El folletín de los frescos de Sijena no se acaba nunca. La justicia se ha manifestado a favor de su devolución a Aragón, pero en el MNAC (Qui dia passa, any empeny) se hacen los suecos y las pinturas no se mueven de su sitio: nos las prestaron para salvarlas de una catástrofe, pero les cogimos tanto cariño que ahora se nos hace bola a la hora de restituirlas a su legítimo dueño (que aprovecha para sobreactuar ligeramente en su presunto amor al arte, no digo que no).

Las últimas estrellas invitadas a sumarse al culebrón artístico-patriótico han sido cinco exconsejeros de Cultura de la Generalitat, de esos que ven catalanofobia hasta debajo de las piedras: Lluís Puig, Laura Borràs (ambos pendientes de detención, el uno por procesista y la otra por delincuencia común), Angels Ponsa, Joan Manuel Treserras y, last but not least, Ferran Mascarell, el traidor por excelencia del socialismo catalán.

Estos cinco referentes morales de la Cataluña catalana han decidido llevar a juicio a la jueza que se inclinó por la devolución al monasterio aragonés de Sijena de las obras de arte que el MNAC se resiste a entregar. Convenientemente asesorados por el leguleyo procesista Jaume Alonso Cuevillas (Jaime en su juventud universitaria con banderita española en la muñeca), los cinco ex presentaron su demanda el otro día en las Cocheras de Sants (debería haber sido en la UAB pero, según Alonso Cuevillas, ahí les temblaron las piernas).

Resulta curioso (o no) que los cinco exconsejeros pertenezcan todos al soberanismo radical (ahí no se ha colado ni un sociata, o sí, si incluimos al ínclito Mascarell, el hombre que abandonó una reunión de política cultural del PSC porque le acababa de llamar Artur Mas para ofrecerle una sinecura en su negociado).

No pudieron evitar hablar del indudable peligro que corren las obras en su traslado, trayéndose a un erudito de la casa para el que mover las piezas equivale a destruirlas (los especialistas del bando opuesto no lo tienen tan claro, pero eso es porque nos tienen manía), pero el grueso de su discurso versó sobre la catalanofobia que impera en el gobiernillo aragonés.

“¡Quieren acabar con la catalanidad!”, clamó Mascarell, instalado en la sobreactuación patriótica desde que cambió de bando. “¡Sijena es la obra maestra de la catalanofobia!”, remachó Borràs, que también consideró catalanofobia los intentos de la justicia española por enchironarla por sus trapisondas financieras en favor de un amiguete tirando a turbio cuando estaba al frente de la Institució de les Lletres Catalanes. De arte se habló poco, pero de agravios inventados, todo lo que ustedes quieran.

Aquí se han juntado el hambre con las ganas de comer, entre la catalanofobia denunciada por los exconsejeros lazis y la actitud del Gobierno aragonés, hermanadas ambas por el pulso patriótico y carentes de reflexiones serias sobre los peligros a los que se exponen las obras teóricamente amenazadas por un traslado.

Ante esta exhibición de actitudes cerriles, lo más razonable es dejar hablar a la justicia. Y la justicia ya ha hablado y dado vía libre a la mudanza, motivo por el que habría que dejar de poner palos en las ruedas de una decisión que se supone razonada y razonable. Y que se callen los que ven catalanofobia por todas partes y los que ven cesiones a los catalanes, así en general, porque se supone que tienen al presidente del Gobierno cogido por los cataplines.

Si las obras llegan a Aragón en buen estado, el lazismo quedará retratado en su paranoia. Y si llegan hechas fosfatina, quien quedará retratado será el Gobierno aragonés que, incapaz de partir al niño en dos y de dejárselo a quien lleva años cuidándolo, tendrá que dar muchas explicaciones de su insistencia, más seudopatriótica que basada en el respecto al legado artístico de hace siglos.

Lo triste es dejar según qué decisiones a gente cerril que ve ofensas por todas partes. Tal y como son las partes implicadas, menos mal que existe una juez como la que va a ser demandada por cinco cesantes cuyo historial tampoco resulta especialmente interesante para el arte y la cultura.