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Artículo de opinión de Andrea Rodés

Artículo de opinión de Andrea Rodés

Pensamiento

No es lo mismo

"Llevo años sin saber decir que no. La diferencia es que ahora empiezo a reconocerlo"

Publicada

Mi tendencia a la "precrastinación" —no dejar nada para el último momento, con el riesgo de ser impulsiva y equivocarme— hace que muchas veces asuma más responsabilidades de las que debería.

Por ejemplo, organizar una fiesta de cumpleaños conjunta en un chiquipark para mi hijo y sus amigos. Contacto con el local dos meses antes, reservo día y hora, me informo de los precios, abro un grupo de WhatsApp, lo comento con los padres y cierro el asunto. Ellos no mueven un dedo, porque saben que yo lo haré todo, incluso enviar la invitación digital al resto de compañeros de clase, a pesar de que yo sugerí que lo hiciera otro.

Soy la secretaria de mis amigos, lo acepto. ¿Pero debo también serlo de los que a última hora se quieren sumar a una fiesta conjunta que ya está organizada y cerrada, porque ellos son unos ratas que, hasta que no han visto claro que la fiesta no les saldrá por un ojo de la cara, no se han decidido a celebrar el cumpleaños de sus hijos hasta dos meses más tarde?

En el chat de grupo con los otros padres cumpleañeros propuse decirle a esos padres que no, pero el quedabienismo ganó. No se atrevían a decirles que no, por muy jetas que les parecieran. Acepté la derrota, pero les dije que yo no haría más gestiones. Si ellos querían sumarse, que contactasen con el chiquipark.

Ahora, mientras escribo el texto, no me siento tan enfadada. Pero sigo con un nudo en el estómago que me dice que lo correcto era haber dicho a esos padres que no. Mi psicóloga me dijo que tenía que dar validez a mis emociones estomacales, pero que evitase tomar decisiones en caliente, que es mi error habitual.

El quedabienismo me saca de quicio. Supongo que porque tengo tendencia a ser complaciente y me cuesta decir que no. Pero voy aprendiendo. Esta semana, precisamente, otra madre del colegio me pidió si podía quedarme con su hija a las siete y cuarto de la mañana para que ella pudiera llegar a tiempo a una reunión. Es la cuarta vez que me lo pide.

Las dos primeras le dije que sí, conmovida por su situación de mujer separada sin familia cerca, pero la tercera ya me pareció un abuso. A las siete y cuarto, mi hijo y yo todavía dormimos. Su hija es muy movida. Le dije que no. Esta semana me lo volvió a preguntar, así, de golpe, en el parque, sin yo tener una excusa preparada. Le dije que sí, pero luego, en casa, me lo repensé. ¿Se está aprovechando de mí? Le acabé enviando un WhatsApp, en plan cobarde, diciéndole que mejor no, que no quería que mi hijo perdiera horas de sueño. Y no me sentí mal por ello.

La periodista Amy Arthur explica en un artículo publicado en BBC Science Focus que detrás de esa necesidad de complacer a los demás puede esconderse una búsqueda constante de aprobación. Para ello, cita al psicólogo Toru Sato, de la Universidad de Shippensburg, en Pensilvania (EEUU), que lleva más de dos décadas estudiando este comportamiento por su relación con la ansiedad y la depresión. “En realidad, lo que intentan es sentirse mejor consigo mismos”, explica Sato.

Según el psicólogo, las personas complacientes sienten que no son suficientemente buenas y necesitan que los demás las quieran, respeten y valoren. En un estudio con 261 universitarios, Sato descubrió una contradicción curiosa: algunas personas que se esfuerzan por caer bien a todo el mundo pueden comportarse de manera muy distinta con sus familiares y amigos. Con los desconocidos se muestran amables y complacientes, mientras que con las personas de confianza pueden llegar a ser manipuladoras y controladoras. Es decir, tanta amabilidad no siempre es desinteresada.

Por otro lado, me ha gustado la distinción que hace el profesor de Harvard y ensayista Arthur C. Brooks entre ser agradable (nice) y ser bueno de verdad (kind). “Lo primero consiste en resultar agradable a los demás; lo segundo, en hacerles el bien”, escribe en un artículo publicado en The Atlantic. Y pone como ejemplo la diferencia que algunos establecen entre neoyorquinos y californianos. Los primeros serían bondadosos, pero poco agradables: “Tienes una rueda pinchada, imbécil. Anda, dame el gato”, te diría un neoyorquino. Los californianos, en cambio, serían agradables, pero no necesariamente buenos: “Vaya, parece que tienes una rueda pinchada. ¡Que tengas un buen día!”.

Mi problema creo que está ahí: me saca de quicio ver a esos padres que no se atreven a decir que no para ser “nice”, cuando en realidad lo que me enfada es haber sido demasiado complaciente y sentir que se aprovechan de mí. Llevo años sin saber decir que no. La diferencia es que ahora empiezo a reconocerlo. Aunque todavía necesite llegar a casa, pensármelo dos veces y mandar un WhatsApp para rectificar.