Los intentos de Gabriel Rufián por unir a toda la izquierda española situada a la izquierda del PSOE no están teniendo mucho éxito.

El PNV (aunque no sea de izquierdas, pero también se admite a los separatistas en esta iniciativa), Bildu y la CUP ya le han dicho que, con ellos, ellas y elles no cuente, que van a su bola, se la suda España y piensan seguir trabajando por el esplendor de Euskal Herria y la Cataluña catalana.

En su propio partido, ERC, la rufianada ha sentado como un tiro y hasta le amenazan con echarle del partido si sigue adelante con sus delirios hispánicos. Solo en Sumar y Podemos le escuchan un poco, para ver si hay forma humana de salir de su triste y depauperada condición.

¿Y cómo ha reaccionado nuestro Rufi ante tanto desinterés, cuando no clara hostilidad? Pues como una folclórica, asegurando que carece de apoyos políticos, pero va sobrado de popularidad. Esto lo podría haber dicho Belén Esteban, la princesa del pueblo, cuando se rumoreó que pensaba meterse en política (no lo hizo, aunque las encuestas no la dejaban en mal lugar, prueba evidente de la desesperación de los españoles y del cretinismo severo de los espectadores de Telecinco).

¿Es Gabriel Rufián el príncipe del pueblo, ahora que Belén Esteban anda medio desaparecida? En principio, la idea de unir a toda la izquierda a la izquierda del PSOE podría ser razonable, aunque en otras circunstancias.

Si esa izquierda fuese mínimamente fiable, se podría intentar la rufianada (y si el propio Rufián fuera ese caudillo providencial que algunos indocumentados de Madrid creen que es desde que dejó de montar numeritos en el Congreso y adoptó esa actitud de fino estadista que se gasta ahora).

El problema es que Rufián es un gañán de Santa Coloma consagrado a la tarea de medrar y progresar adecuadamente y que la extrema izquierda española es una patulea infame de la que casi nadie se fía.

En cierta manera, el señor Rufián resulta ser un personaje fascinante en ese mundo de medio pelo que es la política española. A mí me recuerda al Bel Ami de Maupassant en versión cutre. Condenado a una vida servil y aburrida en su pueblo, fue salvado por el gran Joan Tardà (“Rufián es un tuitero de la hostia”, sentenció el político jabalí), quien vio en él a su charnego de oro, a alguien ideal para representar al independentismo sin saber expresarse muy bien en catalán.

Instalado en Madrid, de donde no se le arranca ni con chorros de agua hirviente, nuestro Rufi se ha ido olvidando de esa tontería juvenil de la independencia del terruño hasta convertirse en un político español más. Sigue contando con el apoyo de Tardà, pero en ERC ya le han visto el plumero y no les ha gustado.

El hombre concibe la vida como una escalera en la que siempre hay un siguiente peldaño. De ahí la idea peregrina de convertirse en el líder del amasijo progresista-separatista. Ya no le basta con representar en Madrid los intereses de ese partido en el que le van a dar de baja si sigue adelante con sus bolivarianos planes.

Como el gran visir Iznogud, Rufi quiere ser califa en el lugar del califa (tal vez porque ha visto cómo los califas de la extrema izquierda eran una pandilla de fistros duodenales, que diría Chiquito de la Calzada).

Viendo el panorama, Rufián se dijo: “Esta es la mía”. Y persiste en ello, pese a que cada día lo envía al carajo alguno de los partidos abordados. No, Rufi carece de apoyos políticos, pero la nación le quiere, pues para eso es el nuevo príncipe del pueblo. El plan sonaba bien: convertirse en presidente de la república (tras enviar a los borbones al exilio) y aprender de los mejores (Castro, Chaves, Maduro) para eternizarse en el poder.

Lamentablemente (o afortunadamente, según se mire) el plan no tira adelante. O el pueblo se moviliza o va a seguir chupando escaño en el congreso hasta que las ranas críen pelo. Que tampoco está nada mal, viniendo de donde viene.