Emilia Pardo Bazán: las buenas emociones

Atrevida y mordaz en sus juicios, amante de las polémicas, feminista, apasionada y radicalmente antisentimental, la escritora gallega fue una españolista militante y una europeísta convencida

La escritora Emilia Pardo Bazán / CG
20.01.2019 00:00 h.
7 min

Emilia Pardo Bazán (1851-1921) desconfiaba de la identificación natural entre las mujeres y las emociones. Sabía bien que, en su época, la educación sentimental de las mujeres atribuía a la emoción una cualidad especialmente femenina que estaba, la mayor parte de las veces, al servicio de la subordinación de las vidas de las mujeres a las vidas de los hombres.

Fue autora de novelas canónicas de la literatura española del siglo XIX como Los pazos de Ulloa (1886) o La madre naturaleza (1887) y se situó en el centro del cambio de registro novelístico de su época, con una crítica muy combativa del romanticismo y, sobre todo, del sentimentalismo. Fue periodista, crítica e historiadora de la literatura, dramaturga, prolífica y cuentista excepcional; empresaria editorial con una revista y una editorial (Nuevo Teatro Crítico y La Biblioteca de la Mujer, 1890) pioneras en la difusión en España de la literatura rusa y de los debates franceses y británicos sobre el feminismo, un término que utilizó sin complejos a lo largo de su vida.

Atrevida y mordaz en sus juicios, amante de las polémicas, apasionada y radicalmente antisentimental. Católica y feminista, españolista militante y europeísta convencida, carlista, regeneracionista, antiliberal e iconoclasta. Emilia Pardo Bazán acumuló paradojas en una obra y en una vida que compitieron --al menos durante unos años cruciales-- en ver cuál era más arriesgada y transgresora de los parámetros establecidos respecto a cómo debía ser una escritora (y una mujer) respetable.

De naturaleza expansiva, nunca quiso enclaustrarse ni cultivar una actitud puritana y esquiva ante el mundo como hicieron otras mujeres escritoras de su entorno, temerosas de las implicaciones morales negativas que todavía rodeaban el término de mujer pública. Supo ver desde muy pronto la trampa sexista que suponía para una mujer comprar fama de rigurosa y seria, de respetable, a cambio de cumplir rigurosamente las reglas sociales del retiro doméstico, la modestia y la falta de ambición. A cambio, ella disfrutaba con la vida social, le gustaba cuidar su vestimenta siempre un poco flamboyante y nunca ocultó que ambicionaba la gloria literaria, que estaba llena de ambiciones. El resultado fue que durante años la persiguió la fama de prepotente y ególatra. Ella lo sabía bien: "Porque no hago pujitos y alardes de falsa modestia, se me ha formado una leyenda de infatuación y exagerado amor propio [...] que de Nabucodonsor acá no ha nacido persona más arrogante". Por todo ello quizás, y por la prístina falta de sentimentalismo de su obra, a Pardo Bazán se le atribuyó un “talento macho”, una “actitud varonil; “escribe a lo hombre [...] produce como un hombre”, escribió Clarín.

En su obra, los estereotipos sentimentales y emocionales del ángel doméstico de la cultura liberal y burguesa saltan una y otra vez por los aires. Cumplir ese ideal llevaba a su juicio a las mujeres al pasivo papel de víctimas, como es el caso de Nucha, en Los pazos de Ulloa. Más interesante es aún el hecho de que el rechazo y la transgresión de ese papel, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría de las novelas de su época, no se paga siempre en las suyas con la tragedia o la muerte. El destino de Asís de Taboada o de Feíta Neira (en Insolación y Memorias de un solterón, respectivamente) tiene muy poco que ver con el de la Tristana de Galdós, por ejemplo. A juzgar por las cartas que envió a este último, durante la apasionada historia de amor que construyeron juntos, fue capaz también de cuestionar el régimen sentimental que la mayor parte de los autores masculinos (incluido en muchas ocasiones el propio Galdós) prescribían para sus protagonistas femeninas. Amó mucho pero se resistió siempre a que sus sentimientos, y sus deseos, constituyesen un yugo y una fuente de vulnerabilidad, de pérdida o sometimiento del yo. También en ese terreno tan íntimo intentó cultivar “las buenas emociones”, aquellas que sólo pueden producirse entre individuos independientes e iguales. Cuando perdió batallas en ese terreno, creyó que valía tanto la lucha como el triunfo. Por eso, fue también muy amada.

No aceptó nunca el estereotipo romántico de la escritora solitaria, sacrificial, condenada a la soledad y al desamor, confinada con su pluma y su tristeza. Conocía la melancolía y el desánimo pero --al menos en público-- se negó a que devorasen su imagen. No fue la letraherida ni cultivó (aunque se la adjudicaron en numerosas ocasiones) la imagen de la arrojada amazona de las letras, fatalmente ridiculizable. Se tomó con humor y elegante distanciamiento los rumores, los chistes y caricaturas que abundaron sobre ella. Esta forma de proyectarse en sociedad, de definir abierta y gozosamente su personaje como mujer célebre, es a mi juicio una de las características más transgresoras de Emilia Pardo Bazán. Lo que la hace hoy especialmente interesante para la historia de las mujeres y de las emociones.

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