Pásate al MODO AHORRO
Juan Antonio Gallo sobre la gestión de los presupuestos

Juan Antonio Gallo sobre la gestión de los presupuestos

Pensamiento

La fiebre de diciembre

"El sistema ha conseguido algo difícil. Buenos gestores, haciendo exactamente lo que el sistema premia, acaban produciendo un resultado absurdo. Gastar por gastar, no porque haga falta, sino porque no gastar sale caro."

Publicada

Hay un fenómeno que se repite cada año en cualquier administración pública, en el ayuntamiento del pueblo igual que en la consejería de una Comunidad Autónoma del ministerio más grande, y que poca gente de fuera conoce. A mi me sorprendió mucho en mis primeros años. Hay una prisa por gastar que llega con el frío.

A partir de noviembre, y sobre todo en diciembre, muchos organismos públicos entran en una especie de carrera contrarreloj para gastar el dinero que todavía les queda. No para ahorrarlo. Para gastarlo. Y conviene explicar por qué, porque la lógica que hay detrás dice mucho sobre cómo funciona lo público.

El origen está en una regla sencilla y bastante razonable sobre el papel que es que el presupuesto es anual. Cada primero de enero empieza una cuenta nueva y cada treinta y uno de diciembre esa cuenta se cierra. El dinero que no se ha gastado antes de esa fecha, salvo excepciones, no se guarda para el año siguiente. Simplemente desaparece. No hay una hucha donde vaya cayendo lo que sobra. Lo que no se usa, se pierde. Hasta aquí, nada escandaloso.

Que las cuentas se cierren cada año tiene su sentido ya que permite controlar, comparar y volver a decidir en qué se gasta. El problema no es la regla. El problema es el comportamiento que esa regla provoca.

Porque a esa norma se le suma otra costumbre no escrita, pero tan firme como si lo estuviera: si este año no te has gastado todo lo que te dieron, el año que viene te darán menos. La lectura que se hace desde arriba es tan simple como demoledora. Si te sobró dinero, es que no lo necesitabas. Y si no lo necesitabas, para qué dártelo otra vez.

Imagínese ahora que usted dirige una oficina pública. Ha gestionado bien, ha sido prudente, ha evitado gastos innecesarios y, gracias a eso, en noviembre le queda una parte del presupuesto sin tocar. Debería ser motivo de orgullo. Pues no. En el mundo de lo público, ese dinero sin gastar no es una medalla, es un problema.

Si no lo gasta, lo pierde en diciembre; y además, el año que viene se lo recortarán porque ha demostrado que podía apañárselas con menos. La buena gestión, en lugar de premiarse, se castiga. He visto compras a mansalva de material de oficina en diciembre para gastarse todo el dinero de la cuenta. Quien dice material de oficina dice papel de water cosa que también he visto.

El resultado de esto es previsible. Llega el último mes del año y aparece la prisa. Se compran cosas que se podrían haber comprado en marzo, o que no hacían verdadera falta, pero que sirven para que la cuenta llegue a cero. Se renuevan equipos que todavía funcionaban. Se contratan servicios de última hora. Se adelantan gastos del año siguiente al mes de diciembre.

Todo perfectamente legal, todo con su factura en regla, todo justificado en un papel. Y, sin embargo, cualquiera que lo mire con sentido común entiende que algo no cuadra. Como lo del papel que decía antes.

Lo curioso es que casi nadie dentro actúa de mala fe. El funcionario que corre a gastar en diciembre no está robando nada. Está, sencillamente, protegiendo su presupuesto del año que viene, porque sabe que si no lo hace saldrá perjudicado.

El sistema ha conseguido algo difícil. Buenos gestores, haciendo exactamente lo que el sistema premia, acaban produciendo un resultado absurdo. Gastar por gastar, no porque haga falta, sino porque no gastar sale caro.

Y aquí está, en el fondo, la paradoja. Le pedimos a la administración que sea eficiente, que ahorre, que no malgaste. Pero hemos construido unas reglas que hacen justo lo contrario: que el que ahorra pierda y el que gasta gane. Mientras eso siga así, la fiebre de diciembre volverá cada año, puntual como las luces de Navidad, y por las mismas calles.

La solución existe y no es un misterio. Difícil de implementar sin buenos medidores, eso sí, pero pasa por premiar a quien gasta bien, no a quien gasta deprisa; por permitir que parte de lo ahorrado se pueda usar más adelante; y por entender, de una vez, que un presupuesto sin gastar no siempre significa dinero sobrante, sino, muchas veces, dinero bien administrado.

Pero eso exige cambiar una costumbre muy vieja. Y las costumbres viejas, en lo público todavía más que fuera, tienen la piel muy dura.