José Antonio Bueno y una imagen de la quema del Ayuntamiento de Limoges durante las protestas en Francia
Las puertas del caos
"Francia, y con ella Europa, camina hacia el desastre con una población creciente que no encuentra su sitio ni ve futuro. Con ese caldo de cultivo, no es extraño que ganen los extremos. Un presidente de extrema izquierda o de extrema derecha en el Elíseo sería muy negativo para Europa"
Lo que está pasando en Francia —y no solo en París— es, ante todo, triste. Ni la subida del precio de los carburantes ni las reivindicaciones de los estudiantes bastan para explicar unas protestas que recorren el país y terminan, una y otra vez, en saqueos y destrozos.
En Barcelona vivimos algo parecido durante las semanas que siguieron a la sentencia del procés. Las manifestaciones arrancaban de forma ordenada, pero acababan en caos: en pocos días ardieron más de 1.000 contenedores y hubo más de 300 agentes heridos, dos de los cuales no pudieron volver al servicio por la gravedad de sus heridas. A quienes destrozaban la ciudad y se enfrentaban a la policía les importaba poco o nada la independencia de Cataluña. Lo que buscaban era, simplemente, generar el caos.
Ese clima parece haberse instalado en Francia, con un agravante: una estructura social que funciona como un polvorín y cuya mecha avivan los dos aspirantes con más opciones en las próximas presidenciales, la extrema izquierda y la extrema derecha. Unos dirán que Francia ha llegado hasta aquí por no escuchar a los más desfavorecidos; otros, por no tener mano dura.
Francia es cuna y cumbre del lujo y el refinamiento, orgullosamente laica y devota de la razón. Es un país que se quiere a sí mismo, y durante décadas ha sido gobernado por una élite intelectual formada en los colegios y, sobre todo, en las universidades adecuadas, como ENA, Polytechnique, ENS, HEC, ESCP, Mines o Sciences Po. Honra como nadie a sus ciudadanos ilustres —basta visitar el Panteón— y sabe sacar partido de las condecoraciones civiles. Todavía administra territorios de ultramar, de Guadalupe a Reunión, pasando por la Polinesia, y su influencia en África es innegable, hasta el punto que 14 países siguen usando el franco CFA respaldado por París. Vista desde lejos, Francia es una nación bella y próspera que podría pasar por ser el ejemplo de la perfección europea.
La realidad, sin embargo, se aleja cada vez más de esa imagen. El lujo y el encanto del centro de París están rodeados de suburbios empobrecidos en los que, en muchas zonas, la policía prefiere no entrar. Los llamados QPV (quartiers prioritaires de la politique de la ville) son guetos donde se acumulan la pobreza, el paro y, sobre todo, la desesperanza.
Al norte de París hay municipios donde más del 70% de los vecinos vive en un QPV, y más de la mitad de ellos son inmigrantes o hijos de inmigrantes. Las estadísticas francesas solo contabilizan a quienes nacieron fuera del país; de la segunda generación no hay estadísticas, para no "racializar" el problema, pero por ignorarlo no deja de existir.
Desde 2007 no hay estadísticas raciales, están prohibidas, pero es un hecho que los hijos de inmigrantes que crecen en estos barrios tienen un futuro nada sencillo. No es el color lo que les hace diferentes, es la falta de oportunidades. El paro más que triplica la media nacional, la proporción de quienes trabajan o buscan empleo es muy inferior a la del resto del país (un 49% frente a un 70%) y más del 30% de los jóvenes ni estudia ni trabaja.
Los suburbios están mal, pero el país en su conjunto no pasa por un momento nada boyante. La prima de riesgo más que duplica la española, superando incluso a la italiana. El motivo no es otro que, desde la crisis del Covid, no han sido capaces de cuadrar un ejercicio con déficit público inferior al 5%, salvo 2023 con 4,8%, y no prevén revertirlo hasta 2029, lo que está llevando a la deuda pública a unos niveles nunca vistos (previsión del 122% del PIB en 2027… y subiendo). Con estas cuentas, las partidas sociales del presupuesto nacional no dan para muchas alegrías y los recortes son inevitables.
En estas circunstancias, cualquier motivo para salir a la calle sirve. Incluso ganar una Champions de fútbol: las celebraciones, igual que las protestas, terminan en destrozos y saqueos incompatibles con la manera en que queremos vivir en este lado del mundo.
La mezcla de protestantes pacíficos —la mayoría—, profesionales del caos, delincuentes y no integrados que se dejan llevar por el anonimato de la masa, generan lo que estamos viendo: miles de detenidos, cientos de policías heridos, cientos de millones en pérdidas y patrimonio destrozado.
Francia, y con ella Europa, camina hacia el desastre con una población creciente que no encuentra su sitio ni ve futuro. Con ese caldo de cultivo, no es extraño que ganen los extremos. Un presidente de extrema izquierda o de extrema derecha en el Elíseo sería muy negativo para Europa. Y hoy parece el único escenario posible, que el próximo presidente de Francia sea un extremista que erosione más aún la convivencia en Francia y las bases de la Unión Europea.
El bello ayuntamiento de Limoges solo es una víctima más de lo que está por venir.