En su nueva maniobra de blanqueo del pujolismo (y ya van unas cuantas), Salvador Illa ha dicho una gran verdad.
No me refiero a lo de que Cataluña le debe mucho a Convergencia (algo que me parece muy discutible), sino lo de que Cataluña no sería el paisito que es sin Convergencia. En eso estoy totalmente de acuerdo: sin los veintitrés años de tabarra patriótica convergente, Cataluña sería una comunidad mejor. Y, de hecho, para mejorar y, a ser posible, cortar con el pasado nacionalista, supremacista e insolidario de Pujol, Mas o Puigdemont, fue por lo que muchos votamos a Salvador Illa para situarse al frente de la Generalitat.
Un poco tontos tenemos que ser, pues esta es la segunda vez que el PSC nos gasta la misma broma de mal gusto, y nosotros, venga a picar: que si esta vez van en serio, que si han hecho examen de conciencia, que si se han liberado del síndrome de Estocolmo inducido por los convergentes… Nada, amigos, no hay tu tía: ya habrán observado que la manera socialista de instaurar la paz social consiste en darles la razón en todo a los lazis.
Hace años, el que nos la jugó fue Pasqual Maragall, que aparentaba ser la alternativa a Pujol cuando en realidad más bien parecía el heredero: ¿a qué vino, si no, la exigencia de aquel absurdo estatuto de autonomía que no le había pedido nadie y que el joyero Zapatero se avino a aprobar sin necesidad de leerlo? Nada más acceder al relevo, sobreactuación nacionalista. Y años después, más sobreactuación a cargo del señor Illa, que, en cuanto te descuidas, se lanza a alabar la política del partido que, en teoría, estaba llamado a reemplazar, aplicando todas las medidas necesarias para minimizar los desperfectos a la convivencia causados por la cuadrilla convergente y sus iluminados líderes.
Suerte ha tenido el PSC del estúpido suicidio derechista de Ciudadanos, aquel partido que ganó unas autonómicas en Cataluña y luego no supo qué hacer al respecto, mientras sus líderes se fugaban a Madrid. Enhorabuena por quedarse con todo el pastel constitucionalista, aunque solo fuera para echarle unos bocaditos, no se fuese a rebotar el lazismo en pleno.
Ayer, en estas mismas páginas, se preguntaba Joaquim Coll qué puede ganar Illa con su actitud genuflexa hacia el Gran Hermano de Cataluña y su difunto partido. Da la impresión de que nada, ya que la cortés actitud del president hacia los convergentes nunca se ha visto correspondida por éstos, que lo siguen considerando un españolazo irredento y parecen recordar el viejo consejo de Pujol a sus secuaces: “A los socialistas me los enviáis a la mierda de dos en dos”.
Dudo mucho de que tantas alabanzas al enemigo puedan reportarle muchas ventajas al dirigente de un partido que, en teoría, nada tiene que ver con el que se inventó hace décadas el señor Pujol. Y, ya puestos, tampoco creo que la fidelidad perruna que nuestro presidente muestra por el presidente de verdad, Pedro Sánchez, vaya a redundar en su beneficio: sumarse a esas teorías conspiranoicas del bulo, el fango y los jueces de extrema derecha controlados por Núñez Feijoo, Abascal y, embolica que fa fort, Donald Trump, y hacerlo con tanto entusiasmo se empieza a parecer mucho a lo de pegarse un tiro en el pie. Aunque si es eso lo que se pretende, se va muy bien encaminado.
En el camino hacia la autodestrucción, no hay que desaprovechar ni una oportunidad. Véase lo de la placa que los Mossos d´Esquadra han enviado al domicilio en Tánger de Mohamed Said Badonoui, salafista expulsado de España (concretamente, de Reus) por sus turbias actividades islamistas, que constituían un riesgo para la seguridad del país, según la Audiencia Nacional. Nuestra policía lo felicita por su defensa de los derechos humanos y su contribución al buen rollito entre moros y cristianos.
Evidentemente, cuando se hablaba de librarse del salafista, todo el lazismo se solidarizó con él (ya se sabe que el enemigo de mi enemigo es mi amigo), consiguiendo que el parlamento catalán le diese unas palmaditas en el lomo por ser un buen chico maltratado por la justicia española.
Menos mal que acabo de cumplir 70 años y mi edad provecta me excusa de seguir votando (o eso he decidido), con lo que lograré evitar que el PSC vuelva a timarme por tercera vez.
