Josep Maria Cortés opina sobre economía
El PIB descansa en la precariedad
"En un país en el que palpitan más el metro cuadrado y el Ibex 35 que los planes de futuro, volveremos a plantar el voto en el salario, la única constante del lejano Equilibrio General de Keynes"
El juego sucio se rige por la soberanía; y el sujeto neoliberal de este juego es un siervo absoluto porque no tiene dueño, se explota a sí mismo.
Le muestra al mundo el valor de su proeza, aunque, si tiene el riñón forrado, nada teme. En eso consiste la batalla aparente de atajar el déficit público a cambio de reducir derechos, capitalizando las pensiones y recortando el gasto en Sanidad y Educación.
Es lo que dice el PP de Núñez Feijóo en su doble lenguaje de "las pensiones ni se tocan", como el cariño verdadero, pero dependiendo de "cómo vaya la economía" —dice Juan Bravo, el economista jefe de Génova 13— o, simplemente reformulando, la caja de los pasivos a su antojo como lo quiere sin ambages la señora Ayuso, al minuto de la victoria electoral pronosticada para el 29N.
Esta tercera posibilidad es la del porque yo lo valgo siguiendo la tradición de los ritos festivos, la subjetividad de los sondeos y el derroche de energías mentirosas.
Nadie se salvará del narcisismo colectivo. La hucha de las pensiones en la etapa de Mariano Rajoy bajó hasta los 4.000 millones; ahora está por encima de los 20.000.
La oposición ganadora antes de empezar ha creado una comunicación sin comunidad al perder, por medio del insulto, los ritos inherentes a la gobernanza.
La inesperada vocación de unos cuantos, revela una preocupación metafísica y nacionalista, hispano-catalana, alejada de la utilidad colectiva.
En el duelo PP-PSOE, la España de Covadonga contra la España de los territorios, deben guardar la simetría de los duelistas.
Es el lugar en el que se pelea; un campo de juego en el que las armas han de ser idénticas, aunque unos ofrendan a la M-30 y los otros celebren el silencio de los maestrantes o el Fosar de les Moreres.
El input jurisdiccional de la derecha trata de ser contrarrestado por el Gobierno y el Frente Amplio en el Senado para evitar una modificación del PP a su favor en el número de magistrados conservadores del Tribunal Constitucional, una postura dentro del marco.
Los enunciados de Sánchez están lejos de proponer un referéndum entre monarquía y república (fake news) para desestabilizar definitivamente el “régimen del 78” y permanecer así en el poder, como desvela una intriga poco seria de José María Aznar.
El principio del mal reside en la tensión de la voluntad, hasta el punto de establecer, en el diálogo político, una mezcla indecente de banalidad y apocalipsis.
El ticket electoral Feijóo-Abascal no consigue eliminar la inquietud de que Sánchez pueda volver a ganar en el recuento subsiguiente de las mayorías dentro de la cámara , en el estricto orden de una democracia parlamentaria.
El mismo ticket vislumbra la economía sometida a la alta inflación importada por el alza del precio de la energía que no explica por sí sola la subida de precios y oculta el reparto de carga marcada por el carácter extractivo de los márgenes empresariales frente a la debilidad de los salarios; la renta per cápita se mantiene a pesar de la baja productividad. Esta realidad ha roto el pacto social de nuestros mercados.
A la crisis de Ceuta y al aumento de la inflación debemos ahora el último recuento añadiéndole la última lágrima de Irene Montero o la constatación de la quiebra definitiva del bloque de investidura.
Los más frugales temen que Sánchez vuelva a hacerlo, dado que la oposición no se conforma con una alternancia, basada en ideas dentro del marco legal sino que propugna abiertamente un cambio de modelo, aprovechando la larguísima caída de los rituales políticos, caídos en desgracia, cuando los realistas del ochocientos (nuestra cuna, el mejor infierno) extirparon el movimiento liberal a trabucazos tradicionalistas.
Parece que los sondeos de la oposición se han dejado engatusar por encuestas de grupos editoriales implantados, de modo que el choque posterior con la realidad electoral puede acabar siendo especialmente doloroso.
Ahora, después de muchas esperas y desesperanzas, los de Plaza del Sol aceptan que al aire libre de la calle les sentará mejor al electorado progresista (en muchos casos para expresar su decepción), pero siempre con el bien entendido que, a la hora de la verdad, solo cuenta la opinión legislativa de la mayoría.
Eso sí, las movilizaciones ciudadanas obligan a los partidos a discutir no sobre el conservatorio de Badajoz o la cátedra libre de la Complutense, sino para meterse en los alquileres, las prórrogas de los contratos, las garantías a los propietarios, la prohibición de los desahucios, la construcción de viviendas, los sueldos y los fondos buitre o los menos buitres, pero dañinos como el del marido de la socialista Montse Mínguez.
En cierto modo, a todos les ha pillado con el paso cambiado. PP y Vox no habían hablado apenas de los problemas de la vivienda en toda la legislatura y ahora improvisan medidas con las que poder disimular su desinterés, concentrado en La Moraleja y en el corazón ultra del barrio de Salamanca, antes feudo del conservadurismo dialogante hoy desperdigado por el turismo de altas rentas y el propietario español de buena cepa.
En un país en el que palpitan más el metro cuadrado y el Ibex 35 que los planes de futuro, volveremos a plantar el voto en el salario, la única constante del lejano Equilibrio General de Keynes. El PIB y sus deflactores no tirarán del carro si no le ganamos la guerra a la precariedad laboral.