Hay eslóganes que envejecen mal y otros que parecen rescatados directamente del archivo del NO-DO. "Paz, casa y trabajo", el lema con el que Irene Montero y Podemos afrontan las elecciones del 29 de noviembre, pertenece a esta segunda categoría. Basta cambiar una palabra para encontrar su antecedente: "Paz, pan y trabajo", asociado a la propaganda franquista de los años sesenta. La innovación, por lo visto, consistía en actualizar la lista de la compra.

En 1964, el régimen celebró sus XXV Años de Paz con una campaña impulsada por Manuel Fraga desde el Ministerio de Información y Turismo. Pretendía presentar la dictadura como garantía de estabilidad y progreso, sustituyendo el relato de la Victoria por el de la paz y el bienestar. Conviene no confundir las cosas. Una dictadura y una candidatura democrática no son equiparables.

El franquismo utilizó la propaganda para legitimar un régimen nacido de la Guerra Civil y sostenido por la represión. Podemos concurre a unas elecciones libres. Pero las sustanciales diferencias de contexto no impiden advertir la curiosa semejanza entre dos lemas que reducen la política a tres palabras sencillas, rotundas y emocionalmente incontestables. ¿Quién puede estar contra la paz, la casa o el trabajo?

Esa es precisamente la ventaja del tridente: nadie necesita discutirlo. Las dificultades empiezan cuando hay que explicar cómo se consigue cada cosa.

La paz, por ejemplo. Podemos ha hecho de su oposición al rearme y a la OTAN una de sus banderas, acompañada de una posición sobre la guerra en Ucrania que le acerca a los intereses del Kremlin. La invasión rusa, sin embargo, no se detiene con declaraciones bienintencionadas ni desaparece por denunciar los intereses de la industria armamentística.

Resulta curioso que quienes se presentan como abanderados de la paz dediquen tanta energía a cuestionar la respuesta europea y tan poca a explicar cómo garantizar que Putin no imponga por la fuerza sus condiciones. La paz es una palabra hermosa; también puede convertirse en una coartada para no hablar de quién ha iniciado una guerra.

Con la casa, Podemos parece dispuesto a viajar todavía más atrás. Su defensa de una intervención intensa del mercado del alquiler evoca la renta antigua, aquel sistema que podía mantener contratos durante décadas a precios congelados.

El caso de Maricarmen, convertido en símbolo de la resistencia de una inquilina frente a su propietario, ilustra esa nostalgia. El problema es que proteger a quien ya tiene vivienda no equivale a facilitarla a quien todavía la busca. Los alquileres congelados pueden beneficiar a unos mientras hunden la oferta y agravan las dificultades de otros. Si la solución a la crisis actual consiste en regresar a la renta antigua, solo habremos empeorado el problema.

El trabajo completa el tridente. Podemos promete salarios más altos y jornadas más cortas. ¿Quién va a oponerse a cobrar más? El problema empieza cuando se abandona el cartel y hay que explicar cómo aumentar los salarios sin ignorar la productividad, reducir la jornada sin trasladar costes insostenibles y mejorar las condiciones laborales sin poner en riesgo el empleo. Pero esas minucias tienen un inconveniente: obligan a pasar de las promesas a las cuentas.

Hay, además, una ironía añadida: una formación nacida para impugnar la vieja política esconde sus siglas y coloca el nombre de Irene en el primer plano de la candidatura. La presunta renovación se ciñe a la marca personal, mientras el programa mira por el retrovisor.

El franquismo utilizó la paz para legitimar la dictadura. Podemos la reivindica desde una democracia y con objetivos políticos distintos. La comparación termina ahí. Pero permanece la paradoja: después de tantos años prometiendo asaltar el futuro, la gran novedad consiste en cambiar el pan por la casa, defender recetas que recuerdan a la renta antigua y presentar como pacifismo una posición sobre Ucrania que deja incómodas preguntas sin responder.

Tres palabras caben en un cartel. La política no consiste en enumerar necesidades básicas, sino en explicar cómo satisfacerlas. Lo demás es publicidad.