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Fátima Vila ante los disturbios de Barcelona

Fátima Vila ante los disturbios de Barcelona

Pensamiento

Redes para cambiar el mundo, o para que el mundo arda

"El estallido de los desarraigados, a golpe de Bitchat, la aplicación creada por el inquietante Jack Dorsey que ya no necesita ni internet móvil, prende desde Francia al resto de Europa desestabilizando las sociedades, alentando las porras y nublando las cabezas"

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En 2011, un autor norteamericano llamado Eli Pariser advertía de que podían pasar cosas muy feas si nadie se tomaba en serio cómo funcionaban las redes sociales.

Lo hacía en El filtro burbuja: Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos, un libro de cabecera que recomiendo a mis alumnos de máster –y hasta de grado en ADE– porque considero que no es tolerable que un ciudadano con el privilegio de la educación superior no entienda cómo funciona el mundo en el que vive, en el que produce riqueza, en el que pretende criar a sus futuros hijos. O a sus futuros perros, que el poscapitalismo da pie a muchos tipos de familia.

En mis clases de Márketing hablamos mucho de Kotler y de Porter, pero también de desinformación. Y hablamos de Historia, y del origen de la imprenta, y de las guerras europeas de religión. ¿Y por qué? Porque no es la primera vez en el devenir de la humanidad que una tecnología de la comunicación –hoy todo un medio de producción– transforma la manera de pensar, de creer y de estar en el mundo.

Y porque resulta cuando menos incomprensible que en la universidad, este templo del saber, en la sociedad con mayor acceso a la información, un estudiante no sea capaz de tener visión crítica y perimetral, de largo y corto alcance, para entender qué está pasando.

La gran economía de internet y las redes sociales, esa que ha catapultado las fortunas tecnooligarcas obsesionadas con los búnkeres y el transhumanismo, tiene –ya lo decía Pariser– una manera muy obstinada de operar y, si no se toma en serio, si no se regula, pueden ocurrir cosas. Cosas que ya están ocurriendo.

¿No resulta increíble que instrumentos que se concibieron para hacer márketing y anuncios personalizados estén cambiando nuestra geopolítica? ¿Estén haciendo arder las calles? ¿Y no estaría bien que lo supiera el ciudadano medio?

Estos días, algo escondidas en la sección de internacional de algún diario, algunas noticias ya apuntaban a que los servicios secretos italianos sospechan ya que lo que ha pasado en Milán tiene más que ver con lo que pasó en Ceuta el pasado mes de julio que con el 15M de los indignados o el Occupy Wall Street.

La movilización de jóvenes maranza de los suburbios, desarraigados, descontentos y con poco que perder, convocados con hashtags de viralización artificial, se diluye en el clamor de la protesta estudiantil, o por la vivienda, o por los transportes, que recorre Europa.

Contribuye al ruido y a la indignación ciudadana con traumatizantes imágenes de violencia y saqueo de comercios que la extrema derecha –ungida por la polarización– confía en rentabilizar.

El estallido de los desarraigados, a golpe de Bitchat, la aplicación creada por el inquietante Jack Dorsey que ya no necesita ni internet móvil, prende desde Francia al resto de Europa desestabilizando las sociedades, alentando las porras y nublando las cabezas.

Los disturbios de Barcelona este fin de semana son nuestro primer episodio nacional. Compárenlo con la acampada de Sol. Busquen las 7 diferencias. Pueden empezar por los bots.

Decía Pariser, hace más de quince años, que urgía establecer mecanismos de control éticos y morales para garantizar que los profesionales responsables de dar forma a las nuevas tecnologías de márketing y comunicación tuvieran ciertos límites. Tal y como los tiene un médico, un biólogo, un genetista o cualquier profesional relacionado con las ciencias de la vida.

¿No es que algo que puede modificar nuestras conexiones neuronales tiene bastante que ver con la vida? Los expertos en márketing, en márketing digital, los programadores de algoritmos, se han convertido, y no de repente, en personas extraordinariamente importantes para el futuro de todos.

El mismo autor advirtió recientemente que la IA nos llevará a una “burbuja de uno”. Esto es: terminaremos hablando únicamente con nosotros mismos mientras fuera, tal vez, todo haya ardido ya.

Naturalmente, pese a sus muchas citas y lecturas, pese a su crecimiento como activista y su reconocimiento académico, nadie –nadie con verdadera responsabilidad institucional– hizo caso a Pariser.

Las tecnologías han seguido creciendo sin que el propósito de las empresas y profesionales que las lideran vaya más allá de la satisfacción ególatra de sus ingenieros –una de las interesantes advertencias de Pariser– o de la voracidad económica de sus ejecutivos.

Y así estamos, en mitad de un mundo convulso y cada vez más atrincherado en burbujas ideológicas, con generaciones enteras capaces de jugársela por seguir un hashtag pero a las que les es imposible pensar en algo complejo o escuchar una opinión ajena.

Intentando inútilmente, si es que uno sabe algo, pedir a nuestros representantes que sean mejores que nosotros, advertirles de que necesitamos consenso y grandes cambios, una mirada a largo plazo.

El libre mercado –el que conocemos en este lado del mundo– descansa sobre algo tan frágil y tan valioso como la confianza en el futuro y en la democracia, que hoy que arde bajo las llamas.

En estos tiempos, en la universidad, algunos reflexionamos sobre esto. Recordamos eso de que internet y las redes sociales iban a cambiar el mundo… ¿Dejaremos que estos sean los cambios?