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La escritora Rosalía de Castro

Rosalía de Castro, la melancolía gallega

Su visión del mundo está cargada del sentimiento de soledad, por el dolor de las desgracias sufridas y por la melancolía que la convierte en la emoción de género

03.02.2019 00:00 h.
8 min

Nació en Camino Novo, arrabal de Santiago de Compostela en febrero de 1837, era hija de Teresa de Castro y del sacerdote José Martínez Viojo. La madre, una hidalga soltera muy pobre, bautizó como hija de padres desconocidos. Se libró de entrar en la inclusa porque se hizo cargo de ella su madrina, María Francisca Martínez, y hasta cumplir los ocho años, Rosalía estuvo bajo la protección de su tía paterna Teresa Martínez Viojo que se trasladó a Padrón y de allí a Santiago. Hasta que no se olvidaron los rumores, su madre y la familia materna no se hicieron cargo de su hija.

Ella fue una niña enfermiza que recibió las primeras lecciones de música y dibujo en la Sociedad Económica de Amigos del País aunque, en cualquier caso, fue autodidacta. Debutó a los quince años como actriz en el Liceo de la Juventud de Santiago en una obra teatral de Gil y Zárate, titulada Rosamunda. En 1856, se trasladó a Madrid instalándose en casa de una amiga de su madre, Carmen Lugín de Castro, y fue en ese tiempo cuando conoce a Manuel Murguía, brillante periodista que tuvo un papel significado en el Rexurdimiento cultural gallego, un tipo acomplejado por su físico (extremadamente pequeño) y con un carácter irascible aparte de profundo antisemita. Ella publicó un folleto de poesías en castellano con el título de La Flor, que él reseñó entusiásticamente en La Iberia.

En octubre de 1858 se casaron, ella con 21 años y él con 25. La pareja vivó itinerante con inquietudes económicas por la inestabilidad del marido. La revolución de 1868 promovió a Murguía a la condición de director del Archivo de Simancas, cargo que ejerció durante dos años, con muchos problemas con los funcionarios del archivo. La relación personal del matrimonio fue muy variable, aunque tuvieron seis hijos. Ella nunca disipó su carácter melancólico y su escepticismo ante el amor, mientras él estimuló mucho la capacidad literaria de Rosalía.

En 1859 ella publicó su primera obra narrativa, La hija del mar, una novela romántica que le dedicó a Murguía: "A ti, que eres la persona que más amo te dedico este libro, cariñoso recuerdo de algunos días de felicidad, que, como yo, querrás recordar siempre". No fue hasta 1862, cuando su madre poco antes de morir le confesó quién era su padre. Un año después, ella escribiría una colección de poemas en castellano con el título de A mi madre, el libro de poemas en gallego Cantares galegos y la novela El caballero de las botas azules, y en 1869 se produjo el encuentro de Rosalía con Gustavo Adolfo Bécquer. Desde 1871 ya no salió de Galicia, su marido había sido nombrado director del Archivo de Galicia y, posteriormente, director de la Biblioteca Universitaria de Santiago. Son años profesionalmente estables aunque con desgarros familiares. Su hijo menor, Adriano, murió en 1876 por una caída, tema que poetizó en la obra En las orillas del sur. Su última hija, Valentina, nació muerta.

Su obra dará un giro desde 1880 hacia una proyección social y solidaria hacia las mujeres. Publicó entonces Follas novas, en cuyo prólogo escribe: "Lo que siempre me conmovió fue las innumerables cuitas de nuestras mujeres, amorosas criaturas con propios y extraños, llenas de sentimiento tan esforzadas de cuerpo como blandas de corazón y también tan desdichadas que se dijeran nacidas sólo para soportar cuantas fatigas puedan afligir a la parte más débil y sencilla de la humanidad”. En El Imparcial, en 1881, publicó un largo artículo que contenía algunas críticas a tradiciones gallegas de perfil machista, lo que le generó alguna respuesta impertinente que ella respondió con dignidad: "Yo por mi parte, añadiré que soy vieja para recibir lecciones de un maestro de escuela y por lo tanto que me atengo a lo que mi decencia me dicta, que en esto es el mejor juez que puede hablar". En ese mismo año vuelve al intimismo en Las orillas del sur, obra escrita en castellano. Su visión del mundo está cargada del sentimiento de soledad, por el dolor de las desgracias sufridas y por la melancolía que la convierte en la emoción de género, partiendo del principio de que la mujer es un ser sufriente que sólo encuentra el sentido y la justificación de la vida en la tristeza. En sus últimos años decidió que no escribiría más en gallego.

Murió el 15 de julio de 1885 de un cáncer de útero, tras decir a su hija "abre la ventana, que quiero ver el mar". Su marido no murió hasta 1923. El reconocimiento literario de Rosalía no llegaría hasta la Generación del 98 a través sobre todo de Azorín y Unamuno. Valle-Inclán, en cambio, vertió contra ella todo tipo de denuestos. Su vertiente de escritora en gallego ha sido premiada por el nacionalismo gallego que celebra el Día de las Letras Galegas, el 17 de mayo de cada año rememorando la publicación de la obra Cantares galegos.

El galleguismo de Rosalía se invistió más allá de la lengua de una cierta conciencia feminista teñida de preocupación social que reflejó sobre todo en Follas novas: "¡Se sufre tanto en esta tierra gallega! La inmigración y el rey constantemente les arrebatan el amante, el hermano, el marido, sostén de una familia casi siempre numerosa, y así, abandonadas, llorando su desamparo. Pasan la amarga vida entre las incertidumbres de la esperanza, la negrura de la soledad y las angustias de una perenne miseria. Y lo más desconsolador para ellas es que todos sus hombres se van yendo, unos porque se los arrebatan, y otras porque el ejemplo, las necesidad o a veces una codicia, aunque disculpable, ciega, les hacen abandonar el lar querido de aquella a la que aman su esposa, madre ya, y sus numerosos hijos, tan pequeños, que aun no aciertan a adivinar, desdichados, la orfandad a la que los condenan".

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