Hay imágenes que parecen explicarse solas. Un escaparate roto, alguien que sale corriendo con una caja, una multitud al fondo. En pocos segundos creemos saber qué ha ocurrido y quién tiene la culpa. A menudo, incluso creemos saber quién está detrás.
Me inquieta esa rapidez. Sobre todo cuando encaja tan bien con lo que ya pensábamos.
Ante los disturbios que acompañan a algunas protestas, la conversación suele dividirse entre quienes ven una causa que justifica demasiado y quienes encuentran una violencia que lo invalida todo. En medio quedan los trabajadores que tuvieron miedo y los comerciantes que tendrán que levantar la persiana al día siguiente.
También quedan las demandas. Deberíamos seguir preguntándonos qué se reclamaba, quién podía dar una respuesta y qué hizo cuando tuvo la responsabilidad de hacerlo. Apoyar una protesta resulta más sencillo que explicar por qué una solución prometida sigue pendiente.
La misma exigencia sirve para interpretar la violencia. Una manifestación necesita organización. Un saqueo puede tener preparación o surgir de una oportunidad. Atribuir ambos a una misma voluntad requiere algo más que encontrarlos en el mismo vídeo.
Las redes facilitan esa confusión. Vemos consignas parecidas en ciudades distintas y sentimos que las piezas encajan. Puede haber conexiones. También puede haber imitación, malestares semejantes o imágenes antiguas que vuelven a circular. La duda merece tiempo, aunque compita mal con una explicación contundente.
En Cataluña conocemos el peso que determinadas imágenes pueden adquirir sobre una ciudad. También sabemos lo difícil que resulta recuperar los matices cuando el relato ya está construido. Una noche acaba explicando meses. Un grupo termina representando a miles de personas.
Y mientras discutimos sobre el significado político de un escaparate, alguien recoge los cristales.
Creo que ahí convendría detenernos. En esa realidad concreta que tan fácilmente desaparece detrás de las etiquetas. Podemos tomarnos en serio una reivindicación y exigir responsabilidades por los daños. Podemos cuestionar a quienes gobiernan y revisar nuestras propias sospechas con la misma severidad.
