Ramón de España y un ciclista del Tour de Francia en la Avenida Gaudí de Barcelona
Los restos de la Ilustración van en bici
"Barcelona encabeza la lucha por la abolición de la lógica, pues se ofrece de inicio para celebraciones deportivas típicamente francesas. ¿Se tratará de un homenaje a nuestros afrancesados, ya fallecidos la mayoría de ellos?"
Los que ya tenemos una edad (o dos) recordamos perfectamente la época en que Barcelona y, por extensión, la Cataluña más o menos ilustrada, ejercían de afrancesadas. El franquismo aún no daba señales de decadencia y desde aquí se miraba con mucho interés lo que sucedía en Francia, culturalmente hablando.
Como las revistas españolas eran tirando a cutres, nuestros burgueses se compraban cada semana el Paris Match, que tenía mejor papel, más fotos y un aire como más europeo. Yo mismo adquiría en un quiosco del paseo de Gracia el semanario de cómics Pilote (conocido como Le journal d'Asterix et d´Obelix), que costaba el triple que los tebeos Bruguera, pero daba gusto verlo.
Los integrantes de la Nova Cançó tenían la vista permanentemente puesta en la Chanson francesa, soñaban con actuar en el Olympia de París y, junto a bastantes de sus conciudadanos, frecuentaban la librería Jaimes (donde era inevitable cruzarse con Joan de Sagarra, que siguió ejerciendo de afrancesado hasta sus últimos días).
Pese al trato recibido por sus primos del norte, hasta los catalanistas seguían con interés todo lo que sucediera en el país vecino, haciendo la vista gorda con la aniquilación de la lengua catalana en la república francesa, mucho más eficaz que la de la dictadura franquista. Aún hoy, crucen ustedes la frontera y observarán que se habla (si se habla) un catalán con un acento francés que tira de espaldas, mientras que en la Cataluña profunda abundan los oriundos que farfullan un castellano lamentable. En ese sentido, la democracia le ganó a la dictadura por goleada.
Con el paso del tiempo, el inglés fue sustituyendo al francés como lengua extranjera del catalán culto, y nuestros afrancesados se fueron convirtiendo en un sector tirando a provecto de la población que se seguía agarrando a la francofonía como recuerdo de los mejores años de sus vidas. Yo diría que fue uno de esos arrebatos nostálgicos el que llevó a políticos locales como Pasqual Maragall y Artur Mas (alias, L'Astut) a tímidas iniciativas para incluirnos a todos en la francofonía (aunque el ciudadano con inquietudes ya se había pasado al inglés).
De un tiempo a esta parte, el afrancesamiento moribundo solo da señales de vida de vez en cuando, y casi siempre coincidiendo con algún evento deportivo. Hace años, el famoso rally París–Dakar empezaba en Barcelona, aunque nunca cambió su nombre por el de Barcelona-Dakar, como habría sido lógico. Se siguió llamando París–Dakar, pero empezaba en Barcelona sin que nadie supiera por qué (probablemente, porque el ayuntamiento decidió invertir algo de dinero público, que no es de nadie, para subirnos al carro del glamour transcontinental).
Este año, hemos vuelto a picar, pero con el ciclismo, y el mítico Tour de France ha partido de Barcelona, una ciudad que, según comprobé la última vez que consulté un mapa de Europa, no está en Francia, sino en España.
Puede que la culpa de este sindiós cartográfico la tenga el festival seudomusical de Eurovisión, donde participa Israel, un país que, tras una nueva consulta al mapa de nuestro continente, resulta que no está precisamente en Europa, pero a todo el mundo parecía darle igual hasta que empezó la estopa con los palestinos, y España y otros países sí situados en Europa se ausentaron del certamen para no coincidir con los judíos (¡De fuera vendrán que de casa te echarán!). ¿Qué será lo próximo? ¿Celebrar el festival de Cannes en los cines Renoir de la barcelonesa calle de Floridablanca?
Barcelona encabeza la lucha por la abolición de la lógica, pues se ofrece de inicio para celebraciones deportivas típicamente francesas. ¿Se tratará de un homenaje a nuestros afrancesados, ya fallecidos la mayoría de ellos? ¿Debería yo agradecerlo como el niño que fui y que compraba el Pilote cada vez que se lo permitía su exigua semanada? ¿Cuánto falta para que el ectoplasma de Joan de Sagarra se materialice en la estación de Francia, que tanto visitó en vida cada vez que le entraba la nostalgia de París?