Para mañana, sábado, está convocada otra oleada de saqueos, gamberrismo, destrucción de mobiliario urbano e incendios de contenedores y bicicletas en Barcelona.

La diferencia con la del pasado 24 de octubre es que, esta vez, la policía está advertida y es probable que pueda y sepa desarticularla antes de que los “chicos” cometan demasiadas tropelías. Esperamos con curiosidad a ver qué pasará.

De momento, lo que está claro es que hay entre nosotros cientos o miles de menores de edad con una pulsión destructora y saqueadora, que no sienten respeto alguno por la sociedad —no digamos ya por la propiedad privada que, nos guste o no, es una de sus más sólidas bases— y que se sienten moralmente autorizados para practicar el nihilismo a la brava.

Éste es un fenómeno no expresamente barcelonés, como hemos visto en varias ciudades de Francia e Italia y en Valencia. Pero Barcelona quizá sea la ciudad ideal para practicar esta clase de turbulencias, pues es la ciudad de donde se ha evaporado el principio de la autoridad y el temor a la amenaza del castigo.

Gamberros, criminales, ladrones, rateros y okupas actúan a su aire, sabiendo que gozan de casi total impunidad. Se detiene al quinqui con las manos en la masa, entran en comisaría y al cabo de unas horas vuelve a estar en la calle.

Algunos, como se ha publicado ya, y como de vez en cuando denuncia, cargado de razones, el alcalde de Badalona, Xavier García-Albiol, siguen ese proceso (delito-comisaría-vuelta a la calle-nuevo delito) docenas, y hasta cientos de veces.

Para los agentes de la Policía, de los Mossos, de la Guardia Urbana, debe de ser exasperante ver hoy caminando tranquilamente por la calle, buscando una nueva víctima, acechando a algún turista distraído para arrancarle el peluco, al tironero al que ayer detuvo. Cabe temer que con tanta tolerancia estamos incurriendo en el ridículo.

Esta asombrosa tolerancia con el delito cabe suponer que es herencia del franquismo: el régimen del dictador era tan severo y represor que todo lo que huela a represión le parece, a muchos, discutible.

Yo he visto en el casco antiguo a un policía de paisano tratando de inmovilizar en el suelo a un tironero, que se le resistía y gemía: “¡Me detiene porque soy moro!”. Al lado, sobre la calzada, yacía el bolso que acababa de robar. El poli gritaba a los transeúntes: “¡Soy policía, ayúdenme!”. Un ciudadano se acercó, se inclinó sobre la escena frunciendo la nariz y el ceño, y le dijo: “Primero, enséñeme la placa”.

“¡Coño, ya se la enseño luego, cuando le haya puesto a éste las esposas!”.

Estamos en una ciudad en la que medio centenar de jubilados cortan el tráfico por la gran arteria de entrada a la ciudad, que es la Meridiana, noche tras noche, desde el 14 de octubre de 2019 hasta el 11 de febrero del 2022, haciendo perder a los automovilistas cientos de miles de horas de trabajo o de descanso, sin que los carcamales fueran identificados, ni mucho menos llevados a la comisaría o a la cárcel, que es donde deberían haber ingresado por una temporadita, en compañía de los organizadores (“Meridiana Resisteix” y la dirección de la ANC).

Estamos en una ciudad donde se puede asestar tranquilamente un golpe de Estado, porque ya vendrá luego el Gobierno central a indultar y luego a amnistiar a los golpistas. Uno de los cuales ahora preside el Parlamento regional.

Estamos en un país donde si tienes 17 años puedes hacer lo que te plazca, violar o matar, pues estás considerado “menor” de edad e irresponsable, y lo peor que te puede pasar es una temporadita en un correccional.

La policía franquista era detestada, pero a nadie (o a casi nadie) se le ocurría enfrentarse a ella, se le tenía un respeto. Cuando aparecía la temida “Brigada de Valladolid”, que se distinguía por un pañuelo amarillo al cuello, todos los manifestantes salían corriendo como gamos. Ahora, una turba intenta asaltar la comisaría de la Vía Layetana y no pasa nada, pelillos a la mar, quién no ha sido joven.

Ahora el temor lo tiene el poli, que si le atiza un porrazo a un energúmeno encapuchado que le estaba apedreando es llevado a juicio. Se analiza cuidadosamente si el porrazo fue demasiado enérgico, si al pobre malhechor le hizo pupa.

Es todo demasiado tonto.