Les supongo al corriente de la que ha liado Eduardo Mendoza (o le han liado a él) con sus declaraciones sobre la festividad de Sant Jordi y el Día del Libro. Lo de que Sant Jordi era un maltratador de animales que, probablemente, no sabía leer y que más nos valía echarlo de nuestra anual celebración literario-financiera porque no pinta nada en ella.

A mí, dichas declaraciones me parecieron una de esas boutades (siempre con retranca y un fondo de verdad) que tanto gustan a nuestro hombre, pero a la plana mayor (y la menor) del lazismo le han sentado fatal: impera la piel fina en ese colectivo lamentable.

Según nuestros nacionalistas, la figura de Sant Jordi es sagrada, intocable y emblema de la catalanidad. Motivo, supongo, por el que hay que sacarlo a bendecir la literatura (y el negocio que la acompaña).

Para esta gente, lo que ha hecho Mendoza, como buen botifler empeñado en escribir en la lengua equivocada, es intentar cargarse la catalanidad del Día del Libro, cuando lo que defiende el escritor barcelonés, creo yo, es una cierta separación de poderes, es decir, que los santos van por un lado y los libros por otro.

Sostiene Mendoza que, para él, el Día del Libro siempre ha sido el Día del Libro a secas, sin santos que, como añade, ni siquiera son el patrón de los literatos.

Y como los lazis siempre se han creído que San Jorge era catalán (Sant Jordi mata l'aranya), llevan siglos utilizándolo imaginativamente como un héroe local que planta cara al dragón (que es español, como todo el mundo sabe).

Según ellos, el santo es quien distingue a nuestro Día del Libro de todos los días del libro que es fan i desfan, por lo que intentar desalojarlo, como pretende Mendoza, equivale a un nuevo intento españolista de fulminar la catalanidad: ¡Ens volen anorrear!

Si alguien hojea estos días los digitales del Ancien Régime, observará que todos sus columnistas, mostrando una sincronización admirable, se dedican a echar pestes del amigo Eduardo, al que acusan de lo de siempre para disimular el asco y la envidia que les produce la evidencia de que es el narrador barcelonés más conocido en el mundo.

Por eso vuelven a los improperios de rigor: botifler, españolista, falangista, anticatalán, víctima del autoodio…

El mundo de la política también ha reaccionado de la misma manera, con las pullas de Laura Borràs (por cierto, ¿a qué espera esta señora para entrar en prisión?), de su fiel Dalmases, de uno de la CUP y hasta del primario Jordi Graupera, que de vez en cuando emite un tuit para dar la impresión de que él y su partidillo existen.

Como era de prever, también desde el gobiernillo han salido a reivindicar a Sant Jordi como paladín de la catalanidad, perdiendo otra buena oportunidad de callarse (el PSC, siempre sobreactuando: ¡qué bien funciona el síndrome de Estocolmo que les inoculó Pujol!).

Por lo poco que le conozco, yo diría que Eduardo Mendoza, a sus 83 años, ha llegado a la acertada conclusión de que puede decir lo que le salga de eso que tiene encima del bigote.

Le comprendo porque yo, a mis 69, estoy en las mismas. ¿De qué sirve envejecer si no puede uno, basándose en la lucidez alcanzada con los años, expresar lo que piensa, moleste a quien moleste y salga el sol por Antequera?

Y, además, Mendoza, al natural o en sus libros, lleva soltando gansadas toda la vida: por eso es un tipo tan entretenido si lo lees o conversas con él.

Estar pendiente de los inevitables ofendiditos es insoportable a cualquier edad, y más aún cuando has llegado a octogenario.

Y si a mí, que soy un pelacañas, me la traen al pairo mis ofendiditos, calculen ustedes lo que le pueden importar los suyos a un tipo que se ha hecho rico con la literatura y que, si lo abuchean mucho, siempre puede irse a ese apartamento londinense que adquirió con la pasta del premio Planeta y dejar de oír ruidos molestos.

Ande yo caliente, ríase la gente, dice el refrán. Así que ya pueden rebuznar sin tasa los que se consideran catalanes de bien.

¡Otro tuit, Graupera! ¡Un poco más de santa indignación y divina impaciencia, Dalmases! Y usted, señora Borràs, ¡al trullo sin más dilación!