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Jordi Mercader opina sobre las alianzas de izquierdas en las elecciones del 29N

Jordi Mercader opina sobre las alianzas de izquierdas en las elecciones del 29N Arte El Español / Fotomontaje CG

Pensamiento

Colau y Rufián no pueden montar el caballo de Rafael Alberti

"El PP es el más interesado en situar la campaña como un pulso entre extremismos, alineando al PSOE en un extremismo mucho más amplio que el de Colau"

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La actual izquierda sabelotodo no supo elegir un jinete del pueblo para el caballo cuatralbo que Rafael Alberti imaginó capaz de echar a los fascistas al mar. Sin sorpresas, lo asombroso hubiera sido que los radicales de izquierda lo consiguieran.

El fracaso reconocido ha conmocionado a los ilusionados. Sin embargo, supone un respiro para el PSOE, al que la única “operación unidad” que le conviene es la que le beneficia directamente sin maniatarlo a posteriori. Por ejemplo, el pacto de los socialistas con el Frente Amplio para elaborar listas unitarias al Senado.

A pesar de la retórica, resulta obvio que el objetivo prioritario de la alianza frustrada entre la izquierda autodenominada alternativa para el Congreso era fortalecerse para condicionar todavía más a un nuevo Gobierno de Pedro Sánchez; de ser capaz Pedro Sánchez de eludir una “dulce derrota” como la que sufrió Felipe González en 1996.

Está por ver lo que resolverán las urnas, aunque a nadie se le escapa que la única forma de impedir una victoria del PP y Vox es una mayoría sólida del PSOE y que las dulces derrotas son, simplemente, derrotas.

Lo único cierto ahora mismo es que los héroes de la clase obrera española no consiguieron un acuerdo satisfactorio para sus respectivos egos, estropeándole a John Lennon la letra de Working Class Hero y dando la razón a Lenin, quien siempre consideró odioso el egoísmo de los dirigentes por ser un impedimento objetivo para el avance de la causa del pueblo.

¿Qué podía salir mal en una operación dirigida por Gabriel Rufián y Ada Colau? Pues todo. Y no tanto porque ambos pecaran de ingenuidad o falta de ambición, sino por la fuerza de unas circunstancias muy adversas. Demasiado para ser vencidas por dos outsiders.

Rufián no contaba con el apoyo de su partido, entre otras razones porque ERC no es un partido de izquierda radical, aunque tiene un antecedente muy vistoso de pacto electoral con un partido maoísta denominado Partit del Treball, firmado en 1977 por Heribert Barrera, mucho más de derechas que Oriol Junqueras.

Colau ni siquiera lidera los Comuns, un partido venido a menos en Cataluña y sin perspectivas de remontar, según los sondeos. La exalcaldesa llevaba algún tiempo en la reserva, esperando el momento propicio para retomar su carrera política. Y creyó que nadie mejor que ella para relanzar la decaída propuesta de los progresistas radicales, antaño denominados comunistas. Tal vez olvidó que el comunismo español siempre ha tenido mejores poetas que dirigentes.

Así que dos dirigentes preclaros y, además, catalanes pretendían poner de acuerdo a una docena de siglas, dirigidas, especialmente las que tienen sus sedes en Madrid, por gentes instaladas en las atalayas de la verdad adquirida en seminarios universitarios, enfrentadas por múltiples rencillas de clan y con muchas cuentas pendientes después de la pésima gestión de este entorno por parte de Yolanda Díaz, tanto en el Gobierno como fuera del Ejecutivo.

El hecho de ser además catalanes no les ayudaría. El último personaje que intentó protagonizar un movimiento de salvavidas para un espacio político de ámbito español fue Miquel Roca. El fiasco histórico de la operación reformista (0 diputados) debería ser dosier de estudio obligatorio para los aspirantes a políticos en Cataluña.

Habría que retroceder a 1869 para ver a un catalán triunfar en Madrid, aunque hay que tener presente que el general Prim, un liberal progresista que lideró la Gloriosa revolución de 1868 y alcanzó la presidencia del consejo de ministros, sí montaba a caballo. Y acabó tiroteado.

Rufián y Colau, militantes de dos partidos seriamente enemistados, pretendieron instalar la pax catalana en un círculo madrileño de resabiadas y resabiados, decepcionados por haber comprobado que el “sí se puede” quedó en eslogan. Un círculo al que no pertenecen ni Colau ni Rufián, pero con el que comparten una premisa discutible. La unidad electoral de la izquierda radical, aseguraban, es indispensable para frenar a la amenaza de la extrema derecha.

Los expertos se inclinan, mejor, por centrar la batalla para el mantenimiento del Estado de bienestar entre las derechas y la socialdemocracia. De hecho, es el PP el más interesado en situar la campaña como un pulso entre extremismos, alineando al PSOE en un extremismo mucho más amplio que el de Colau, el que formaría el comunismo más tradicional y denostado, como le gusta describir a la inenarrable Ayuso.

Tiempo habrá para valorar los resultados del protagonismo en la campaña española de Colau como candidata del Frente Amplio y el de Rufián gracias a su acuerdo de cooperación itinerante con Podemos. El único antecedente disponible, el de Miquel Roca con el Partido Reformista, se saldó con un incremento de los diputados de CDC. Jordi Pujol no hizo ningún esfuerzo para disimular su alegría por los nuevos diputados y por el descalabro personal de Roca. Aviso para navegantes.