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Ignacio Vidal-Folch opina sobre la crisis de la vivienda

Ignacio Vidal-Folch opina sobre la crisis de la vivienda Fotomontaje CG

Pensamiento

Fenomenología del portero

"Algunas inmobiliarias les prometen a los porteros de las fincas urbanas recompensas monetarias a cambio de información confidencial sobre movimientos en los pisos: si el 3º2ª va a quedar desocupado por defunción de la anciana que lo ocupa, si el propietario del 4º1ª busca comprador desesperadamente..."

Publicada

Ayer publicaba en este periódico Darío Portela una interesante información (por la que desde estas líneas le felicito) sobre los porteros de los inmuebles, bajo el título “Las 'mordidas' a porteros de la zona alta de Barcelona: se pagan comisiones a cambio de información de vecinos”.

Se trata de que algunas inmobiliarias les prometen a los porteros de las fincas urbanas recompensas monetarias a cambio de información célere y confidencial sobre movimientos en los pisos: si el tercero segunda va a quedar desocupado por defunción de la anciana que lo ocupa, si el propietario del cuarto primera está canino y busca comprador desesperadamente.

Estas informaciones tienen que ser bajo mano, porque el contrato del portero no suele contemplar este tipo de operaciones paralelas, se cobrarán en negro cuando la operación culmine, o bien no se cobrarán nunca, porque del “chivatazo” no queda, no puede quedar, rastro documental…

Estas prácticas algo turbias son una consecuencia colateral de la agobiante problemática de la escasez de viviendas en las grandes ciudades y de la especulación que se ha organizado a partir de tal carencia. A mí, sin embargo, me ha hecho pensar, sobre todo, en el portero como figura, como agente social bifronte: es un valiosísimo ayudante del inquilino, también puede ser un espía.

Esto último lo supieron algunos de mis parientes que fueron asesinados durante la guerra civil en Barcelona. Venían a casa los comandos de asesinos de la FAI, hablaban con el portero: “¿Has notado, camarada, movimientos raros en el edificio en los últimos meses? ¿Nuevos vecinos? ¿gente sospechosa?”, preguntaban. Y la portera, o el portero, denunciaban: “Sí, en el tercero segunda, que además son muy de misa” —lo que podía equivaler a sentencia de muerte—, “hay una nueva pareja, que creo que son los sobrinos de la vieja, llegaron de noche, furtivamente, y no salen nunca a la calle”.

Con esta delación, el portero o la portera se vengaba del rencor social que había estado incubando durante largos años. A los pistoleros sólo les quedaba subir al piso, prender al fugitivo, y matarlo como un perro en las afueras de Barcelona. Los crímenes se cometían en determinados sitios de los que ya todo el mundo en la ciudad había oído hablar, de manera que todavía ahora, 90 años después de los hechos, me angustia la idea de esos parientes míos en el camión, viendo por alguna rendija que éste tomaba la larga ruta al matadero…

A consecuencia de mis relativamente numerosas mudanzas a lo largo de la vida —y ya sabe el lector que, según un dicho inglés, “tres mudanzas equivalen a una ruina”, o sea que me he arruinado cuatro o cinco veces—, he vivido en pisos de fincas con portero y en otras sin portero. Las mejores, naturalmente, eran las que tenían portero.

En tiempos del Covid vivía yo en una finca regia, con un portero encantador, extremadamente digno y simpático, no servicial sino cordial, al que le guardo gratitud porque alivió ciertas penurias de salud que hubo que afrontar. Estoy con él en deuda. Cuánto le añoro ahora que vivo esta vida equivocada, o sea, en esta vida sin portero.

Como los buenos profesionales de su ramo, él conocía perfectamente la casa y sus instalaciones, sabía arreglar averías, conocía al dedillo el barrio y sus comercios, sabía adónde dirigirte en caso de apuro… No entiendo a esas comunidades de vecinos que, para ahorrarse unos euracos, procuran desprenderse del portero. ¡Mezquinos! ¡Su figura encarna un confort que, por la deriva de las cosas, salvo en las casas más pudientes está tendiendo a desaparecer!

Pero tampoco se me escapa que hay porteros huidizos, incumplidores, resentidos por llevar una vida, por cumplir con una profesión, que les parece que les viene pequeña, pues merecen algo mejor.

Y seguramente tienen sus razones para el resentimiento, pues la figura del portero es la de alguien que, además de cumplir sus tareas cotidianas, dispone a lo largo del día de muchos ratos de inactividad y, sobre todo, mira. Mira hacia arriba. Oye confidencias y cotilleos, sorprende conversaciones. Conoce de los vecinos muchos más secretitos, más debilidades, de los que a éstos les gustaría. Y piensa. Tiene muchos ratos libres para pensar.

Eso es terrible. Yo mismo, siendo chico, fui casualmente portero, durante un verano, en una casa de la plaza Gala Placidia. Al principio, pensé que aprovecharía la pasividad de tantas horas para leer las obras completas de Shakespeare. Te digo que al cabo de cuatro o cinco horas ya no puedes leer más. Cerraba el libro, me asomaba a la calle a ver a la gente pasar, y pensaba. Es lo peor que le puedes hacer a un hombre: hacerle pensar y pensar.

También mostraba los pisos vacíos a parejitas interesadas en alquilarlos, parejitas más o menos ilusionadas:

-Aquí podríamos poner el cuarto de invitados…

“Ilusionado” viene de “iluso”. Me daban un poco de pena.