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Ramón de España y los jugadores del Barça celebrando su 29º título de Liga

Ramón de España y los jugadores del Barça celebrando su 29º título de Liga EFE / Fotomontaje CG

Manicomio catalán

La Liga es el Premio Planeta del fútbol

"Una visión moral del noble deporte del balompié nos obligaría a poner un poco de orden en el actual sindiós: fichar exclusivamente a jugadores locales, poner un límite a sus sueldos, y ni primas, ni hostias (¡a ganar, que es su obligación!)"

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Cada vez son más los que se muestran escandalizados cada año con el ganador del Premio Planeta. Lo que era un secreto a voces (que el galardón se concedía a dedo a alguien que tuviera una acreditada vena comercial), se ha convertido últimamente en algo que todo el mundo sabe. De ahí el rasgado de vestiduras, el llanto y el crujir de dientes por los cientos de escritores que se presentan cada año como si tuviesen alguna oportunidad de ganarlo.

Curiosamente, esta santa indignación, esta divina impaciencia, no se da en el mundo del fútbol, donde cada año gana la Liga nacional el Barça o el Real Madrid. Nadie se rasga las vestiduras por los demás equipos que, en teoría, tienen las mismas oportunidades que los dos elegidos pero que, en la práctica, saben que participan en la Liga para pasar el rato, hacerse la ilusión de que existen y proporcionar a su hinchada lo mejor de su talento, aún sabiendo que su función se limita a hacer de arbusto en los jardines de Laporta y Florentino.

A diferencia del Planeta, aquí el premio no se da a dedo, pero el resultado es el mismo. Solo pueden ganar los clubs que tienen los mejores jugadores. Los mejores jugadores se compran con dinero. El dinero (en grandes cantidades) solo lo tienen el Madrid y el Barcelona. Así, pues, la Liga la gana siempre el uno u el otro. Fin de la historia.

El Barça sólo podría ganar siempre el campeonato si Cataluña alcanzara la independencia. En ese caso, enfrentado al Manlleu, el Tarrasa, el Santa Perpetua de la Mogoda o el Vilamerda de l'Arquebisbe, el club culé arrasaría sin dificultades y ganaría la Liga catalana cada año (si es que conservaba los monises habituales tras descender a Tercera regional, que es la poco práctica consecuencia de salirse de la Liga española).

Se conservarían, eso sí, los torneos internacionales, con lo que el Barça podría seguir odiando al Real Madrid y enfrentarse a él las veces que hiciera falta. Pero eso sería, en la práctica, volver a la casilla número uno y haber emprendido un viaje para el que no hacían falta alforjas (por no hablar de las bofetadas que podría llevarse la selección catalana al enfrentarse a las nacionales de cualquier otro país).

La afición culé ya está celebrando la victoria con los habituales berridos infrahumanos en Canaletes, los bocinazos de los coches, la inevitable rúa que le amargará la vida a cualquiera que intente circular por Barcelona, la histeria triunfal de TV3 y todo lo que cuelgue (Madrid se quema, se quema Madriiiid, Puta Espanya i el que calgui). Y nadie se para a pensar que ha ganado un premio tan amañado como el Planeta, un premio que solo pueden ganar dos equipos españoles porque son los únicos que tienen el parné necesario para adquirir los mejores peloteros (como decía el filósofo holandés Johan Cruyff).

Una visión moral del noble deporte del balompié nos obligaría a poner un poco de orden en el actual sindiós: fichar exclusivamente a jugadores locales, poner un límite a sus sueldos, y ni primas, ni hostias (¡a ganar, que es su obligación!). De este modo, salvaríamos moralmente lo que ahora es un mangoneo de primer orden y, probablemente, nos cargaríamos el fútbol tal y como lo (mal) entendemos en la actualidad.

Evidentemente, dejaría de ser un espectáculo de masas, ya que nadie tendría ganas de ver jugar a una pandilla de pelagatos con dos pies izquierdos y la gente se buscaría otros entretenimientos más vibrantes y espectaculares. Haciéndonos así un favor a los que no soportamos (aquello en que se ha convertido) el fútbol y llevamos toda la vida viendo cómo impregna todos los rincones de nuestra sociedad, que solo parece salir de su letargo cuando oye la palabra gol pronunciada a gritos por algún charlatán de la radio o de la televisión.

Sé que mi iniciativa de moralizar el fútbol nacional para que el campeonato de Liga deje de ser un tocomocho del nivel del premio Planeta tiene pocas posibilidades de prosperar, pero haría de la nuestra una sociedad mejor (que falta le hace). En cuanto a los damnificados, procede recordarles que no se puede hacer una tortilla sin romperle los huevos a alguien.