Ya lo decía Raimon: “Quan creus que ja s'acaba torna a començar”. Próximamente en sus pantallas: “El prusés 2: La matraca continúa”.

Ya hemos oído a Puigdemont, el beato Junqueras, el inefable Tururull y demás indultados y/o amnistiados: la lucha por la independencia del terruño sigue. Aquí nadie se ha arrepentido de nada ni ha utilizado el tiempo transcurrido desde la ridícula asonada de 2017 en pensar y reflexionar. Solo les falta exigir al perverso Estado español que les presente disculpas por el modo en que han sido tratados.

Antiguamente, indultos y amnistías requerían del indultado y del amnistiado cierto propósito de enmienda, un reconocimiento de los daños causados y la promesa de no volver jamás a las andadas. Únicamente entonces, el Estado, en su infinita bondad, otorgaba sus indultos y sus amnistías.

Pero eso era antes de la presidencia de Pedro Sánchez, basada en hacer todo lo que le conviniera a Pedro Sánchez, quien se desdecía de lo dicho y perdonaba al máximo delincuente catalán a cambio de sus siete birriosos votos en el Congreso de los Diputados.

Carles Puigdemont ya puede volver a Cataluña, pero parece que el regreso no será inminente. Siguiendo el ejemplo de su amigo Pedro, que solo ha convocado elecciones cuando ha visto que igual no le salían tan mal si se presentaba como el Santo Patrón del Inquilinato, nuestro Cocomocho está buscando en el calendario la fecha adecuada para manifestarse en las calles de Barcelona (yo de él me daría cierta prisa, si no quiere encontrarse con que su partido ya no existe porque se le ha pasado en pleno a Aliança Catalana, pero allá él).

Y mientras tanto, continúa dando la chapa con la independencia de Cataluña, que sigue siendo su principal obsesión. Y supongo que Sánchez, si se le pregunta, seguirá sosteniendo que indultos y amnistías han propiciado una nueva Cataluña, pacífica y armoniosa que, si no es la Dinamarca del Sur, se parece bastante a la Subcarpacia polaca, que tampoco está nada mal.

Lo cierto es que ni indultos ni amnistías han contribuido en lo más mínimo a la paz y la armonía social, aunque sí a alargar la presidencia de Sánchez, que es de lo que se trataba. Aquí no se ha arrepentido nadie de nada y lo único que ha cambiado, a peor, es la situación general, con la paulatina sustitución de los convergentes por los fans de la matamoros de Ripoll a la hora de representar al separatismo más cerril.

La secuela del prusés está en marcha. Gracias, en parte, a que el lazismo ha visto que los órdagos al Estado salen gratis. Así pues, se puede lanzar uno cada equis años con la tranquilidad de que nadie saldrá perjudicado. Así ha afrontado Sánchez el llamado problema catalán, convirtiéndolo en una oportunidad para mantenerse en la poltrona.

Cuando el lazismo, con la aplicación del 155, había sido puesto en su sitio, fue el propio presidente del Gobierno español quien le dio aire en vez de los preceptivos garrotazos legales que podrían haberlo dejado hecho fosfatina durante medio siglo. Sí, habría resurgido tarde o temprano, porque así se comporta lo que nunca muere. Pero, por lo menos, los de mi generación nos habríamos ahorrado el deja vú que se nos viene encima con el regreso, no sé si triunfal o todo lo contrario, del ínclito Cocomocho, que viene con ganas de armar barullo.

Ahora ya sabemos que hay delincuentes de primera y de segunda. Y que entre los primeros figuran los enemigos del Estado, cuyos arrebatos siempre acaban siendo comprendidos por la justicia española. Hasta Laura Borràs, una delincuente común disfrazada de proactiva independentista, se ha librado de cualquier pena por sus mangutancias cuando dirigía el ILC. Le cayeron cuatro años y medio de cárcel, luego la indultaron y ahora me la envían a hacer un cursillo de prevención de la corrupción.

¿Prevención? Pero si Borràs ya es una corrupta consumada. ¿Cómo va a evitar algo en lo que ya ha incurrido? El cursillo, en todo caso, debería abordar la contumacia en la corrupción y cómo evitarla, si queremos llamar a las cosas por su nombre, lo que, evidentemente, no es el caso. Cualquier otro condenado por lo mismo estaría actualmente en el talego. Una nueva muestra del indepe como delincuente de primera que merece un trato especial.

A veces pienso que un Estado que trata con tanta generosidad a sus enemigos merece desaparecer.