Huele a azufre en el cuartel general de ERC en Barcelona. Y el pestazo llega, como no podía ser de otra manera, de Madrid, que es el Gran Satán para cualquier patriota catalán que se precie. El hedor procede, concretamente, de una persona: se llama Gabriel Rufián y es el número uno del partido en el Congreso de los Diputados.

¿Y cuál es el motivo de todas esas narices arrugadas? Pues que Rufi pasa de sus compañeros de escaño, va a su bola, muestra aspiraciones nacionales (o estatales, si eres independentista), no se pliega a las bases ideológicas del partido y hasta ha tenido el cuajo de decir que, si quieren que se presente a las elecciones, tendrá que ser con gente de su confianza y no con esos rancios que no lo dejan evolucionar como político y como persona humana.

Conclusión: en ERC cada día son más los que no lo soportan y quisieran verle desaparecer. Algo que no sucede porque hasta Oriol Junqueras reconoce que Rufi tiene mucho tirón popular, incluso entre los que no son nacionalistas.

En Cataluña siempre se ha valorado mucho la figura del xarnego agraït, es decir, ese sujeto que no ha tenido la suerte de nacer en Cataluña, pero hace todo lo posible para que se le considere uno más de la colla pessigolla. El más célebre de todos ellos, el escritor Paco Candel, fue acogido en su seno por el padre de la patria, Jordi Pujol, que siempre tuvo muy en cuenta sus opiniones, y al que hasta le quedó tiempo para prohijar a otro ilustre converso procedente de la inmigración, el taxista reciclado en empresario radiofónico Justo Molinero.

En sus inicios, el señor Rufián parecía ajustarse a lo que se espera de un xarnego agraït pero, en realidad, lo único que hacía era medrar en el establishment lazi, convenientemente enganchado al gran Joan Tardà, quien, a su vez, lo cubría de elogios (“En Rufián es un tuiteru de la hostia”).

Primero dio la cara por aquella pantomima llamada Súmate, que pretendía congregar a todo el charneguismo agradecido pero, en cuanto pudo, se quitó de encima ese lastre y se puso a hacer política en serio, que es donde se pilla cacho. En ERC le fueron dando carrete, y véase ahora el resultado de esa promoción: el chaval se ha subido a la parra (española).

En el fondo, lo suyo es como cuando Buenafuente pasó de TV3 a la televisión nacional: más público, más popularidad, más dinero. A fin de cuentas, puede que Cataluña sí sea un país, pero un país muy pequeño, y ya se conforma con él Joel Joan. Rufi se incrusta en Madrid como Buenafuente o Marc Giró, por mero y legítimo afán de prosperar. Los de ERC querrían que siguiera defendiendo desde su escaño la Cataluña independiente, pero el chaval está para otras cosas, sobre todo desde que en el resto de España empezaron a abundar los indocumentados que lo ven como el tipo ideal para salvar a la extrema izquierda nacional de sí misma.

Y para Rufi, nunca se trató de luchar por la (aparentemente imposible) libertad del terruño, sino de salir corriendo de Santa Coloma, instalarse en la capital del Reino y seguir medrando. Desde ese punto de vista, es lógico que ERC se le acabara quedando pequeña.

El hombre tiene ambiciones. Hasta él se ha debido dar cuenta de que la izquierda española de los Iglesias y las Belarras es un desastre sideral, y ahí ha visto el hombre lo que viene siendo una ventana de oportunidad. Yo creo que si aún no se ha fugado de ERC es porque todavía no tiene configurada la estructura de su siguiente aventura política y porque, hasta entonces, alguien tiene que abonarle mensualmente su exagerado sueldo de diputado.

ERC solo tiene dos opciones, y las dos dan asco: sustituir a Rufi por un catalán auténtico al que no vote nadie o mantener al de Santa Coloma mientras ve cómo se busca la vida lejos de la casa madre y se españoliza a marchas forzadas. Definitivamente, el charnego agradecido les ha salido más rana que a Esperanza Aguirre sus secuaces.