Como era de prever, la expulsión de los mercaderes (perdón, los cantaires) del templo de la Sagrada Familia ha traído cierta cola.

El lazismo en pleno se ha rasgado las vestiduras, los digitales del antiguo régimen (que no se quejen, que el nuevo se le parece bastante) han puesto el grito en el cielo y se registra una gran indignación moral entre quienes consideran que boicotear un acto público en presencia del Papa de Roma es lo más normal y democrático del mundo.

Se le han pedido explicaciones el presidente de la Generalitat, pero este, afortunadamente, no ha dado ninguna porque no hay nada que explicar: tú intentas jorobarme el show, yo te lo impido, aquí paz y después gloria y a reclamar, al maestro armero.

A la santa indignación lazi ha venido a sumarse una pandilla de abogados separatistas que atiende por Acció Cassandra, cuya misión, según consta en su web, es la defensa civil de la minoría catalana.

Su mandamás es un tal Lluís Gibert, que alcanzó cierta notoriedad tras el prusés defendiendo a patriotas menores o lo que en mis tiempos universitarios se conocía como La puta base (como todo el mundo sabe, las celebrities de la secesión siempre han recurrido al enemigo para su defensa, haciéndose con los servicios de réprobos como mis amigos Javier Melero y Cristóbal Martell).

Intuyo que el pobre Gisbert no se forró precisamente defendiendo a los pringaos del prusés, de ahí que desde la web de Acció Cassandra se dedique a poner el cazo (perdón, a organizar el crowdfunding) para que el noble pueblo catalán le financie sus aventuras judiciales, siempre en defensa de la minoría nacional, por supuesto.

También pide pasta, a secas, una pasta que va de la aportación puntual a la cuota mensual: tú le das tus monises al señor Gisbert y él lo reinvierte en tu beneficio (o algo parecido).

Ahora, Gisbert y los suyos van a necesitar dinerito fresco, ya que se han metido en una querella criminal contra la Policía Nacional y la Guardia Civil por el trato insensible que les dieron a los simpáticos cantaires que, haciendo uso de su libertad de expresión, pretendían cantar Els segadors ante el Papa y lanzarse luego a berrear la vieja salmodia In, inde, independènci-a.

Según Acció Cassandra, las fuerzas del orden (o de ocupación, según se mire) interrumpieron una actuación prevista y aceptada por la superioridad eclesiástica. O sea, que no boicotearon nada porque los y las coristas solo pretendían influir con su ingenio en una ceremonia un pelín rancia.

¿Para qué insistir en que la actividad pactada de los 600 cantaires no incluía la interpretación del himno regional ni los berridos patrióticos de ritual? El conato de boicot solo aspiraba a aprovechar la cobertura televisiva para que el mundo entero viese que el nacionalismo amansado por el 155 aún goza de cierta buena salud.

De ahí que, con muy buen criterio, se procediera al desalojo de los 600, que, a este paso, acabarán en un poema épico inspirado en La carga de la brigada ligera, de Tennyson (Por el valle de la muerte/ cabalgaban los 600).

Pero el cerebro del lazi, como es bien sabido, funciona a su manera y tiene cierta tendencia a entender las cosas al revés. De ahí que una acción con toda la mala baba posible sea interpretada como una contribución fundamental a la democracia.

De ahí los artículos indignados, las quejas de los políticos indepes y las maniobras de Acció Cassandra, que les van a costar un ojo de la cara a quienes las financien con sus donaciones en defensa de la minoría nacional catalana.

Puede que los catalanes sean una minoría nacional, pero solo en el conjunto de los países de Occidente. Dudo mucho que en Cataluña pueda hablarse de una minoría nacional, por mucho sudamericano, mucho expat y mucho angloparlante negado para los idiomas que se instale entre nosotros. Pero ya se sabe que el victimismo es consustancial al lazismo.

No sé si la querella criminal de Acció Cassandra será admitida por la autoridad judicial competente, pero por intentarlo que no quede: a falta de algo más euforizante, lo importante es chinchar.