de Francia) a la Catalunya Sud (es decir, el nordeste de España).

Se supone que luego se subirá al coche que debe trasladarlo a Barcelona, donde no se sabe muy bien quien lo espera, más allá de sus queridísimas hermanas y puede que su novio, si es que ha superado los cuernos que le intentó poner con aquel asistente al que sobaba sin medida y hasta se le colaba en la ducha.

Supongo que aprovechará esa randonnée de poco más de una hora para pensar en su futuro, que no se intuye especialmente esplendoroso. Lo de recuperar el escaño europeo dependerá, entre otras cosas, de lo que opine la Cámara sobre su acoso sexual al asistente en cuestión, tema que Junts trató de ocultar, aunque sin mucho éxito. Y en lo referente a la política catalana, hay que recordar que en el partido aún no le han perdonado que metiera las zarpas en el botín de la Casa de la República para financiarse vacaciones, paseos en yate y coches de alquiler.

Sin euro escaño y sin posibilidades de medrar en Junts, algo se tendrá que inventar para seguir viviendo del cuento de la independencia, que es lo que ha hecho desde que saltó del PSC a ERC y de ahí a los acogedores brazos de Puigdemont (que ya no lo son). ¿Dónde se podría colocar el amigo Comín para seguir viviendo del erario público? No quisiéramos verlo (o sí) como al pobre Albano Dante Fachín, que, en aras de un posible fichaje, se tiró un buen tiempo intentando caer en gracia a los mandamases de diversos partidos lazis sin conseguirlo y ya ni sabemos por dónde anda, el pobre.

Eso sí, no subestimemos a Comín, que, como chaquetero, es de lo mejor que hemos visto en Cataluña. Igual se le ocurre algo durante su trayecto de la Catalunya Nord a la Catalunya Sud. Y aprovechando que en Francia no deben de estar al corriente de sus tendencias rapaces, siempre puede aprovechar el camino para colarse en masías vacías y hacerse con la cubertería de plata y cuanto objeto de valor se encuentre a su alcance. De alguna manera hay que financiar la independencia, ¿no?

No sabemos qué ha hecho Comín durante los años que se ha tirado en Waterloo, más allá de tocar el piano para ayudar al jefe a conciliar el sueño, sisar de la caja fuerte de la Casa de la República y acosar a su sufrido asistente. Pero da igual, pues tampoco nos enteramos de qué hacía en el PSC y en ERC, más allá de incordiar y mostrarse muy desagradable con los periodistas que no le caían bien y le hacían preguntas que no sabía cómo contestar.

A mí me caía bien su padre, Alfonso Carlos, el de Cristianos para el Socialismo, aunque siempre me pareció un iluso y la versión laica del cura obrero a lo Ken Loach. Por lo menos, el hombre abogaba por la armonía y el buen rollo entre los seres humanos (como su encantador amigo Lorenzo Gomis, en paz descansen ambos), cosa que no puede decirse de su vástago, un sociata al que, de repente, le dio porque los españoles tenían la culpa de todo.

Puede que Comín vuelva a casa por miedo a que la gente se olvide de él. Y sí, nos habíamos olvidado bastante de él mientras no se moviera de Flandes, como si fuese un mueble viejo y algo destartalado que hubiésemos dejado atrás en una mudanza. Pero en cuanto ponga los pies en Cataluña, su deplorable pasado humano y político nos volverá a todos a la cabeza, lo cual va a dificultar notablemente su presunta resurrección político-social.

Dado que nadie le espera, yo de él demoraría un poco más la llegada recorriendo a pie la distancia entre la frontera y Barcelona. Aquí lo tiene más difícil que en Francia para dedicarse a lo suyo, pero siempre puede toparse con algún payés de Junts que lo invite a tomar una copa y al que se le pueda robar el fuet que tiene colgado en la cocina: menos da una piedra, Toni.