Suele decirse que el camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones, pero Salvador Illa no lo ve así, como demuestran sus últimas iniciativas en torno a la Diada de este año: la deslocalización a Extremadura (donde es de suponer que la fiesta nacional catalana se la sopla lo más grande a la población) y su cartel, que, si no es lo más feo que se ha visto en Cataluña desde el difunto Lluís Prenafeta, poco debe faltarle.
Ambos asuntos han sacado de quicio a las huestes del lazismo, como era de prever, y solo por eso merecen ser contempladas con cierta benevolencia, pero la buena intención de los sociatas, que no pongo en duda, no armoniza precisamente con los resultados.
Hasta ahora, la exportación de la Diada solo llegaba a Madrid, donde salíamos buenamente del paso inflando de butifarra y pan con tomate a los invitados oficiales y montando algún castell, con su folre y sus manilles.
Trufado de buena intención, nuestro amado líder ha decidido incorporar la trashumancia a la Diada, por lo que, después de Extremadura y hasta que vuelvan a ganar las elecciones los nacionalistas, les tocará a todas las comunidades autónomas españolas una visita de los catalanes con su salerosa fiesta nacional.
Pero, teniendo en cuenta la lógica manía que nos tienen casi todas por lo de la financiación singular (que beneficiará a todo el mundo, según Illa, como si el dinero se pudiera estirar cual chicle), no sé yo si la aparición de las autoridades catalanas va a potenciar precisamente un ambiente de xerinola generalizada.
Y, por cierto, a la hora de elegir una comunidad en concreto para iniciar la ronda de visitas (que también podrían honrar al mítico viajante catalán que se pateaba toda España años ha con su muestrario de vetes i fils), ¿por qué se ha optado por Extremadura?
Dice el Gobierno que para reconocer el esfuerzo de los emigrantes extremeños a la hora de fabricar una Cataluña mejor y más próspera. Pero lo mismo puede decirse de los andaluces, que además son más. O de los marroquíes, aunque tal vez ahora no es el mejor momento para exportar la Diada a Rabat (solo a Pedro Sánchez le parecería algo razonable, convencido como asegura estar de que Marruecos no tuvo nada que ver con la reciente invasión de Ceuta).
Tengo la impresión de que hay mejores maneras de promover la solidaridad con el resto de España, como, por ejemplo, olvidarse de la financiación singular. O escuchar la versión de la Policía Nacional antes de lanzarse a condenar los porrazos recibidos por un hincha del Barça con estelada en Elche. O mostrar un poco más de respeto hacia la lengua castellana, la más hablada en Cataluña, en el ámbito de la enseñanza.
Pero se ha optado por una maniobra de distracción para que se entere toda España de lo simpáticos que somos los catalanes cuando nos ponemos.
Otra buena intención arruinada en la ejecución la podemos detectar en el cartel de la Diada, obra de Javier Jaén. Ya sé que el mensaje es que todos arrimamos el hombro para levantar Cataluña, pero ¿era necesario ilustrar el concepto con cientos de huellas dactilares que apuntan, deduzco, hacia un objetivo común?
Me parece bien la tesis de que aquí cada uno es de su padre y de su madre, pero ¿hacía falta reducirnos a una huella digital? Esa inmensa colección de dedazos hace daño a la vista, y además requiere explicaciones para entender lo que representa el cartel de marras.
Evidentemente, la respuesta lazi a las solidaridades socialistas ha sido lamentable: que si el cartel desnacionaliza la Diada, que si la itinerancia de la fiesta la devalúa (habría que llevarla al Alguer, a Mallorca, a la Catalunya Nord, también conocida como Pirineos Orientales o sur de Francia)…
Como era de prever, ni una sola concesión a la ética y a la estética, pero tranquilos, que para eso ya estoy yo, siempre dispuesto a recordar que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.
