El rapero ilerdense Pablo Rivadulla, alias Pablo Hasél (el hombre es tan libertario que pone el acento de su seudónimo donde le da la gana, pasándose la gramática por salva sea la parte), lleva cinco años en el trullo y no parece que vaya a abandonarlo en breve.
Es curioso que este pobre infeliz, comunista y fan de Stalin, esté purgando sus memeces en presidio mientras los principales políticos del prusés llevan años sueltos. O igual no es tan curioso: los indultos y amnistías de Sánchez eran en su propio beneficio, y en el rapero no hay nada que rascar; así pues, en la lógica sanchista, que se pudra en la cárcel.
En su momento, al señor Hasél (respetemos su grafía) le cayeron nueve meses por injurias a la monarquía y elogios al terrorismo, pero luego, no se sabe muy bien cómo, fueron apareciendo más acusaciones que aconsejaban alargar su estancia entre rejas, hasta llegar a esos cinco años de reclusión que ahora celebramos y que han movido a unos 200 profesores y catedráticos universitarios de 25 países a reclamar su liberación inmediata. Y, ya puestos, a solicitar que se le conceda el premio Sajarov, que es como darle el Nobel de Literatura a David Uclés, el hombre de la boina.
Hay que reconocerle a Pablito que no lloriquea y que no ha movido un dedo para que lo suelten. Se considera un preso político y, como aconsejaba Pavese, cierra los dientes y sigue adelante, aunque sin moverse de la celda. Hasta ha rechazado el tercer grado, que le permitiría salir al exterior y volver al talego únicamente para dormir. O sea que el muchacho, además de mostrar contumacia en el error, aguanta lo que le echen, como el comunista ejemplar que cree ser.
Recuerdo que, cuando lo encerraron, los procesistas montaron un cirio del carajo de la vela. Pero enseguida se cansaron, pues son muy suyos: un día te montan la batalla de Urquinaona y luego no los vuelves a oír: pintan bastos para la independencia con semejante personal. Y para la liberación del rapero, quien, además, no la pide.
Pablo Rivadulla proviene de una buena familia de Lérida, con un abuelo falangista y un padre que presidió la Unió Esportiva Lleida.
El chaval salió comunista y decidió plasmar sus ideas políticas a través del rap, dedicándose a insultar a diestro y siniestro, a desearle la muerte a políticos y policías y, básicamente, a ciscarse en todo.
Musicalmente irrelevante, lo suyo era un regüeldo permanente contra el capitalismo. Y como era un bocazas, se acabó buscando problemas. Yo siempre lo recuerdo, durante un encierro en el rectorado de la universidad de Lérida, emprendiéndola a sopapos contra un cámara de TV3 que, según él, era un fascista (Pablito ve fascistas por todas partes).
Que el beato Junqueras ande suelto por ahí mientras este merluzo sigue encerrado se me antoja un pelín injusto.
Sí, de hecho, me da lo mismo si sueltan al rapero mañana mismo o si sigue en el trullo por los siglos de los siglos. Simplemente, me sorprende que semejante chisgarabís comunista (al que su querido Padrecito habría tratado peor que el perverso Estado español) esté en prisión mientras casi todos los responsables de un golpe de Estado separatista no solo están en libertad, sino que ayudan al actual Gobierno a retrasar su inevitable desmoronamiento.
Me parece innecesario cebarse con un tonto de capirote como el señor Rivadulla aunque, eso sí, no pienso sumarme a ninguna iniciativa encaminada a lograr su liberación: en la más reciente figura el siniestro Agustí Colomines y yo no uno mi firma a la suya ni que me maten.
La actitud del rapero me parece de lo más coherente con su, digamos, carrera. Aunque casos como el suyo me lleven a pensar que, a veces, la coherencia está sobrevalorada.
