Lo bueno de la independencia, si crees en ella, es que te ayuda a encontrar soluciones para todo.
¿Que los trenes funcionan de pena? Eso es porque dependen de la administración colonial y funcionarían mucho mejor en una Cataluña independiente (no se contempla la posibilidad de que se replique la chapuza, aunque en este caso no haya hecho diferencial que valga).
La independencia es la panacea que todo lo arregla y todo pone en su sitio. Por eso, si hay que protestar por el sindiós del servicio (¿qué servicio?) de Rodalies, es obligado hacerlo bajo el paraguas del independentismo.
No basta con reunir a una turba de ciudadanos cabreados porque no hay manera de llegar al trabajo: la exigencia de arreglos debe ir acompañada de la reivindicación soberanista.
Eso es, al menos, lo que creen los responsables (¿responsables?) de la ANC y el Consell de la República, que han organizado una manifestación para el próximo día 7 de febrero y se lamentan (se les contraprograma, denuncian) de que ese mismo día se anuncie otra manifa de las asociaciones de (sufridos) usuarios de Renfe.
Para los indepes, no basta con quejarse de las chapuzas ferroviarias, sino que esa queja debe ir acompañada de reivindicaciones soberanistas.
No entienden, pues, que una situación desastrosa no obligue a la gente a cambiar de nacionalidad. Con lo fácil que es de comprender: como los trenes no pitan, dejo de ser español y catalán, me hago exclusivamente catalán y exijo la independencia del terruño.
¿Cómo es posible que haya gente que se resiste a hacerse independentista cuando los trenes van como van (o no van)?
Algunos columnistas de los digitales del ancien regime acaban de caerse del guindo (pueden encontrarse sus artículos en Vilaweb y El Nacional) y nos comunican sus epifanías: el personal de adscripción española lo es por motivos sentimentales y es prácticamente imposible conseguir que se bajen del burro.
Por incomprensible que parezca, esa es la realidad que acaban de descubrir los agudos columnistas del lazismo. Es un primer paso en la dirección correcta, y puede que pronto lleguen a la conclusión de que los unionistas (como les llaman) también son seres humanos.
Aún se registra cierta incredulidad, dado que las cuestiones sentimentales son competencia exclusiva de los indepes, pero se empieza a reconocer que sentimentales, y hasta inasequibles al desaliento, lo somos todos.
Si la ANC y el Consell de la República se lamentan de que haya manifestantes que no quieren formar parte de sus tropas es porque aspiran a controlar todo lo que se mueve en Cataluña y les sienta mal que haya protestas estrictamente sociales que se resisten a su bendición.
De la misma manera que, si se estropea la nevera, no es obligatorio hacerse independentista, si los trenes no funcionan, tampoco lo es. Basta con protestar ruidosamente, exigir dimisiones y reivindicar el derecho a llegar al trabajo a la hora, aunque uno no viva en la gran ciudad.
No todo el mundo llega a la conclusión de que hay que ser independientes para que los trenes funcionen. Y eso es lo que se niegan a aceptar la ANC y el Consell de la República, para los que la independencia es la solución a absolutamente todo. De ahí que la manifestación de los usuarios de Renfe, principales víctimas del sindiós ferroviario, se contemple casi como una muestra de intrusismo profesional.
Que protesten, sí, pero acogidos y organizados por la ANC y el Consell de la República.
Tal vez los líderes de tan benéficas instituciones deberían seguir el ejemplo de esos columnistas que, ¡por fin!, descubren que los sentimientos de pertenencia no son exclusivos de los que piensan como ellos y no entran en crisis por una mala gestión gubernativa, pese a los deseos de Lluís Llach: los trenes van (o no van) por un lado y la independencia (o no independencia) va por otro.
