El ínclito Josep Rull, héroe del prusés, quiere seguir en el candelero nacionalista y aprovecha cualquier oportunidad que se le presenta para conseguirlo.

Ha vivido instantes gloriosos –como cuando instaló una senyera monumental en el parlamento que preside o cuando casi asfixia a su compañero de celda, Jordi Turull, con los cuescos que le generaba la comida del talego–, pero no le bastan. Por eso tomó la decisión de no recibir en SU Parlament a los jugadores catalanes de la selección española de fútbol, como propuso Vox, que por el mero hecho de ser Vox no merece que se tome en cuenta ninguna de sus iniciativas.

Es de suponer que los considera unos botiflers vendidos al enemigo que juegan en una selección que no es la propia de Cataluña, por lo que no merecen ningún reconocimiento nacional (imagino a los jugadores en cuestión, desesperados ante la decisión de Rull mientras cuentan los billetes de la prima y se los echan por encima a paletadas, como el tío Gilito).

Conclusión: que los reciba su padre, que hasta que no exista la selección catalana, aquí no hay nada que celebrar.

Josep Rull no celebra las victorias de España, aunque haya catalanes que contribuyan a ellas. No contento con eso, va a trabajar los días de fiesta nacional (o estatal, para él), cosa que permite saber, por lo menos, los días en que lo pillas fijo en el despacho.

También se personó en su lugar de trabajo cuando su jefe, el Prisionero de Waterloo, protagonizó su célebre asonada, les dijo a sus secuaces que los vería en la oficina y se piró en el maletero del coche. Nueva muestra de patriotismo a cargo del gran Rull. O de imbecilidad supina, ya que acabó en la cárcel.

Que Rull no quiera recibir a los catalanes de la Roja es lo que se espera de él. Y de quienes secundaron la moción: ERC, los Comunes y la CUP. Lo que no sé qué pintaban en el colectivo de groseros maleducados eran los sociatas, que también se apuntaron a hacerles un feo a los jugadores. Sobre todo, después de que Salvador Illa se hubiese congratulado de la victoria española en el Mundial de fútbol.

Serán cosas del tradicional síndrome de Estocolmo que sufren nuestros socialistas con los nacionalistas desde los tiempos de Pujol y que les obliga a la sobreactuación patriótica para no ser considerados unos malditos botiflerots.

Illa está perfeccionando como nadie el arte de decir una cosa un día y la contraria al siguiente. Recordemos cuán tajante se mostraba contra la amnistía de los golpistas cuando su jefe en Madrid también lo estaba, y lo a favor que se muestra ahora, desde que Sánchez vio que la trapisonda legal le convenía notablemente.

Nada más disfrutar del triunfo futbolístico español, Illa llega a la conclusión de que no hace falta recibir en el Parlament a los jugadores catalanes. Y, rizando el rizo de la coherencia más firme, tras aplaudir a la selección española, se saca de la manga una oficina desde la que trabajar para el reconocimiento de las selecciones catalanas (parece que se lo había prometido al beato Junqueras cuando necesitaba su apoyo para encaramarse al sillón presidencial), sueño húmedo de los indepes, que aspiran a enfrentarse a España en las competiciones deportivas internacionales.

El tema languidecía hasta el triunfo del otro día de la selección española de fútbol. Los indepes, hechos fosfatina, vieron que había un montón de catalanes en la selección y que –como sostenía un político fracasado en una columna delirante en un digital lazi–, una selección catalana de fútbol ganaría todo lo habido y por haber. Y así se resucitó el tema de las selecciones deportivas catalanas.

Naturalmente, Illa, en vez de sugerirle al beato que se fuera a tomar viento fresco, se ha plegado a sus deseos y ya tenemos otro chiringuito desde el que molestar y alterar la paz social (que es, al parecer, por lo que cobra).

Los sociatas, siempre sobreactuando: reclaman amnistías para delincuentes sin el menor ánimo de redención, le hacen la pelota al decrépito Pujol, se alegran de la victoria futbolística española, pero al día siguiente reclaman selecciones catalanas… Todo parece indicar que, con la condición de mal menor, ya van que chutan. ¿Coherencia? ¿Y eso qué es y para qué sirve?