Pese a las llamadas del prisionero de Waterloo al escrache del Papa a su paso por Barcelona, la respuesta popular no ha estado a la altura de sus expectativas. Es más, no se ha visto ni una bandera estrellada en los actos públicos del Sumo Pontífice en La gran encisera (también conocida como La millor botiga del món): gran proliferación de banderas españolas y vaticanas.

El Papa utilizó el catalán en la tercera parte de sus discursos y aquí paz y después gloria.

Fue muy triste (aunque no más de lo habitual) ver a Míriam Nogueras convertida en groupie monjil de Su Santidad, agarrándole la mano y hablándole en un inglés francamente mejorable (llamándole His Holiness en vez de Your Holiness, como si no estuviese allí, aguantándole la chapa) para pedirle que hablase catalán en Barcelona como acto de amor y respeto a la población que le iba a acoger (amor y respeto que ella se pasa por el arco de triunfo en el Parlamento de Madrid, donde suelta todas sus tabarras en catalán).

Fue muy mezquino lo de tomarla con el arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, por no hablar lo suficiente en catalán en sus alocuciones y hasta por dirigirse al Papa en castellano cuando, según los lazis, León XIV entiende perfectamente el catalán tras unas clases aceleradas para quedar bien con los ceballuts. Inquina extendida al párroco de la iglesia de Sant Agustí por soltar una obviedad como que Cataluña está en España hasta nueva orden.

Parece evidente que el poder de convocatoria de Puchi, sus secuaces y sus terminales mediáticas (la ANC, Òmnium y demás cansinos históricos) deja mucho que desear y que Barcelona ya no es aquel sitio trufado de esteladas en los balcones en el que la población se entretenía tomando aeropuertos, asaltando comisarías o prendiendo fuego a la plaza Urquinaona.

Desde el punto de vista lazi, es comprensible la desolación ante la desmoralización de las masas, que pasaron del Ho tenim a tocar al L'hem tornat a cagar. Realmente, la constancia no es una virtud de nuestros independentistas: cuatro porrazos y un 155 y todos a casa, a rondinar y a insistir en que ens volen anorrear.

El único que ha echado una mano a los lazis ha sido, como suele, Salvador Illa, que insistió en que el Papa hablase catalán, le enjaretó un ejemplar de las Homilies d'Organyà y siguió su costumbre de instaurar la paz social a base de ceder a todas las exigencias de los indepes.

Exigencias, por cierto, que no se aplican a otros ilustres visitantes, como el presidente del Mobile World Congress, John Hoffman, que lleva años viniendo a Barcelona y sigue sin hablar ni una palabra de catalán ni de castellano, o el entrenador del Barça, Hansi Flick, que sigue hablando en inglés e imponiendo el pinganillo en las ruedas de prensa (a mí me da igual, pero creo que a ellos debería escandalizarles, patrióticamente hablando).

El lazismo sigue agarrado al timo de la lengua propia cuando el castellano es la lengua más hablada en Cataluña. Puede que el catalán fuese la lengua propia en la Cataluña del siglo XIII, pero resulta evidente que ya no lo es en el XXI. Estas cosas pasan.

Han pasado en Irlanda, Escocia y Gales, por citar a unos vecinos cercanos. Ha pasado en la (llamada) Catalunya Nord, también conocida como el sur de Francia. Aquí la situación no es tan grave, pero hay catalanoparlantes que se dan por muertos dentro de una generación. Y sí, la solución definitiva para salvar el catalán e imponerlo a todos los niveles es la independencia.

El problema es que la mayoría de los catalanes no estamos por la labor, una evidencia para la que no hacen falta referéndums. Comportarse como si Cataluña fuese un país independiente es absurdo y pueril. Si algún día lo es, ya hablaremos. Pero, de momento, la realidad es la que es y vivir fuera de ella es vivir en el error, por mucho que se le toquen al Papa sus santas narices o que el sueldo de Míriam Nogueras se lo paguemos los españoles.