Andrea Rodés y un cementerio
El arte de morir
"Quizás me vieron desde arriba, quizás a la salida de un túnel, quizás sintieron ese amor infinito. Quizás no sintieron nada. ¿Me lo contarán cuando me toque a mí?"
Hace un par de semanas organizaron en mi aburrido pueblo del Maresme una conferencia sobre experiencias cercanas a la muerte (ECM) a cargo de la doctora Maria Àngels de Miquel, neurorradióloga del Hospital de Bellvitge durante muchos años.
El tema no me interesaba demasiado, pero decidí asistir, con la esperanza de que igual podría entender qué sintieron los dos seres queridos que el destino quiso que yo estuviera a su lado cuando fallecieron: mi abuelo y mi tía I.
Mi abuelo murió una soleada mañana de febrero en su cama de siempre, con 98 años. Se acostó después de cenar como un señor y ya no despertó: se quedó inconsciente, sedado con morfina, sin saber que dos de sus hijas y una nieta estábamos a su lado. Le escuchaba respirar y le acaricié la mano. Recuerdo entonces que salí un momento de la habitación, abrí su armario y curioseé con nostalgia entre sus jerséis de lana. En ese momento, escuché una exhalación más fuerte y después silencio. Mi abuelo había tenido la gentileza de morir cuando yo no estaba delante.
Con mi tía ocurrió algo parecido, pero en una habitación de la unidad de paliativos. Completamente sedada, su marido y yo la mirábamos, sin decir nada. Le acaricié la mano. Podía morir en cualquier momento, nos dijeron. Decidí entonces salir al pasillo para llamar por teléfono a los demás familiares y explicar la situación. En ese momento, mi tía falleció. La misma elegancia de mi abuelo (su padre), pensé. Ha querido que no estuviera delante cuando dejara este mundo, o quizás quería hacerlo en la única compañía de su marido.
“Muchos de mis pacientes me explicaban las ECM como un túnel con una luz al final, y que allí te viene a buscar alguien”, explicó la doctora De Miquel durante la conferencia. Su interés por estas experiencias la llevó a investigar los testimonios de pacientes que habían sufrido una parada cardíaca y habían conseguido recuperarse. Al preguntarles si recordaban algo de aquellos minutos en los que habían estado al borde de la muerte, aproximadamente un 10 % aseguraba que sí.
Aunque cada experiencia era distinta, muchos relatos compartían elementos: la sensación de abandonar el propio cuerpo, atravesar un túnel, encontrarse con familiares fallecidos o experimentar una paz y un amor difíciles de describir. Para estudiar estas coincidencias, los investigadores utilizan la llamada escala de Greyson, un cuestionario que permite identificar y valorar las características de las ECM.
“Lo explican tan desde el corazón que es difícil no creer”, aseguró De Miquel. La doctora también habló de las dificultades para determinar qué ocurre exactamente en el cerebro durante una parada cardíaca. Una cosa es que el corazón deje de latir y otra que pueda establecerse el momento en que cesa toda actividad cerebral. Además, en muchos casos, las paradas cardíacas ocurren fuera del hospital, lo que dificulta obtener registros de esos instantes.
¿Podrían ser alucinaciones o sueños provocados por la falta de oxígeno? Es una de las explicaciones que los investigadores barajan, aunque quienes han vivido una ECM suelen rechazarla. Para ellos, lo que experimentaron fue tan real, o incluso más, que cualquier otro recuerdo de su vida. La ciencia todavía no ha podido establecer con certeza cómo se originan todas estas experiencias, ni mucho menos demostrar que exista conciencia después de la muerte.
Lo que sí parece claro es que muchas personas regresan profundamente transformadas. Algunos estudios, como el que describió De Miquel durante la conferencia, realizan un seguimiento de los pacientes años después para comprobar si aquellas vivencias han influido en su manera de entender la vida. Muchos aseguran que han perdido el miedo a morir, que dan menos importancia a las preocupaciones materiales y que sienten una mayor conexión con los demás.
Es el caso de Laura —un nombre ficticio para preservar su anonimato—, que relató su experiencia en una entrevista del programa Viure bé, de Betevé, en la que también participó la doctora De Miquel. Laura era adolescente cuando estuvo a punto de morir ahogada en el mar. Recuerda haber pasado del pánico más profundo a una sensación de paz absoluta y de conexión infinita con el universo. Su identidad desapareció, dejó de sentirse una persona individual y experimentó lo que describe como un amor puro que lo conectaba todo. Era, según sus palabras, como volver a casa.
Cuando consiguieron rescatarla, por extraño que suene, Laura sintió rechazo. “Quan vaig tornar al cos, va ser tan trist… No hi volia tornar”, explicó. Desde entonces, asegura que nunca se siente sola, porque conserva aquella sensación de pertenecer a una conciencia colectiva. La experiencia marcó un antes y un después en su vida y la llevó a replantearse sus prioridades.
La doctora De Miquel considera que testimonios como el de Laura merecen ser escuchados y estudiados sin prejuicios. “Cada vez hay más médicos que aceptan que aquí pasa algo más que lo que podemos medir”, afirmó en la misma entrevista. No obstante, muchas personas que han vivido una ECM prefieren guardar silencio por miedo a que las tomen por fantasiosas o a que sus relatos perjudiquen su credibilidad personal y profesional. Laura decidió mantener el anonimato por ese motivo.
No sé qué pensar sobre las ECM, pero me resulta reconfortante saber que, para quienes las cuentan, acercarse a la muerte parece mucho más placentero de lo que imaginaba. Mi abuelo y mi tía no volvieron a la vida para contarlo, pero confío en que, mientras se iban, tuvieran una sensación tan bonita como la de Laura. Quizás me vieron desde arriba, quizás a la salida de un túnel, quizás sintieron ese amor infinito. Quizás no sintieron nada. ¿Me lo contarán cuando me toque a mí? Quizás.