Tres cracks del autonomismo/independentismo catalán se han reunido y han llegado a la conclusión de que igual se dieron demasiada prisa hace diez años a la hora de enterrar aquella máquina de ganar amigos (por el interés/te quiero Andrés) e influir en la sociedad (y lucrarse por el camino) que fue CDC.

Ciertamente, el poder y la gloria acumulados en su momento por CiU están a años luz de la actual situación de Junts, el partido de Carles Puigdemont, que camina firme y seguro hacia la irrelevancia.

Ante esa evidencia, tres convergentes de pro como Artur Mas, Xavier Trias y Jordi Turull se han sincerado ante los micrófonos de la ACN (no confundir con la ANC, o sí) para preguntarse si no metieron la pata con el rápido entierro de ese partido que lo había sido casi todo en la Cataluña catalana.

Ya sé que la coyuntura se había puesto ligeramente peluda con la confesión del patriarca Pujol y la no del todo verosímil deixa de l´avi Florenci. Y que las implacables medidas de austeridad del Astut habían olido a cuerno quemado.

Pero todo parece indicar que fue peor el remedio que la enfermedad y que faltó cuajo a la hora de matar al padre: fijémonos en el presidente Sánchez y el marrón de su gurú, José Luís Rodríguez Zapatero, que no le mete prisas para convocar elecciones ni suspender de militancia al presunto réprobo: el hombre sigue empeñado en gobernar hasta el 2035 (con posible prórroga para acabar de derrotar al fascismo).

Como ustedes recordarán, el desastre convergente contó con un prólogo bufo a cargo de Josep Antoni Duran i Lleida, quien tuvo la humorada de independizarse de la casa madre y presentarse en solitario a las elecciones, con el resultado catastrófico que todos pudimos ver y que demostró que la fuerza de Unió Democrática era menos que cero (y que las largas estancias de su líder en el Ritz madrileño equivalían a tirar el dinero por el desagüe).

Luego vino el error conceptual de que se podía pasar del autonomismo al independentismo sin que sucediera nada desagradable. Tan siniestra evolución llegó de la mano de un Astut deseoso de disimular sus recortes, y acabó siendo bendecida por Pujol, a ver si así nos olvidábamos de sus trapisondas familiares.

Puede que con Puchi pensaran que la jugada había salido bien, pero luego se pudo comprobar, con los porrazos del referéndum, la fuga de empresas y la aplicación del 155, que la cosa no había acabado precisamente de funcionar.

Ya se sabe que la avaricia rompe el saco. Convergencia fue como un tiro mientras no se salía del redil autonómico y se dedicaba a negociar con PSOE y PP para ver qué les sacaba, mientras hacía como que contribuía a la estabilidad política española.

Cuando los convergentes se hicieron independentistas, pusieron en marcha la cacería estatal, cosa que deberían haber previsto en vez de creerse lo que decía TV3. Del PDeCat, paso intermedio entre Convergencia y Junts, más vale guardar un piadoso silencio.

Ahora, lo que ves es lo que hay: un partido medio desmantelado, dirigido por un iluminado que vive en Flandes y controlado dentro de España por el ínclito Tururull y la rabiosa Miriam Nogueras, en su poco convincente papel de perros de presa. Un partido que tiene problemas hasta para encontrar a alguien que reúna el valor para presentarse a la alcaldía de Barcelona.

Tal como está el patio, realmente, no es de extrañar que el Astut, el doctor Trias y el inefable Tururull se hayan lanzado a meditar en voz alta acerca de si hicieron bien hace diez años cuando decidieron enterrar a su partido de toda la vida.

Total, ya nadie se acuerda de los recortes del Astut, y Pujol ha sido perdonado por sus leales y hasta por la justicia española, que ha tenido el detalle de enviarle a casa tras comprobar que estaba ligeramente gagá.

¿Habrá llegado el momento de la Nova Convergencia? Todo puede ser, dado el estado comatoso del lazismo, pero, como suele decirse, segundas partes nunca fueron buenas (sobre todo, si las primeras ya dejaban mucho que desear).