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Ramón de España opina sobre Carles Puigdemont

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Manicomio catalán

'Puchi' viene a olernos

"Hay que pensar que nuestro hombre lleva nueve años en Flandes volviéndose tarumba, vigilando que Comín no se lleve la cubertería de plata de la Casa de la República y creyendo realmente que es un presidente en el exilio al que se debe tratar con pompa y circunstancia"

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Un señor llamado Calese Crowder fue detenido hace unos días en Glendale, California, mientras se entregaba a su diversión favorita: olisquear el trasero de las mujeres. Era la enésima vez que lo trincaban por entregarse a su particular parafilia en público y sin consentimiento, ¡y ya estaba en libertad condicional por hazañas olfativas anteriores!

La prensa norteamericana ha tildado al señor Crowder de serial butt sniffer (oledor de culos en serie). Y la justicia, harta de él y de sus manías, lo mantiene en el talego porque sabe que, si lo suelta, el hombre volverá a su ocupación favorita, pues la lleva en la sangre.

Les cuento esto porque el muy honorable Carles Puigdemont está haciendo ya su maletita para volver a Cataluña por cortesía de nuestros tribunales, si es que se solventa el tema de la malversación de dinero público para financiar los fastos del prusés, y ha declarado que lo primero que hará, si vuelve, es patearse Cataluña porque quiere verla y olerla (espero que esto no incluya a las catalanas que se lo crucen en el Bonpreu, aunque reconozco que me encantaría que en Cataluña también tuviésemos un serial butt sniffer para no ser menos que los americanos, que siempre se llevan toda la diversión).

A la que rascas un poco, descubres que dentro de cada político soberanista hay un excursionista, un boy scout dispuesto a calzarse las chirucas, colgarse la mochila a la espalda y lanzarse a triscar por el monte. Lo de recorrerse el territorio es una manía muy convergente a la que ya recurrieron, en su momento, pesos pesados del partido como Giró o Tururull.

Mucho más lógico resulta, pues, que se eche a la carretera el gran Cocomocho, ya que lleva nueve años alejado de la realidad catalana y desea comprobar personalmente los cambios acontecidos en su país favorito del universo.

Hay que pensar que nuestro hombre lleva nueve años en Flandes volviéndose tarumba, vigilando que Comín no se lleve la cubertería de plata de la Casa de la República y creyendo realmente que es un presidente en el exilio al que se debe tratar con pompa y circunstancia.

Intuyo que se resiste a creer que aquí nos hemos ido olvidando de él (Quien fue a Sevilla perdió su silla) y que pocos lo esperan después de haber prometido (“Que viene el lobo, que viene el lobo”) no sé cuantas veces que regresaría (no hubo nada, salvo el conato ridículo de retorno para jorobarle a Illa la toma de posesión, que duró algo más de ocho segundos, pero tampoco mucho).

Su presunto exilio ha sido de una inutilidad pasmosa. Lo ha empleado, básicamente, en tuitear diferentes versiones del mismo mensaje: esto (sea lo que sea) se solucionaría con la independencia.

Tuvo la oportunidad de volver a Barcelona, dejarse detener y montar un circo victimista con repercusiones internacionales (o, por lo menos, poner en jaque al gobierno español que había hecho como que lo había amnistiado), pero su pánico cerval al encierro le aconsejó quedarse en Waterloo.

Si vuelve, el choque puede ser terrible. En su ausencia, el PSC se ha adueñado del paisito (o lo intenta), ha salido un partido político independentista más radical que el suyo y que, como odia a todo el mundo que no sea catalán, con especial asco por moros y españoles, no para de crecer y de robarle votantes hartos de ver cómo se pega la vida padre en Bélgica mientras la independencia, ni está ni se la espera.

En su hábitat, el astuto (y taimado) Artur Mas conspira en la sombra para resucitar a la buena y vieja Convergència y darle la puntilla a Junts.

En Casablanca, ante un oficial alemán que se jactaba de poder invadir Nueva York, Bogart le aconsejaba que no se internara por ciertos barrios. Consejo aplicable a la posible visita de Puchi a Barcelona, donde últimamente se apuñala y se dispara mucho más que cuando él abandonó el paisito en el maletero de un coche (algo que, siguiendo su lógica, debe ser por culpa de los españoles, claro está).

En cualquier caso, sea bienvenido el de los xuxos si al fin regresa. Eso sí, le aviso de que cada vez hay más gentuza que se expresa en español y que igual no le entiende mientras se dedica a ver y a oler. Es más, casi le recomendaría que iniciara una carrera de serial butt sniffer, pues igual así le hacían más caso en la prensa nacional y extranjera.