Las protestas del sábado pasado por el estado lamentable de nuestros trenes de cercanías se saldaron con un fracaso absoluto. O dos, si no queremos mezclar a los independentistas convocados por la ANC y el Consell de la República con los sufridos usuarios que se manifestaban por su cuenta (los primeros por la mañana, los segundos por la tarde).

Ganaron (es un decir) los indepes, con 8.000 manifestantes (un éxito, según el inefable Partal y demás optimistas vocacionales), contra los 3.000 de la tarde. Unas cifras ridículas, teniendo en cuenta la magnitud de la tragedia, pero todos los organizadores han encontrado motivos para sus desgracias.

Según Lluís Llach, la culpa del (relativo, para él) fracaso de su manifa fue la malvada contraprogramación de los usuarios de Renfe. Para estos, el desastre se debió, una vez más, a los malditos trenes, que hicieron llegar tarde a los asistentes o, directamente, los disuadieron de manifestar su asco por las calles de Barcelona.

¿Es normal que un sindiós ferroviario que amarga la vida a miles de personas solo atraiga, en total, a 11.000 a la hora de quejarse? Me temo que sí. Me temo que ha corrido la voz de que las manifestaciones ya no sirven para nada, si es que alguna vez lo hicieron.

Los lazis están aburridos de manifestarse, y hasta los más proactivos durante el prusés, viendo cómo acabó todo (a necesarios porrazos), han perdido la fe en lo de que el pueblo (catalán) unido jamás será vencido, mientras guardan un profundo rencor a los políticos que los enredaron.

Los usuarios, por su parte, creo que han optado por el fatalismo, que es una actitud muy comprensible ante todo lo relacionado con Renfe, que siempre ha funcionado a su manera (los trenes ya iban como iban cuando yo era pequeño y el convoy a Canet se paralizaba porque había caído la catenaria, que en los años 60 lo explicaba todo, aunque yo no tuviese ni la menor idea de lo que era una catenaria).

El independentismo no vive su mejor momento, precisamente. Convocar a las masas es mucho más difícil ahora que cuando el prusés, un período en el que apenas costaba nada convencer a la turba indepe de que Cataluña tenía que seguir el ejemplo de Kosovo, esa nación hermana que casi nadie sabía situar en el mapa.

El lazi medio parece haber comprendido que las causas imposibles conducen irremediablemente a la melancolía y, además, ya no se fía de la ANC, del Consell de la República (que no se sabe para lo que sirve, pero se intuye: para nada) y, sobre todo, de Lluís Llach, de cuyos berridos reivindicativos está hasta el colodrillo.

El usuario de Renfe, por su parte, ha llegado a la conclusión de que una maldición cayó hace muchos años sobre nuestros trenes y no hay manera humana de deshacerla. Y que manifestarse en su contra es una manera como cualquier otra de perder el tiempo.

¿Reaccionaría el Gobierno (y el Govern) ante una manifestación de 300.000 usuarios airados? No lo tengo muy claro. Probablemente, solo subiría un poco el volumen y la intensidad de las disculpas y de las promesas de que, en un futuro indeterminado, todo funcionaría a la perfección.

Me temo que el problema de fondo de esta situación consiste en que el ciudadano medio, lazi o no, ha asumido su propia irrelevancia ante los problemas del país (España o Cataluña, lo que ustedes prefieran), ha considerado que no puede hacer nada para arreglarlos y se esfuerza por vivir su vida lo más desconectado posible de los centros de decisión.

Eso se nota también en las elecciones municipales, autonómicas y generales, donde cada vez hay más gente que no hace uso de su derecho al voto por la sencilla razón de que todos los que se presentan son considerados igualmente lamentables.

No pintamos nada y los que se encargan de que las cosas funcionen son una pandilla de ineptos, cuando no de corruptos. A las manifestaciones ya solo acuden los seudo justicieros más recalcitrantes, lo cual no es que me parezca bien, sino que, me temo, es lo que hay.